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Ilusiones para un mundo salvajemente feliz

Hugo Alfredo Hinojosa

“Yo soy Espartaco. No, yo soy Espartaco”. Con estos lances en medio del ensangrentado campo de batalla, el arruinado ejército de esclavos fortalece su hermandad con bravura a viva voz, para defender al líder de la rebelión que los llevó a la libertad momentánea, previo a su crucifixión a mano del confundido ejército romano. Espartaco, el gladiador y símbolo de la libertad combativa al que hago referencia, personaje emblemático del cine mundial, es creación de Stanley Kubrick, ideado por el guionista y perseguido político Dalton Trumbo, quien tomó la novela homónima del comunista Howard Fast para exaltar los valores de la libertad a través de la vida y muerte del gladiador tracio.

Trumbo y Fast fueron enemigos comunes del pueblo estadounidense en la primera mitad del siglo XX, por formar parte del Partido Comunista, un pecado capital inimaginable y, a decir verdad, anti natura para el ethos de ese pueblo de oferta y demanda que entendía bien el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. ¿Cómo podía un ciudadano del mundo libre apelar al yugo del comunismo? Las utopías eran válidas, inclusive en el seno del capitalismo, pero como símbolos exóticos. Fue también en ese contexto histórico que cobró más fuerza el Capitán América (Steve Rogers), el súper soldado y enemigo de la amenaza roja (Red Skull), descifrado como una bandera humana y viril por J.M. Coetzee en sus ensayos, figura de la justicia a partir de la guerra, siempre justificada.

“Espartaco”, la novela, fue escrita en prisión durante el tiempo que Howard Fast estuvo recluido purgando condena debido a que su nombre figuraba en la lista negra de la cultura americana, junto con Lillian Hellman, Langston Hughes y Orson Welles, entre otros, que controlaba el comité que allanaba el paso para la exitosa caza de brujas de Joseph McCarthy. La cultura era un enemigo a vencer, la escritura no necesitaba más que polvo para sembrar el caos. La apuesta de Howard Fast no era nada compleja en su exposición política y discursiva a través de la construcción narrativa de su obra. Abordó la historia de Espartaco, el esclavo y gladiador tracio que se rebela al igual que sus compañeros durante la Tercera guerra servil o Guerra de los gladiadores contra del ejército romano, por la crueldad que vivían. Los esclavos de la época, según la historia clásica, eran tratados como animales, lo cual sigue vigente en este tiempo de conquistas aeroespaciales; oh, cuánto hemos avanzado. Espartaco, entendido a partir de las crónicas romanas, contó con la aprobación de los historiadores que aplaudieron la valentía del gladiador y su lucha por los derechos de su pueblo conformado por guerreros, asesinos, criminales y parias de otras regiones. Carl Marx, el nunca olvidado pensador alemán, lo tomó como modelo porque materializaba la imagen del hombre proletario que se rebela contra el cacique, sin importar las consecuencias, para privilegiar el deseo comunitario por encima del autoritarismo del poderoso.

El Espartaco de Trumbo y Fast, el que retrata Kubrick hacia el final de la cinta, una vez crucificado, conoce a su hijo que crecerá en libertad. El anti héroe vive un instante de plenitud existencial porque su lucha no fue en vano. Espartaco transita pues del sentimiento comunitario hacia la gloria personal, la consumación del individualismo. Repito, todo esto en la versión cinematográfica, en esa ilusión donde la vida de los otros pierde valor ante la realización material de los deseos de Espartaco. ¿Acaso los muertos en vida sobre las cruces defenderían al gladiador frente al ejército romano una vez más? ¿Qué sueños consumaban con su propia muerte los otros miembros de la comunidad? Digamos que, si la libertad era el fin último, aún clavados a la cruz, disfrutaban de la gloria después de haber sido carne en los establos.

Previo a este exhausto momento histórico, desde hace años, se fue acentuando una profunda censura auto impuesta gracias a las miles de voces que rondan los pasillos digitales de las redes sociales, a las que la gran mayoría tenemos contacto sea por cuestiones laborales o divertimento, situación que se agravó con el confinamiento. En ese universo etéreo al que cedemos con gusto nuestra alma, toda palabra es campo minado. ¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? La ilusión de ser queridos y aceptados es bastante deprimente. Aún más deprimente es no ejercer el derecho a disentir por miedo a las hordas de salvajes que en un fuerte ejercicio de auto complacencia se erigirán como seres morales superiores que exigirán con su dedo flamígero tu condenación eterna.

