En octubre de 2024, miles de usuarios compartieron fotografías hiperrealistas de Donald Trump celebrando efusivamente con votantes negros durante su campaña. Aunque estas imágenes, generadas mediante Inteligencia Artificial Generativa (IAGen), estaban etiquetadas como parodia en algunas plataformas, circularon de manera viral y fueron tomadas como verdaderas. No importó la advertencia: la percepción ya había sido plantada y el daño estaba hecho. La manipulación sobre las masas se consumó o, lo que resulta verdaderamente inquietante, quizá el daño ya ni siquiera importa cuando lo real y lo simulado han dejado de distinguirse.
Así, la Inteligencia Artificial Generativa no funciona simplemente como una herramienta técnica subordinada a la instrucción humana, sino como un agente disruptivo que erosiona la confianza pública al potenciar la distorsión informativa y consolidar universos paralelos donde la ficción adquiere mayor credibilidad que la realidad. La elección presidencial estadounidense de 2024 se convirtió en un laboratorio privilegiado para observar esta contradicción en acción. La IAGen no solo transformó las modalidades de comunicación electoral, sino que reconfiguró las propias estructuras de legitimación democrática.
En este contexto surge lo que podríamos denominar “la ilusión del juego promovida desde el poder”: los equipos estratégicos de líderes como Trump, forjados en el espectáculo del show business y habituados al escándalo mediático, instrumentalizan deliberadamente la IAGen para orquestar un juego transgresor que, aunque invita a la participación masiva y aparenta horizontalidad comunicativa, monopoliza al mismo tiempo el control narrativo. Esta dinámica pone de manifiesto cómo el personaje poderoso despliega una transgresión calculada que solo él puede ejecutar con impunidad. La relevancia de este fenómeno, sin embargo, trasciende su novedad tecnológica. Si bien la IAGen permite personalizar mensajes políticos con precisión quirúrgica, al mismo tiempo revela un patrón alarmante: la proliferación masiva de falsedades diluye progresivamente las fronteras entre realidad y simulación, intensifica las divisiones sociales preexistentes y debilita las instituciones democráticas fundamentales.
Empero, esta degradación epistémica se produce, además, mediante algoritmos opacos que la mayoría de los votantes no comprende ni puede escrutar críticamente. La sociedad absorbe y difunde contenido alterado sin contar con herramientas metodológicas adecuadas para discernir su artificialidad técnica o sus intenciones manipulativas. Al mismo tiempo, la masa digital es seducida por el estadio espectacular de las redes sociales, donde adquiere una voz ilusoria, una influencia aparente y una presencia global. Por tanto, el discurso en redes se caracteriza precisamente por ese sentimiento de empoderamiento que experimentan los usuarios; y esta trampa ególatra refuerza la ilusión del juego iniciada desde el poder político, prometiendo una revolución activa de las ideas, pero impone estructuralmente una pasividad colectiva en la que la comunicación se vuelve circular, endogámica y autorreferencial.
Asimismo, el encuadre mediático de la política como juego competitivo, por su parte, acentúa decisivamente esta dinámica y los periodistas, impulsados por los ciclos noticiosos acelerados y dominados por las redes sociales, priorizan sistemáticamente las narrativas de ganadores y perdedores por encima de las cuestiones sustantivas, a decir del debate de ideas sobre por qué se quiere gobernar. En consecuencia, los ciudadanos tienden a percibirse más como aficionados ansiosos dentro de sus tribus identitarias y políticas que como participantes deliberativos con responsabilidad cívica.
Reafirmo así que los modelos de IAGen, por otro lado, cometen errores sistemáticos al clasificar, promover y potenciar mediáticamente diversos eventos noticiosos en casi la mitad de las consultas realizadas, evocando el denominado “efecto del valle inquietante”. Este fenómeno psicológico, en este caso, implica que lo ficticio adquiere paradójicamente mayor credibilidad perceptiva que la realidad factual. Dicha espectacularización algorítmica multiplica exponencialmente el alcance comunicativo de los líderes populistas y manipula sistemáticamente las percepciones colectivas mediante la propaganda computacional.
Vale la pena mencionar que, paradójicamente en la contienda electoral estadounidense del 2024 la desinformación tradicional (rumores orgánicos, contenido viral y conspiraciones convencionales difundidas por influencers) superó en volumen agregado a los deepfakes sofisticados generados por IAGen. Asimismo, según algunos análisis postelectorales, la victoria de Donald Trump se vinculó más directamente con polarizaciones políticas preexistentes y con los enfrentamientos ideológicos de su primer mandato que con la manipulación técnica directa por IAGen.
No obstante, la pregunta central persiste con urgencia: ¿cómo salvaguardar institucionalmente el diálogo democrático cuando los algoritmos disuelven progresivamente lo real en lo simulado y los poderosos convierten estratégicamente la democracia en un juego ilusorio, utilizando de facto la comunicación política como instrumento principal de dominación simbólica y legitimación espectacular?
La respuesta no puede ser únicamente tecnocrática ni puramente regulatoria. Requiere, fundamentalmente, una reconstrucción de las capacidades críticas ciudadanas, una alfabetización digital profunda que trascienda el mero uso instrumental de las tecnologías y una resistencia consciente a la seducción del espectáculo político. No obstante, mientras tanto, habitamos ese valle inquietante donde la democracia misma oscila peligrosamente entre la realidad y su simulación, entre la participación genuina y el juego controlado, entre la deliberación racional y la emoción tribal algorítmicamente amplificada.
Insisto, la IAGen no es el enemigo; es el espejo que refleja nuestras vulnerabilidades colectivas más profundas. La pregunta ya no es si la tecnología transformará la democracia, sino si seremos capaces de transformarnos a nosotros mismos antes de que sea demasiado tarde, esto es: ceder por completo nuestra capacidad de discenimiento e intereses privados. Hoy más que nunca estamos en peligro de convertirnos en una verdadera masa amorfa, la sociedad misma.

