La oposición política

Hugo Alfredo Hinojosa

¿Acaso en la actualidad se necesita un contrapeso ciudadano y político contra el poder en turno, o tan sólo debemos aprender a administrar el caos?

Durante las últimas semanas hemos presenciado escenas políticas trepidantes e insoslayables que nos mantienen en vilo, tanto por las elecciones aún en pugna innecesaria en Estados Unidos entre Donald Trump y Joe Biden, como por el sinfín de problemáticas nacionales. Lo último suma al descontento social de un núcleo del pueblo que puede hacer oír su voz, y lamento la crítica, sin estructura intelectual sólo partidista, que intenta ser un contrapeso de cara al discurso oficial por su accionar caótico. La nula e innegable identidad política nacional, reflejada en gobernantes y opositores sin consensos reales para el país que pretenden gobernar, es una herida abierta que no cuenta con una cura que ayude a cicatrizar la lesión… al menos por ahora.

A la fecha he prestado atención a los diversos proyectos ciudadanos que se presentan como opciones en aras de la democracia y el bienestar del pueblo, que pretenden ayudar a los partidos políticos a identificar, seleccionar y promover a los mejores candidatos para las elecciones nacionales del próximo 2021, tarea casi imposible. Dudo bastante que los protagonistas añejos cedan sus cotos a las generaciones pujantes que desean participar del escenario político nacional con renovadas ideas para el siglo XXI, una labor necesaria para entender qué somos hoy como mexicanos, más allá de la construcción idílica y posrevolucionaria del siglo XX de ser un pueblo hospitalario, bueno, plural y patriótico. No creo que México pueda definirse en la actualidad con esas nociones maniqueas.

El escritor y pensador estadounidense, James Baldwin, declaraba desde su contexto que “el romance de la traición nunca se nos ocurrió por la brutal razón de que no se puede traicionar a un país que no se tiene”. Hoy que se habla de una traición certera del presidente en turno a México y a su gente, me pregunto ¿qué se está traicionando? Contamos con un territorio y somos parte de una masa nacional [que nos es ajena] de rostros infantiles, juveniles, adultos y seniles activos que generan discursos inconmensurables y caóticos a raudales. A partir de esto, infiero que somos un país, una región del orbe donde se concentran idealismos y actos de estupidez propios de los seres humanos-ciudadanos. Una nación común y corriente. Lo interesante de esto radica en que, al no compartir como “ciudadanos” los mismos intereses, vivimos una bendita polarización que potencia nuestra indolencia hacia el pueblo que habitamos. Es precisamente esta indolencia la que nos lleva a la pérdida de identidad nacional y política, a perder la voz y a quedar a merced de cualquier encantador de serpientes que tenga una ruta trazada para nosotros. El resurgir de la extrema derecha es un excelente ejemplo de la indolencia que no debemos minimizar. 

¿Acaso en la actualidad se necesita un contrapeso ciudadano y político contra el poder en turno, o tan sólo debemos aprender a administrar el caos?

El pintor irlandés Francis Bacon fue una de las máximas figuras de las artes plásticas durante el siglo XX. Un maestro a la manera de Pablo Picasso, pero más violento en el trazo de las formas y en la mezcla del color. Bacon era un personaje querido por la extrañeza de su obra y rechazado por el conservadurismo político de Margaret Thatcher, por ejemplo, que lo despreciaba con su indiferencia. Tal vez, para ella, un homosexual no representaba al caballero inglés por excelencia. 

Three Studies of George Dyer (1966), de Bacon, es la pieza que mejor explica nuestra situación en medio de pandemias, caos políticos, ultranza partidista y la apropiación de una agenda progresista, a la manera estadounidense, adoptada por nuestra “sociedad” de forma pedestre como otra vía para la censura. A partir de deformar el rostro del modelo sobre el lienzo, Bacon nos habla de la identidad como una forma de unidad del mundo. De George Dyer sabemos que fue el amante del pintor; ambos vivieron una relación tortuosa en los años sesenta del siglo pasado, época de la embriaguez de Vietnam que todo lo manchaba con su tinta trágica que aderezaba a la Guerra Fría en medio de la liberación sexual. Hemos de suponer que los amantes sufrían por la sujeción social de sus pasiones en un contexto conservador que condenaba la “indecorosa” relación entre el pintor y su modelo-amante en pleno auge de la revolución sexual.

