Pocas trayectorias intelectuales del siglo XX resultan tan reveladoras de su momento histórico como la de Jürgen Habermas. Nacido en 1929 en Düsseldorf, formado en la posguerra alemana bajo la sombra del nazismo y la vergüenza colectiva que ese legado impone, el filósofo construyó una obra de una ambición sistemática amplia. Habermas es, en sentido estricto, el último gran sistematizador de la tradición ilustrada europea. Su proyecto filosófico entero puede leerse como una respuesta a una pregunta que la catástrofe del siglo XX volvió urgente e ineludible: ¿puede la razón humana, después de Auschwitz, seguir siendo el fundamento de la vida política y moral?

La respuesta que elaboró a lo largo de seis décadas no es optimista en sentido ingenuo. Es algo más difícil: es una defensa argumentada de la racionalidad comunicativa frente a quienes, desde la derecha y desde la izquierda intelectual, habían declarado ese proyecto muerto o contaminado de origen. Theodor Adorno y Max Horkheimer, sus maestros directos en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt, habían publicado en 1944 la Dialéctica de la Ilustración, texto que diagnosticaba la razón moderna como razón instrumental: una racionalidad que, al separarse de sus fines éticos, se convierte en herramienta de dominación. El mismo logos que prometió emancipación produjo los campos de exterminio. La conclusión implícita de ese diagnóstico era paralizante: si la razón está corrompida desde su raíz ilustrada, no hay salida interna a la modernidad.

Habermas no aceptó esa conclusión. Su giro decisivo fue distinguir entre dos tipos de racionalidad que la tradición filosófica había confundido. La razón instrumental, orientada al control y la eficiencia, es solo una modalidad de la razón humana, no su forma definitiva. Existe otra racionalidad, que el filósofo llamó "razón comunicativa", orientada no al dominio de objetos sino al entendimiento entre sujetos. Esa distinción, desarrollada con rigor técnico en la Teoría de la acción comunicativa (1981), su obra mayor, reorienta completamente el diagnóstico de la Escuela de Frankfurt: el problema no es la razón como tal, sino la colonización sistemática de los espacios de entendimiento intersubjetivo por la lógica del dinero y el poder administrativo.

La arquitectura conceptual de esa obra descansa sobre una intuición filosófica de consecuencias políticas enormes: cuando dos personas se hablan con genuina orientación al entendimiento, no al engaño ni a la coerción, están actualizando una forma de racionalidad que contiene sus propias normas inmanentes. El lenguaje orientado al entendimiento presupone condiciones de igualdad, sinceridad y argumentación libre. A esas condiciones ideales el frankfurtiano las llamó "situación ideal de habla". No es una utopía realizable: es un presupuesto pragmático que todo acto de habla serio moviliza, y cuya violación puede ser denunciada con criterios que emergen del propio lenguaje, no de una moral externa.

La potencia política de ese argumento es considerable. Frente al escepticismo posmoderno, que había declarado toda norma como máscara de poder, Habermas respondió que la crítica al poder requiere normas, y que esas normas no son arbitrarias ni meramente históricas: están inscritas en la estructura del lenguaje humano orientado al entendimiento. Sin esa base, la crítica se devora a sí misma. Michel Foucault, a quien el frankfurtiano confrontó directamente, podía denunciar las relaciones de poder con precisión arqueológica, pero no podía fundamentar por qué esas relaciones de poder eran injustas sin apelar implícitamente a los criterios normativos que su propia filosofía rechazaba. Habermas señaló esa contradicción que le granjeó adversarios académicos duraderos.

Su teoría de la esfera pública, formulada originalmente en Historia y crítica de la opinión pública (1962) y revisada en décadas posteriores, constituye su contribución más directamente política. La tesis central es histórica y normativa a la vez: en el siglo XVIII europeo emergió, por primera vez, un espacio de deliberación entre privados que discutían asuntos públicos con independencia relativa del Estado y del mercado. Ese espacio, la esfera pública burguesa, fue simultáneamente real e imperfecto: real porque produjo formas genuinas de crítica al poder; imperfecto porque excluía sistemáticamente a mujeres, trabajadores y grupos subalternos. Su evolución posterior no fue de expansión sino de degradación: la comercialización de los medios de comunicación, la profesionalización de las relaciones públicas y la gestión estratégica de la opinión convirtieron la deliberación pública en espectáculo administrado.

