La corrupción educativa en México

Hugo Alfredo Hinojosa

La educación es el enemigo íntimo que un Estado despótico debe vigilar y menguar. Se debe controlar el semillero de los conceptos científicos, filosóficos y políticos que nutrirán de conocimiento al pueblo en aras de encontrar vías para su progreso. Al conocimiento como herramienta de supervivencia hay que sobajarlo y difamarlo frente a las clases sociales más cercanas a la pobreza para eliminar de sus ideales el deseo por aprender, y ayudarlos a romantizar hasta el extremo la idea de la humildad y la riqueza espiritual que otorga el trabajo que no requiere de preparación escolar.

En México, la tarea de los profesores a lo largo de la historia posrevolucionaria, se ha concentrado en educar a generaciones enteras de mexicanos sin capacidad de discernimiento, porque el Estado no ha brindado ni los presupuestos necesarios para la educación ni la preparación adecuada para los profesores que, en su mayoría, recurren a las aulas como modo de supervivencia y no por vocación. También las preocupaciones sindicales nimias de los profesores, como ejemplo el magisterio de Oaxaca, son más importantes que la educación y estos personajes vividores del sistema educativo nacional existen como rémoras que navegan infinitamente unidas al pueblo que las pasea sobre sus espaldas.

Mientras estudiaba en la Universidad Autónoma de Baja California, tuve como profesor a una leyenda intelectual de Tijuana, director de la Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas la más prestigiada, cronista y figura incuestionable del honor local, educado en la Ciudad de México. Pecaba, como otros tantos, de una soberbia impecable que otorgan los círculos “eruditos”. Hundía los sueños de sus estudiantes porque no merecían el honor de su presencia. “Ustedes, no podrían acceder a estudiar por ejemplo en el Colegio de México, son espacios selectos para los cuales no están preparados”, comentó en alguna ocasión el gentilhombre en el salón de clases. Frase que jamás olvidé por su mediocridad que herró el pensamiento de varios compañeros. Queda claro que el afamado cronista no estaba educado para encausar a sus alumnos a sobrepasarlo.

Al poco tiempo, estuve frente a un grupo de preparatorianos estatales a los que alistaban como afanadores mecánicos que darían mantenimiento a las maquiladoras de la región. La preparatoria era vespertina y sus instalaciones pertenecían a una primaria rural en medio de la “citadina” Tijuana. Presioné bastante a los estudiantes para que ejercieran la crítica con argumentos, lo cual no fue muy agradecido por la planta de profesores, me llamaron la atención los inspectores de la zona estudiantil, no hice caso. Varios de aquellos jóvenes descubrieron que existían becas, oportunidades y profesiones inimaginables. Algunos no deseaban estudiar por no contar con los medios económicos, y aun así varios llegaron hasta la universidad dejando atrás el destino escogido para ellos por el Estado como simples afanadores. De mi experiencia como estudiante y profesor entendí que la educación es un falso privilegio al cual todos podemos acceder. ¿En verdad necesitamos de un privilegio defectuoso en su raíz?

No somos una cultura educada para pensar. Educada para ejercer y comprender la crítica hecha hacia nuestro ejercicio intelectual. Los mexicanos huimos de la crítica frontal, y para decir lo que verdaderamente pensamos es necesario hacer un tratado de disculpas previo a manifestar lo que deseamos por miedo a herir susceptibilidades, es nuestra cruz siempre en ruta hacia el Calvario. Tampoco sabemos escribir y es trascendental para el ejercicio del pensamiento. ¿Cómo lograr la coherencia discursiva de aquello que deseamos comunicar si no trazamos primero el mapa? Además, somos bastante influenciables, atendemos a figuras intelectuales que validamos por extranjeras, lo cual habla mal de nuestro discernimiento. ¿Para qué nos preparan en el sistema educativo y académico mexicano? Contamos con grandes mentes en reposo, temerosas a decir la verdad acerca del caos científico que vivimos en este momento.

A partir del arribo del gobierno de la transformación sufragada por millones de mexicanos, hemos visto cómo sus acciones políticas han desmantelado, con una ruta establecida de antemano, el sistema educativo y científico nacional. La sensación que existe entre las sociedades científicas es la de una persecución tácita impulsada por la degradación abrupta del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología que preside la doctora María Elena Álvarez-Buylla. La ciencia en la actualidad es un ejercicio intelectual desechable y juzgado a partir de discursos morales por supuesto no verificables. Al no fundamentarse el conocimiento científico en las raíces ancestrales de la cultura popular-indígena de la nación, éste no tiene relevancia porque no hay cantos ni ceremoniales con copal que validen su existencia. Es alarmante que la doctora Álvarez-Buylla, secundada por Hugo López-Gatell, desprecie el conocimiento científico para apoyar la ideología del actual mandatario ávido por descubrir en las hortalizas la tónica para el triunfo del estado mexicano frente a la pandemia.

