The Age of Innocence, escrita originalmente por Edith Wharton y llevada al cine por Martin Scorsese, plantea un escenario bestial dentro del romanticismo de época, de la sociedad estadounidense del siglo XIX. La novela y película narran la incertidumbre de una pareja enamorada que deberá renunciarse por capricho, no de otra mujer u hombre, sino de la sociedad que reprueba la pasión liberal de los personajes principales, ataviados por el conservadurismo de su tiempo, aún tallado en los huesos de nuestra polis a la fecha y que, seamos francos, jamás será acotado. Un revolucionario tiene mucho de conservador.

“El qué dirán”, por ridícula declaración, es la herramienta que desarma a los amantes, los culpa porque la masa, ese cúmulo de personajes resentidos que vituperan y sonríen, dictan la norma que enarbolan con la indolencia que condena a la infelicidad de los personajes centrales. Esa violencia, nada sutil entre sofismas risueños, castra.

¿Por qué partir de un ejemplo frívolo y superficial, en apariencia, para hablar de la indolencia como concepto y acto? Porque éste es justo un concepto frívolo y superficial en nuestro momento; y, sin embargo, retórico en la historia universal. Ser indolentes, perder la empatía por el dolor de los otros, por el sufrimiento del “mundo” es la cicuta moderna, no sentir es el veneno de este tiempo; lento y preciso que exculpa a la masa. Esta indolencia conceptual ligada a la perfección moral de ésta y toda época es la justa medida para la miseria. La sociedad civilizada de The Age of Innocence es un retrato fiel de la soledad, ésa que se desprende de la pretensión que, indolente, defiende la vida y la justicia social, aunque en silencio no le llora a sus muertos, ficticios o no, porque acaecidos en desgracia no son parte de ningún juego.

Durante las últimas semanas, en gran parte de México, se vivieron las contiendas políticas “más importantes” de las últimas décadas, destinadas a dominar regiones pseudoideologizadas, sin proyectos de creatividad sociopolítica en el ejercicio de gobernanza. Las promesas “conspicuas” de los actores políticos, el desvarío ridículo de su proceder, demostró una tajante y nula intelectualidad. Pena ajena es la máxima adecuada. Los hubo escapando de féretros de una muerte anunciada, los que hicieron gala del histrionismo dancístico y otros más proyectaron su discurso hacia perros [mascotas] liliputienses como ciudadanos votantes. Reinaron las estrategias de redes sociales cual tautológica panacea de la política contemporánea.

Los medios de comunicación, sin distinción alguna, fueron altavoces ad hominem que lo mismo condenaban a la resistencia ideológica de los otros grandes partidos, nulificados por el movimiento mermado “simbólicamente” que encabeza el presidente de México; así, la pluralidad de los medios informativos fue inexistente, sin duda, pero instrumental, siempre lo es. ¿Qué son los medios de comunicación en este momento histórico y qué papel juegan? ¿Qué debate se da en esas redes informativas que transgreden con gratuidad efectiva la realidad ad infinitum? La respuesta, demagógica: no todos los medios son iguales. En la médula puritana profesada, lo son. El escenario ideal del debate público que tendría que ser transmitido a la masa, debería ser de propuestas inequívocas que atiendan las necesidades reales, sin caprichos, de una comunidad y no obstante pensar esto es por demás inocente.

Definir las “necesidades” potencia el error capital del candidato apartado de la realidad, que se torna indolente en el sentido llano del significado de la palabra: que no se afecta o conmueve. Recordemos que un aspirante político es en sí mismo la medida de todas las cosas, y tendemos a olvidarlo por el fanatismo que se les llega a profesar de manera abierta o reprimida. Existen gobernantes cuya moral distraída a conveniencia desconoce el dolor de los otros, su gente misma. Pensemos en la muerte de niñas, niños y mujeres con cáncer, tragedia autogestada que nadie olvidará.

Un ejemplo más de la indolente clase política nacional tiene que ver con las consideraciones a su propia estirpe. Durante las campañas electorales murieron asesinados políticos que no merecieron, en la mayoría de los casos, ni un minuto de silencio. Lo que nos lleva a la brillante ecuación: un político no es sino un nombre escrito a lápiz que se borra sin compromiso para plasmar con grafito otro nombre sobre la boleta. La indolencia del momento se reduce a un: la gente pobre entiende que las tragedias ocurren… no sé si las madres de los muertos lo entiendan sobre todo en una tierra como la nuestra donde el crimen es moneda de cambio.

Hace algunos días estuve presente en el predio donde, hace más de una década, Santiago Meza López, alias el Pozolero, disolvió por lo menos 300 cuerpos, muertos, algunos, sin nombre que jamás recuperarán rostro y memoria. Al visitar el lugar el único sentimiento que pude experimentar fue de pena profunda a la que prefiero no buscarle otro adjetivo porque sería engañarme. Una pena interna racionalizada desde el punto de vista de padre, pensar en la desaparición de un hijo no es cosa fácil.