Esa genealogía tiene una resonancia que el propio autor no pudo anticipar en 1962 y que actualizó con creciente urgencia en sus escritos tardíos: el ecosistema digital ha producido una nueva forma de degradación de la esfera pública que supera en velocidad y escala todo lo que los medios masivos del siglo XX lograron. Hoy las plataformas algorítmicas no solo fragmentan la deliberación en burbujas de confirmación, además, sustituyen la lógica del argumento por la lógica del impacto emocional, que es exactamente la inversión de los presupuestos de la acción comunicativa. Lo que prospera en X o TikTok no es el mejor argumento sino el estímulo más activador. La razón comunicativa no tiene ventaja comparativa en ese entorno: está sistemáticamente en desventaja frente a la indignación, el miedo y el tribalismo identitario.

Su intervención en los grandes debates políticos alemanes y europeos fue siempre la de un intelectual público que entendía la filosofía como práctica, no como especialización académica. La Historikerstreit de 1986, la disputa de los historiadores sobre la singularidad del Holocausto y sus implicaciones para la identidad alemana, lo encontró en primera línea: su polémica con Ernst Nolte y Andreas Hillgruber, quienes relativizaban el nazismo mediante comparaciones con otros crímenes del siglo XX, fue al mismo tiempo filosófica y política. El filósofo argumentó que la relativización historiográfica del nazismo no era un debate académico inocente: era un gesto con consecuencias normativas para la identidad constitucional de la República Federal Alemana. La memoria del crimen no era solo asunto de los historiadores; era el fundamento negativo sobre el que se construía la legitimidad democrática alemana de posguerra.

Esa intervención anticipó su concepto de "patriotismo constitucional", elaborado en diálogo crítico con Carl Schmitt y con el republicanismo liberal de John Rawls. Frente a los nacionalismos que fundaban la identidad colectiva en etnia, lengua o historia mítica, Habermas propuso una identidad política fundada en la adhesión reflexiva a principios constitucionales susceptibles a ser universales. No se trata de abolir las particularidades culturales sino de distinguir entre el nivel ético-cultural, donde las diferencias son legítimas, y el nivel moral-político, donde los principios de justicia deben poder ser compartidos por todos independientemente de su adscripción cultural. Ese argumento, aplicado al proyecto europeo, lo convirtió en uno de los defensores filosóficos más articulados de la integración supranacional: Europa no como suma de nacionalismos temperados sino como laboratorio de una nueva forma de soberanía postnacional fundamentada en derecho y deliberación.

Su debate con Joseph Ratzinger, posteriormente Benedicto XVI, celebrado en Munich en 2004 y publicado como Entre razón y religión, reveló otra dimensión de su pensamiento frecuentemente subestimada. El filósofo secular reconoció, con una honestidad intelectual poco común en el laicismo europeo, que las tradiciones religiosas contienen recursos semánticos para articular experiencias morales que la razón procedimental no ha sabido traducir satisfactoriamente: la dignidad de los más vulnerables, la responsabilidad frente a las generaciones futuras, el límite ante la instrumentalización del ser humano. No fue una capitulación ante la teología: fue el reconocimiento de que una razón comunicativa genuinamente abierta no puede permitirse el lujo de declarar irrelevantes las voces que hablan desde tradiciones no secularizadas, siempre que esas voces acepten las reglas del argumento público.

Lo que permanece vigente del proyecto filosófico de Habermas no es un conjunto de soluciones sino una postura: la negativa a renunciar a la razón argumentativa como fundamento de la crítica política, frente al cinismo tecnocrático que la reduce a eficiencia y frente al irracionalismo populista que la sustituye por la autenticidad del líder o la pureza de la identidad. Esa postura es hoy minoritaria en el espacio político global, lo cual dice más sobre el espacio político global que sobre la postura. Las democracias que han sobrevivido con mayor integridad a las presiones desintegradoras de las últimas décadas son, sin excepción, aquellas donde las instituciones deliberativas, los medios independientes y las culturas cívicas de argumentación pública han mantenido algún grado de robustez. Eso no es una coincidencia que la filosofía habermasiana pueda ignorar ni que sus críticos puedan explicar satisfactoriamente desde sus propias premisas.

Así pues, si los seres humanos no pueden entenderse mediante argumentos compartidos, si la esfera pública es irrecuperable como espacio de deliberación racional, si toda norma es finalmente poder disfrazado, entonces la política es solo correlación de fuerzas y la filosofía un ornamento. Habermas apostó toda su obra a que esa conclusión es falsa. La apuesta sigue abierta. Que en paz descanse el maestro… es una declaración justa y desde el razonamiento que puede tolerarse pues antes de cualquier cosa… quiero pensar que somos seres críticos… o no.

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