La cultura, enemiga pública del Estado

Hugo Alfredo Hinojosa

La Cultura como accesorio. Las palabras y sus significados traen consigo caos, bienestar, sueños, desgracias inmediatas, momentos religiosos que modifican nuestra fe, grandes empresas o fracasos. Las palabras son enemigas silenciosas que pueden traicionarnos, entre discursos obcecados, sobre todo cuando nuestro ejercicio existencial se basa en ellas. Desde este rincón del mundo observamos con atención el comportamiento de otras culturas y sus acciones, las voces discursivas de sus mandatarios, líderes sociales, partidistas antípodas entre la masa que pelean lo más básico de la cultura universal: el Poder. También desde la comodidad angustiante de ser mexicanos y, a partir de los otros, explicamos el lugar que ocupamos en el mundo con nuestra cultura a cuestas.

Hace poco más de una semana, los primeros ministros, presidentes y cancilleres de los diferentes países que conforman el bloque que pertenece a las Naciones Unidas hicieron públicos sus videos celebratorios que conmemoran el 75 aniversario del organismo internacional. Fue un muestrario de discursos que salvaguardaban las ideologías, las acciones nacionales y geopolíticas de cada líder mundial, no hubo sorpresa alguna.

Xi Jinping, de China, habló acerca de la postura del país que está en contra de crear bloques comerciales que dejen fuera a otras economías, cuidando su propia participación monetaria en el mundo. Angela Merkel, de Alemania, exhortó a las Naciones Unidas a repensarse como institución para el siglo XXI. Donald Trump, de Estados Unidos, ante el ocaso de su presidencia, culpó a la ahora superpotencia China de la competencia desleal y la propagación del SARS-CoV-2 que, en palabras del presidente número 45 de Estados Unidos, es el “Virus chino”. En el caso de México, Andrés Manuel López Obrador, utilizó su tiempo para hablar de sus grandes logros como la no-venta del avión presidencial, el fin de la corrupción, el apoyo a la economía y el accionar de su administración frente a la pandemia, además de increpar, como siempre hace, a otras administraciones por los errores presentes que, dicho sea de paso, poco importa en el foro de la ONU. Todos ellos temas debatibles que pueden derribarse con datos concretos en mano y sin necesidad de llegar a los gritos.

En el caso de la canciller alemana y los presidentes de China y Estados Unidos, estos apelaron a la diplomacia cultural con entramado político. Merkel hizo alusión a la herencia del nacionalsocialismo como foco de la desafortunada Segunda Guerra que ayudó a impulsar la creación de la ONU; además, hizo hincapié en que tales atrocidades belicistas jamás deberían repetirse. Jinping, el líder de la potencia asiática, enunció con parsimonia que el virus fomentó la unidad de la gente y los pueblos para salir juntos y triunfantes de esta emergencia sanitaria que no debía politizarse, lo cual, más allá de posicionar a China como una nación intolerante en el ámbito mundial, le otorga el velo de un país poderoso en su discurso de guardianes del mundo libre como antes lo fuera Estados Unidos. Trump politizó el discurso culpando a China por la pandemia y desvió la atención apelando a su narrativa nacionalista rancia.

Por desgracia, el caso mexicano nos ayudó a vislumbrar que no se necesita de una cancillería y que el trabajo de Marcelo Ebrard, como Secretario de Relaciones Exteriores, y el de su equipo es innecesario. México no es un país que desee participar en los grandes escenarios mundiales, o al menos es lo que deja ver el presidente, quien podía haber jugado sus cartas de mejor manera; el ánimo conservador y pueblerino del mandatario, con el que busca pretender ser uno más del pueblo en la aldea global, lo posiciona, no como un líder de Estado, sino como un improvisado abrazado al poder simbólico de la silla presidencial.

Cuando hablo de diplomacia cultural me refiero a ese poder blando que todo país inteligente utiliza para entender la política interna y las relaciones bilaterales entre naciones amigas o enemigas; previo a la política áspera, los países deben entender con quién dialogan. Así pues, para entender la diplomacia cultural mexicana, primero cuestiono ¿qué es la cultura en México hoy?

En su definición, la Cultura consiste en los conocimientos que nos permiten desarrollar un juicio crítico acerca de algo; y también es el conjunto de modos de vida, conocimiento y grados de desarrollo artístico, científico e industrial en una época para un grupo social. Estas palabras distan mucho de la definición presidencial de Cultura de López Obrador, que se reduce a:

“¿Quién es el elemento fundamental de la cultura? El hombre, la mujer, el ser humano y su dignidad. Entonces, si se está apoyando a la gente, como nunca, a los pobres, a los necesitados, si se están entregando becas como nunca, para que puedan estudiar los hijos de familias de escasos recursos económicos, ¿qué?, ¿eso no es cultura?, ¿eso no es educación? Eso es lo principal, el que destinemos todo a los seres humanos, lo demás es accesorio”.