Soy enemigo de utilizar la expresión: “qué impotencia y rabia”, tan socorrida por los conciencia moral y ética de la sociedad mexicana representada por los líderes de opinión sean o no celebridades o intelectuales… o chefs, que fluye con superioridad moral por las redes sociales. Lo divertido es el velo sobre la mirada que todo lo disculpa. Vender pureza, buenos deseos y espiritualidad es bastante fácil cuando no aceptamos la responsabilidad de nuestros actos como sociedad activa. No hemos entendido que el silencio es un gran aliado cuando la realidad toca a la puerta de nuestra ética.

Cuando supe de la vida y obra de Santiago Meza López me sorprendió su inicio como supuesto albañil psicótico, que pronto se convirtió en especialista en la desaparición de cuerpos, de la vida de mujeres y hombres, hijas e hijos de familias que jamás recuperarán del todo el sueño cual pesadilla shakespeariana. Cuando lo pienso me sorprende aún más la indolencia que, como mexicanos profesamos ante la vida ahora por costumbre hacia la violencia que se vive en el país. Estas jornadas electorales fueron bastante trágicas: cabezas y cuerpos mutilados arrojados contra las urnas, funcionarios de casillas quemados y un largo etcétera que hace de la democracia una lucha absurda y, no obstante, divertida de frente al caos impulsado tanto por los mecanismos digitales como los medios de comunicación tradicionales. Un gran circo donde creemos tener el dedo del emperador que apunta al cielo o al infierno, like o dislike.

A principios de la segunda parte del siglo XX, el escritor estadounidense Richard Hofstadter reflexionaba en torno a la problemática de las masas como hicieran los pensadores de su tiempo, pero al pertenecer a la cultura que promovió la radicalización y la espectacularidad de la información es justo mencionarlo. “El crecimiento de los medios de comunicación de masas y su utilización en la política han acercado la política a los ciudadanos como nunca antes y han convertido la política en una forma de entretenimiento en la que los espectadores se sienten implicados”. Claro, están los ecos de Herbert Marcuse en todo esto, otro autor que bien vale la pena rescatar, aunque para algunos esté rebasado. Lo tomo como una reflexión que hoy parece por demás naïve y que, sin embargo, deberíamos revisar en este momento coyuntural donde nuestra política y el “sufrimiento” socializado es más un reality show que un ejercicio democrático e intelectual.

¿Qué nos duele como sociedad? Conforme pasa el tiempo puedo asegurar que nada. Ese dolor indolente que se vende a través de todo medio de comunicación y ras de calle, es una moneda bastante compleja que ha trastocado la moralidad. Hoy se sufre con descaro y de manera momentánea para eliminar la deshonra y el señalamiento del dedo flamígero de nosotros mismos. Qué complicada operación sufrir sin sentido. Aquellos que sufren, que lloran y sobre las calles derraman sus lágrimas intentan cosechar de nuevo la vida de sus muertos, lo hacen en silencio sin la cámara del teléfono inteligente que todo lo ha saturado. Y, es también, esa saturación de la desgracia la que también nos ha invitado a hacer del sufrimiento de los otros un espectáculo que antes se mantenía encorsetado por las revistas de nota roja.

Pero atendamos el juego político. ¿Qué nos provoca la muerte de un político? En sentido más estricto, la última muerte que generó el oprobio nacional fue el asesinato de Luis Donaldo Colosio, padre de una nueva figura política que, de entramar bien su presente, podrá explotar el capital del nombre heredado y la duda de sus capacidades anidará en la conciencia colectiva. En Estados Unidos, John F. Kennedy es el símbolo por excelencia al que una generación completa lloró. El dolor que se generó en esos momentos fue por la pérdida de los ideales que representaban esas figuras. No existen en la actualidad políticos, por lo menos en México, que representen una ideología que unifique a la masa. Sería complicado apelar a la ideologización nacionalista a la nueva usanza europea porque aún no nos consolidamos como una nación bajo los mismos objetivos, pues vivimos bajo el manto de un jeroglífico que todos interpretan sin saber leer.

Soy indolente, por supuesto, a la tragedia mundial, lo acepto. Me interesa más el dolor de las personas a las que se les puede ayudar en la inmediatez. Soy indolente, lo sé, también con aquellas personas que paradas en las calles venden sus productos, me obligo a serlo porque sé que tampoco podría comprarles a todos siquiera un vaso con agua. No publicitar el dolor ajeno es la mejor forma de ser humano.

“Toda comunidad clasifica, coacciona y restringe a sus miembros de alguna manera; los detalles varían, pero el cumplimiento de las formas sociales es un hecho ineludible de la existencia humana. Las exigencias exageradas”, sumo a las palabras de Wharton, generan esa indolencia tan profunda que poco o nada nos importa del mundo… ni la muerte ni la vida de los otros.

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