Estamos, al parecer, en los primeros años de la revolución rusa, ahora en México. Aquella que inició entre bolcheviques eliminando la pluralidad educativa hasta convertirla en un proyecto técnico y de propaganda política. Labor titánica del Comisariado Popular para la Instrucción Pública, el Narkompros, encabezado por el dramaturgo Anatoli Vasílievich Lunacharski defensor, por cierto, de las artes lo cual se contrapone con nuestro gobierno.

Fue de este movimiento revolucionario del cual se tomaron las ideas adjudicadas a nuestro presidente: la venta de ediciones populares de literatura, sagrada bandera de Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica; la educación popular sin calificaciones, con la eliminación de exámenes porque la enseñanza es un “privilegio” para todos; además del énfasis puesto en el estudio de oficios más no en la capacitación intelectual. Propuestas de las que no emite juicio alguno el Secretario de Educación Esteban Moctezuma Barragán.

Hace un par de semanas a la fecha, el Secretario antes mencionado presentó el calendario escolar para el periodo 2020-2021. La revolucionaria propuesta se basa en la difusión de programas educativos a través de los diferentes canales de televisión y estaciones de radio de Emilio Azcárraga, Ricardo Salinas Pliego, Olegario Vázquez Aldir y Francisco González Albuerne. “Somos pioneros en este modelo educativo”, exclamó Andrés Manuel López Obrador que debería recordar que a inicios de los años 80, el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), lanzó una telenovela educativa titulada “El que sabe… sabe”, muy divertida pero que no trascendió en su objetivo, de haberlo hecho la fórmula seguiría vigente. Curioso es que los grupos corporativos de la comunicación en México, esos que gozaban de mala fama por la mediocridad de sus contenidos, además de ser catalogados como golpistas, ahora serán los responsables de educar a 30 millones de estudiantes a lo largo y ancho del país.

Lo que no sabemos es quiénes estarán a cargo de la creación de esos contenidos educativos. Esteban Moctezuma Barragán mencionó que los profesores mejor evaluados participarían del proceso de seguimiento educativo, inclusive saliendo a cuadro. Pero la duda persiste, ¿cómo se organizarán los programas, quedarán a manos de los guionistas? ¿Se plantearán temas ideológicos del gobierno al público infantil y juvenil? ¿Se le brindará especial valor a los temas científicos de la misma manera que a los tópicos de las culturas originarias tan socorridas por la cuarta transformación? ¿Qué rol jugarán los padres de familia ya que serán los verdaderos profesores? Este sistema virtual devendrá trágicamente en el aumento de la pobreza familiar ya que una de las cabezas deberá renunciar a su trabajo para poder atender la educación de los hijos. ¿Qué estrategia existe para contrarrestar esta malaventura?

Con la educación a través de la televisión o internet, se cumple uno de los sueños del presidente. Todos los alumnos participarán de la deficiencia educativa de tal manera que no habrá problemas para otorgarles el grado de suficiencia. Ahora basta prestar atención hacia los contenidos que responderán a la agenda política.

El Banco Mundial publicó el pasado 18 de junio un estudio acerca de la debacle educativa mundial (https://bit.ly/3izj6tC). En principio, hablan del quebranto significativo de las aptitudes intelectuales de los alumnos que comienzan a perder habilidades cognitivas. Por otra parte, el estudio indica que el costo a futuro de la parálisis educativa por la pandemia, a mediano plazo, ocasionará pérdidas económicas de 10 billones de dólares. Así, la recomendación del Banco Mundial es invertir en la capacitación profunda de los profesores para el mejor conocimiento y manejo de las multiplataformas remotas. Además de construir una sistema educativo a prueba de catástrofes, apoyado en la tecnología, al cual los estudiantes puedan adaptarse de manera eficaz sin pérdida de conocimientos académicos una vez que las escuelas abran de nuevo sus puertas.

Este sería el momento ideal para que el Conacyt a la par de la SEP trabajaran en estrategias concisas para apoyar a los estudiantes mexicanos en tiempos de crisis. Con o sin clases este es un año perdido para los millones de estudiantes del mexicanos. En efecto, la pandemia no es culpa de esta administración, pero sí es culpable de la destrucción del aparato científico que nos mantenía como una nación que dialogaba con instituciones pares internacionales. Nuestra memoria no debería exculpar el nulo interés de esta administración por la educación, la ciencia, la tecnología y la cultura.

Me queda claro que, tanto nuestro Secretario de Educación, la directora del Conacyt y el presidente se comportan de la misma forma soberbia que el gentil profesor tijuanense; esa triada haciendo alarde de su inteligencia socava con su ignorancia el futuro de aquellos que los siguen, al reconocerlos como figuras de autoridad. El sistema educativo mexicano debe reformarse de raíz, eliminar herencias, estados de corrupción, la estupidez misma de los líderes magisteriales que, en su afán por mantener el poder de la delegación, arrastran hacia la miseria a los alumnos que no entienden de politiquerías. Mientras el gobierno en turno, o cualquier gobierno, continúe apoyando las conductas nocivas del profesorado magisterial que se niega a ser evaluado, forma parte de la innegable corrupción que atenta contra los derechos de millones de estudiantes mexicanos.

No pongan a sus hijos frente a los televisores… de todos modos aprobarán las materias…
 

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