Es evidente que, a lo largo de esta administración, no han existido definiciones claras de las tareas de las diversas instituciones que conforman el aparato del Estado. Al escuchar las palabras del presidente es notorio cómo, desde la demagogia, no existen conceptos inteligibles en sus discursos que, dicho sea de paso, él mismo acepta que son improvisados. ¿A quién le habla el señor presidente? ¿Cuál es la definición de Cultura para el gobierno? Como lo ha documentado EL UNIVERSAL, la cultura funciona como un accesorio que ha servido, por lo menos en los dos primeros años de este sexenio, para hacer las veces de Secretaría del Bienestar y no de Secretaría de Cultura. Los recursos utilizados (sin objetivos claros) para salvaguardar y potenciar a las culturas populares que son la manifestación de la vida tradicional del pueblo y que poco tienen que ver con las Bellas Artes, hasta la fecha no han mostrado ningún resultado palpable.

Por supuesto, las culturas populares milenarias son importantísimas; no obstante, si verdaderamente hubiera un interés en potenciar estas expresiones tradicionales, se estructuraría un programa de exportación cultural al mundo como carta de presentación para que dejara de ser un capricho exótico del gobierno, que transita uniformado en manta y tejidos coloridos de huipiles e hipiles. El poder de la cultura como respuesta a la cultura del poder no se ha transformado del todo y el Centro Cultural del Bosque de Chapultepec es una muestra.

Es curioso, pero vale la pena recordar el concierto que conmemoraba el cumpleaños número 80 del músico estadounidense Philip Glass quien, en mayo de 2018, ofreció un par de conciertos en el Palacio de Bellas Artes acompañado de los músicos de la región occidental wixárika Daniel Medina y Erasmo Medina Medina. Se trató de una fusión de las melodías populares intercaladas con el minimalismo de Glass que posicionó a la música mexicana en el escenario mundial y que aun hoy, cuando las culturas populares tienen más apoyo, no se ha logrado hacer algo parecido. La cultura popular, la cultura en sí, es un accesorio que únicamente desvía presupuesto de las acciones representativas para el Estado actual, por eso no vale la pena siquiera hablar de la definición de Cultura para el poder ejecutivo; de insistir, podría definirse como: mantener a la gente con programas asistencialistas.

En general, haciendo las veces de abogado del diablo, uno de los grandes errores que se ha cometido en México, en esta y en otras administraciones, es que importamos más expresiones culturales de las que exportamos… Es un error histórico que podemos revisar a conciencia a lo largo de las últimas tres décadas con el Tratado de Libre Comercio y ahora con el TMEC, ¿Cómo se ha negociado la cultura? En el mundo de las artes fuera del país, al hablar de México todo se reduce a Frida Kahlo y Diego Rivera, tendencia fisurada que debe abrir paso a nuevas generaciones que existen y no deben quedar olvidadas.

En Victoria, una de las novelas de Joseph Conrad menos conocida que El corazón de las tinieblas, hay una frase estremecedora que define a la perfección las actuaciones de los mandatarios antes mencionados frente a la ONU. “Una declaración diplomática (…) es una declaración en la que todo es verdad menos el sentimiento desde dónde se dice esa verdad”. Mientras que Merkel, aceptaba de manera tácita la culpa de Alemania en la Segunda Guerra que llevó a la conformación de la ONU, para proponer hoy, estratégicamente, una serie de reformas al organismo mundial, Jinping promovía al pueblo de China como superpotencia que ejerce su poderío desde la economía humanitaria; eliminar la exclusión de los otros es su bandera y el elegante ninguneo de Estados Unidos fue palpable. Para Trump, desde el espectáculo cultural de donde proviene, su misión tan sólo fue la de acorralar a China, sin armas económicas ni ideológicas; vivió de nuevo de la retórica militar del Aim High. Mientras tanto, López Obrador se dedicó a mostrarnos que no existe una agenda internacional sino local, en eso no mintió, pero su discurso fue llano. ¿Quién en este momento desearía estrechar lazos culturales con nuestro país, si no existe un interés en los demás?

La pregunta que deberíamos hacernos sin radicalismos es básica: ¿Necesitamos de la cultura en México? ¿Necesitamos una Secretaría de Cultura? Creo que necesitamos fortalecer nuestra percepción de la Cultura como concepto y su ejecución para fortalecer el intelecto del pueblo, aunque la entelequia misma suene trillada. La cultura, ya sea popular o tenga sus bases en las Bellas Artes, es necesaria para forjar la identidad nacional, y el futuro de la nación depende de ese concepto, así como de otras tantas iniciativas ásperas de políticas de Estado.

No obstante, ¿qué está pasando en este momento? Seamos francos. Todos y cada unos de los actores políticos e intelectuales que están de pie en el escenario nacional, debatiendo por la libertad de expresión, han cometido errores (en mayor o menor medida) que involucran dinero, tráfico de influencias y corrupción, entre otros procederes; de ahí el silencio que han sembrado ahora varios pensadores y políticos que temen enfrentarse al cadalso. Callan y huyen de los reflectores. ¿Cómo reclamar, entonces, la libertad de expresión?

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