Abandonemos toda proposición filosófica acerca del mundo digital. Partamos en principio de lo físico. Crecimos leyendo revistas, no hablamos de literatura en este momento, vimos miles de horas de programas televisivos, consumimos millones de imágenes previo a la aparición del mundo digital que nos vendían una ilusión, ustedes decidan la pasión que anhelaban, nos deslumbraron miles de escenas cinematográficas que forman parte de nuestra experiencia. Durante décadas consumimos rostros perfectos, cuerpos idóneos, y aprendimos las palabras correctas para entablar una conversación. Nuestra existencia ha participado de ilusiones que nos mantienen con vida, felices o infelices, pero en equilibrio. El cuerpo de la mujer sobre la página nunca estuvo desnudo, sino que el corrector que retocaba la imagen se encargaba de eliminar la ropa que cubría a la modelo; no en todos los casos, no hay motivo para sufrir, pero el fundamento erótico y sexual de millones de adolescentes estaba basado en la habilidad del retocador de la imagen. Oh, desventura.

¿Acaso vale la pena la auto censura por algunos buenos comentarios de personas que nunca conocerás? Repito la pregunta por la pertinencia. Una de las grandes ilusiones que nos ha vendido la modernidad del siglo XXI es que somos buenas personas y por tanto tenemos la capacidad, por esa gracia divina, de crear mundos salvajemente felices siempre que sea en el espacio digital, el campo de acción de las buenas conciencias que fortalecen la idea de la corrección política que todo lo destruye. En ese mundo digital e incluyente ocurre lo mismo que en cualquier marcha a ras de calle con templete. Se corre la voz: habrá una marcha por los derechos de las personas a disentir por cualquier tema social, me interesa. Perfecto. Soy el participante número 50 mil en la caravana, pero jamás llego al templete, ni conozco al que está sobre las tablas lanzando sus consignas. No sé si mis necesidades son expresadas con coherencia por ese individuo. Me pregunto por qué está él en el templete. ¿Quién lo puso ahí? ¿Quién es? ¿Por qué estoy en medio de la masa si mi voz no se escucha? Si no conozco al que lleva la voz sobre las tablas, ¿por qué me sumo al movimiento? El primer error es pensar que formamos parte de una comunidad.

En el mundo digital rara vez llegamos a entender bien a bien dónde se inicia el movimiento que puede o no jugar en nuestra contra. ¿A quién le hablan las buenas conciencias o nosotros mismos? En el último lustro es normal que cada año se publiquen por lo menos uno o dos videos con celebridades, cineastas, escritores, libreros, líderes sociales, entre otras figuras donde aparecen en escala de grises con voz afectada y silenciosa, arrojándonos a la cara algún crimen cometido, una injusticia, alguna postura política o iniciativa social. Por supuesto que es válido y se deben atender las problemáticas que nos afectan o no a todos; pero la pregunta es ¿a quién le hablan? En alguna ocasión lancé esta pregunta en redes sociales y una activista me contestó que “cada quién lucha desde su trinchera”, pero el mundo digital, por vasto que parezca, atiende a una diminuta fracción de los seres humanos, por tanto la trinchera es ínfima. Si haces activismo a favor de las comunidades pobres en la sierra Tarahumara, por ejemplo, tal vez estos últimos deberían estar informados para no sentirse utilizados, porque, de otro modo, el majestuoso video en blanco y negro se torna en un objeto exótico e ilusorio que explotan las buenas conciencias que no viven el agravio por el que pretenden luchar en esas reuniones donde obtienen la validación social.

Participamos de un momento en el que la ficción mueve al mundo. Emocionante. La corrección política es la consumación de la hipocresía exacerbada y validada por la masa; y es la hipocresía en sí, la falsedad, el pilar sobre el que se construye la ilusión de nuestra pertenencia en la sociedad, espartacos sin convicciones que reaccionan a cualquier provocación. ¿Acaso no entendemos que, mientras más permitimos que la presencia del mundo digital permeé en nuestra cotidianidad, en el mundo real, propiciamos que las problemáticas que nos atañen se diluyan por querer defendernos en el mundo tangible con las mismas reglas que en el paraíso digital? No olvidemos que las bestias no engullen unos y ceros.

Kubrick, Trumbo y Fast hicieron de Espartaco un personaje único en su ficción, una trampa mortal para las buenas conciencias que, emocionadas por el heroísmo del gladiador cinematográfico, lo siguen paso a paso en su lucha por la libertad y trasladan a las redes sociales la consumación de su propio valor, en un campo donde serán aplaudidos. No obstante, el verdadero Espartaco murió en el campo de batalla hace más de dos mil años; nadie exclamó “Yo soy Espartaco”, para unirse a su causa, y la valentía del gladiador que se honra es ficción.

Cada día que pasa nos alejamos más de nuestra naturaleza, lo cual es un peligro. Si negamos nuestras pasiones, terminaremos convertidos en seres pusilánimes que harán de una cueva su hogar. No somos ni seremos una comunidad porque en la médula de nuestra existencia somos animales salvajes que luchan por sobrevivir e intentamos, a nuestro pesar, domesticarnos como idiotas al vivir de lleno, hablar de lleno, pensar de lleno con las reglas del mundo digital, donde la imbecilidad es aplaudida y el valor se diluye en diatribas contra el día soleado que no debe asomar por la ventana porque no deja ver la pantalla.
 

Hugo Alfredo Hinojosa
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