El terror en el mundo

Hugo Alfredo Hinojosa

Un poco de filosofía de fin de siglo hoy tan obvia:

I. "¿Por qué se gana tanto dinero con el fin del mundo, señor Müller? Mejor dicho: con el Terror". Los años de la Guerra fría quedaron en el abandono, que no en el olvido. Hoy resurgen conflictos novedosos que lo mismo se disfrazan de guerras santas, económicas, de género, políticas, medio ambientales y digitales que generan incertidumbre y ansiedad [en ocasiones autoinfligida].

II. La historia no descansa, muy a pesar de los ideólogos caídos en desgracia de la posmodernidad tan socorrida y tardía, por ejemplo, en México. El “fin de la Historia”, como predijo Francis Fukuyama nunca se hizo presente. La idea feneció pronto frente a los idealismos nacionalistas de todo el orbe. Implorar por la pureza de la ideología de Estado es la nueva ruta del extremismo porque el cambio de los tonos de la piel es inminente, basta con ver a los plurales “Proud boys” en Estados Unidos. La ecuación sexual no anuló la mezcla racial aunque existen quienes se resisten a intercambiar su información genética.

III. En los albores del siglo XXI el Terrorismo se abrió paso y protagonismo en la política internacional. Así, en la actualidad es más importante la ingeniería eléctrica como mecanismo que genera terror en esta sociedad como en ninguna otra época. Por curioso que parezca, la pólvora y el aroma azufroso cedieron el paso al ruido del teclado que mutila de raíz el espíritu sin dañar las extremidades, sin hacer del llanto el lenguaje universal del dolor. El terror contemporáneo y romántico es inminentemente comunicativo.

IV. Heiner Müller, el novelista y dramaturgo alemán, que vio cómo la Gestapo sacó a rastras a su padre de la casa, y de madrugada, durante la Segunda Guerra creía en el “conflicto” como fundamento y motor para la escritura. El terror en la letra, en la escena, en la imagen habitual del hombre, en las noticias y en la raíz de todas las culturas. Hoy, a más de un cuarto de siglo de la muerte de Müller, el terror que intentaba plantear se ve reducido a: decir lo correcto sin ánimos de lastimar a nadie, “ni Dios lo quiera”. El adelgazamiento de los discursos actuales ha debilitado el pensamiento hasta volverlo ilustrativo, con cargas extremas de moralidad que manifiestan un laconismo social que anula el ejercicio del pensar. Más superación personal, menos reconocimiento del placer, temor a la honestidad del alma y horror a la naturaleza humana.

V. No existen, por lo menos así parece, experiencias puras en el humano moderno. El autor de la Máquina Hamlet, brevísima pieza fundamental del teatro alemán del siglo pasado, fortalecía la idea de que la experiencia se da a la distancia del suceso, como una epojé [suspender el juicio] que no podemos definir en la inmediatez. Sin embargo, en este inicio de siglo la distancia se ha arruinado hasta convertirse en un espejismo y engaño. Los medios electrónicos se han encardado, bueno, ellos no, nosotros a través de ellos, de eliminar la lejanía manteniéndonos en un constante ejercicio especulativo acerca de qué es la realidad y qué somos frente a los demás.

VI. La ilusión por saber qué es la comunicación, la sociedad, el amor, los secretos, el deseo y el sexo hoy es una distopía, un emoticón. La experiencia como tal en la actualidad es más complicada en su raíz porque se obtiene desde lo electrónico. Hoy cualquier persona sin experiencia puede arreglar un auto; tan solo con tener el tiempo de ver un video en redes sociales obtienes el conocimiento necesario para hacerlo, sin experiencia y esa es la base de la ilusión.

VII. Uno de los fundamentos del trabajo del dramaturgo consistía en el rechazo a la ilustración de los actos. Los medios comunicativos, mencionaba Müller , eran los encargados de estupidizar a los hombres… la televisión se rindió ante el aparato de conocimiento e ignorancia que llevamos en las manos. La función fundamental en el teatro, por ejemplo, es no ilustrar, no dar las cosas digeridas, no arruinar la capacidad del espectador de generar experiencias a partir del espectáculo que nutre su imaginación.

VIII. El teatro de carne y hueso como herramienta del pensamiento crítico no da nada por hecho. La funcionalidad de los medios comunicativos construyen una encrucijada en el espectador, es decir, ilustran todo de tal manera que el individuo no se reconoce en lo que observa. Ejemplo: los niños árabes festejando después de la caída de las Torres Gemelas del World Trade Center, que celebraban en sí una festividad musulmana. Las caídas de las Torres Gemelas fue la consumación de las guerras inexistentes desde la ficción retratadas por Wag the dog, película de Barry Levinson… la obra maestra de las teorías de conspiración. Todos conspiran desde las redes sociales criticando lo real.. ahí hay mártires y buenas personas que afilan sus dientes.

IX. Tergiversar el tiempo es el pan de cada día. Como sociedad y pueblo tenemos un profundo temor a la realidad y sobre ese temor se funda la esperanza de los humanos modernos. La mercadotecnia lo entiende a la perfección y nos mantienen pegados a las redes sociales consumiendo ídolos: a nosotros mismos cual narciso revisando una y otra vez nuestras muecas para lograr la imagen perfecta que elimine la desventaja de cara a otros seres perfectos. Depresión inmediata.

X. Los aparatos electrónicos que van unidos al cuerpo, cada vez se apropian más de la funcionalidad de la humanidad. Un niño en la calle con un teléfono celular o una tableta se abandona y es abandonado por los padres, al igual que los padres abandonan a los abuelos en la mesa al revisar sus teléfonos: anticuados ancianos. Ese niño ha fracasado. La ilustración de la vida por lo científico lo arrojó a la política del bienestar moderno. Ese niño es una máquina que sólo teme a estar desconectado. Los juegos en los jardines han muerto y sobre todo hoy que viven enclaustrados entre las paredes de sus casas y las computadores como resultado de la pandemia.

XI. Heiner Müller de nuevo: el trabajo crítico del autor intenta mantener el horror en el hombre pero hacia las cosas que hacen de la vida esa realidad que habitamos: llenarnos de lodo, cortarnos las manos, probar el sabor de la tierra y las lágrimas. "¿Por qué se gana tanto dinero con el fin del mundo, señor Müller?". Respuesta: "hay que hacer dinero con el terror"... según dijo a Uwe Wittstock para la revista dominical Frankfurter Allgemeine Zeitung. Y agrego… el mejor negocio que hemos creado es temernos a nosotros mismos. Es un gran negocio: actores, censores y empresarios en un mismo saco teniendo siempre miedo de nosotros por el qué dirán los demás… y así también caemos en el reduccionismo político al eliminar la secrecía de nuestros procederes. Debemos retomar la práctica de comprender que: mis intereses no son iguales a los intereses de los demás. No deseo tener terror de mí, soy lo único que tengo como para rechazarme.
 

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