Three Studies of George Dyer hace un estudio de la realidad extrapolada al engranaje del pueblo, o sociedad, como mejor nos convenga llamarlo. El rostro del amante es la representación del caos social, mental y contextual de su época. Bacon es un censor que manipula las reglas de la sociedad conservadora para administrar la opinión pública de la obra bajo sus propios términos. La visión del artista predomina por encima de las ideologías y esa es la maestría de Bacon, no entró al juego del buen ciudadano, sino que habló de su sufrimiento y del dolor de su amante a partir de la pintura e hizo del horror el espejo e identidad de la sociedad que también lo definía como ciudadano.

La lección política de Bacon es, por decir lo menos, genial porque no tenía una enseñanza ni consigna por dar o instrumentar, sino que tenía una postura ante el mundo que explicaba con sus lienzos. No hizo teoría de su condición de hombre homosexual, sino que actuó con coherencia, sin demagogias ni la desgastada labor de intentar convencer a los otros de sus ideales. Su ingenio se basa en su talento para ejecutar y no en la indolencia de la apatía. Así pues, ¿dónde radica el ingenio de los políticos de nuestro país que hablan sin ejecutar, que debaten sin pensar? Vale la pena mencionar que no se genera una identidad política a través de consignas que fatigan al interlocutor. Una consigna no es un instrumento crítico sino palabrejas que se entraman como gritos pueriles que repelen a los adultos.

Insisto: ¿Es necesario un contrapeso que regule al poder en turno o sencillamente debemos aprender a administrar el caos? Me inclino a decir que, para generar una identidad política nacional, si podemos llamarla así, el mejor contrapeso es administrar el caos, seguir el flujo de esa corriente y no tratar de imponer ideologías que están por demás desgastadas porque toda ideología es una invitación a la inmovilidad del pensamiento. Uno de los errores medulares de las nuevas agrupaciones de la sociedad civil que pretenden golpear de frente al poder en turno es que pelean por el poder con las mismas estrategias tribales en las que se cimenta el enemigo. La pregunta para toda oposición política es: ¿Quieren el poder por sí mismo o una transformación idealista de raíz que se contraponga, por ejemplo, en este momento al gobierno en turno?

Según sus notas acerca del nacionalismo radical, George Orwell comentaba que “tan pronto como el miedo, el odio, los celos y la adoración del poder están involucrados, el sentido de la realidad se desquicia”. Esto es lo que detecto en todos y cada uno de los proyectos de contrapeso: un nacionalismo ramplón que los lleva a luchar con una fórmula de valores inocuos que no suman al sentimiento de nación que pretenden fortalecer.

Presentar como propuesta de contrapeso que:

“se trabajará en conjunto con diversas asociaciones y la ciudadanía que busquen un bien común que beneficie a los mexicanos”, no es sino un discurso vacío que no define acciones concretas ni mucho menos una estrategia que dé identidad al frente político que desean concretar. No se diferencia en absoluto de la trillada frase “lucharemos en contra de la corrupción”. Ambos, gobierno y asociaciones civiles se rigen bajo las reglas de la misma demagogia. Bacon, por ejemplo, conocía bien su contexto social, sabía que la única forma de hablar de sus pasiones era pintando de tal manera que obligara a la sociedad a aceptar las obras, así como sus significados. El acierto de Bacon estaba en alejarse del discurso, de la consigna, de la voz engolada y de los políticos porque sabía que estos eliminan todo rastro de vitalidad.

La inteligencia es traicionera porque nos puede llevar a ser guillotinados. Tanto el gobierno del actual presidente como las asociaciones civiles pecan de un determinismo que radica en la noción inequívoca de tener la verdad absoluta acerca de la definición de qué es México y qué necesita para ser un país exitoso. No dudo de los deseos de Andrés Manuel López Obrador por construir un mejor país, el problema es que, con toda honestidad, ha generado un caos que no parece saber administrar; peor aún, sus equipos de trabajo lo llevan al fango sin salvavidas. En el caso de la oposición, que carece de toda unidad y apuestas intelectuales, ésta comete el error de entrar en el juego discursivo del presidente. Así pues, ¿de qué estamos hablando? El primero los está devorando por completo. 

Hugo Alfredo Hinojosa    
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