El espectáculo contra el pensamiento crítico

Hugo Alfredo Hinojosa

En diversas ocasiones he mencionado el agotamiento del pensar como un rasgo y ruta hacia la cual nos dirigimos. Estamos instalados en este instante caótico del obsceno exceso de información que nos mantiene alertas en los albores de siglo XXI, donde la locución latina scientia potentia est (el conocimiento es poder) si bien no ha perdido su valor, debe graduarse con delicadeza y aplicarse de manera brillante e instrumental. El vasto conocimiento falso, verdadero, falso, verdadero que asimilamos día con día nos adentra en un campo minado que aceptamos habitar sin cuestionamientos, una encrucijada que nos debilita, nos agota, y respiramos con el único objetivo de encontrar la paz y suspender los juicios. No pensar.

De los conflictos bélicos podemos extraer miles de ejemplos trágicos acerca del agotamiento mental más allá de lo físico. Durante la Primera Gran Guerra, el pintor Otto Dix formó parte de las trincheras del ejército alemán conociendo de primera mano las atrocidades cometidas por el bando opuesto entre las púas y la sangre vertida en el lodo. Fue testigo de los rostros desfigurados a causa de proyectiles enemigos y amigos, de los miembros desechos y los llantos nocturnos de los que dan cuenta centenares de páginas de crónicas desde las trincheras como las que narró Ernst Jünger. Sin embargo, fue Otto quien aprendió a suspender todo juicio desde las palabras y nutrir tan sólo en el pensamiento las ideas que plasmaba lúgubre sobre los lienzos. Se alejaba del caos para regresar a él y explicarnos qué es lo que no deberíamos olvidar como pueblo. A mi parecer, la memoria es nuestro peor sentido, pues recuerda las minucias que potencian el rencor, pero olvida lo esencial que nos lleva a la guerra.

"Shock Troops Advance under Gas", de 1924, es una de las obras magistrales de Dix por la escena que plantea; no obstante, la idea misma de la totalidad de su obra plástica encerraba un significado políticamente inquietante en su posguerra “la gente empezaba a olvidar el horrible sufrimiento que la guerra les había traído. (Yo) No quería causar miedo y pánico, sino hacerle saber lo terrible que es la guerra y así estimular los poderes de resistencia de la gente”. En pocas palabras, estimular la memoria.

Años más tarde, con el arribo del Nacionalsocialismo, Otto Dix fue desterrado de la Escuela Superior de Bellas Artes de Dresde debido a que el nazismo consideraba su trabajo como una expresión degenerada y antipatriótica. Inclusive, parte de su obra se expuso en Múnich dentro de la exhibición de Arte Degenerado de 1937 que organizó el pintor y político, un tanto olvidado, Adolf Ziegler. La muestra reunió, de entre todos los museos alemanes, las obras de diversos creadores nacionales y extranjeros que se contraponían con la visión cultural del régimen. Entre ellos estaban Ernst Ludwig KirchnerPaul KleeGeorg KolbePablo Picasso, Piet MondrianMarc Chagall. El trabajo de Dix, por lo menos un par de sus lienzos entre los que está "War Cripples", fue destruido más tarde, aunque el MoMA conserva un dibujo suyo basado en la pintura original. De esa desafortunada cadena de eventos culturales se recogen las palabras de Adolf Hitler que “declaraba la guerra a la desintegración cultural. A los charlatanes de las artes”… es decir, a las ideas ajenas a su agenda.

Hablar del periodo del nazismo es de una complejidad absoluta por la capacidad de organización ideológica que sembró el sistema por doquier. Su golpeteo constante hacia las entrañas del pueblo era instrumental y fascinante porque dominaban el quehacer de su gente a partir de la fatiga intelectual: cansar el pensamiento del enemigo y amigo interno que no tenía mayores márgenes de acción más que dejarse llevar por el nacionalismo ramplón que no buscaba el bienestar del pueblo per se, sino el dominio absoluto del poder y la masa. No descubro el hilo negro del problema, cómo hacerlo a casi un siglo de distancia y con personajes magníficos en su tragedia. Lo pongo sobre la mesa desde la óptica del siglo que comienza, éste que no se sacude el fantasma del pasado y sus estructuras funcionales porque es parte medular de la cultura contemporánea de la propaganda política, mejor representados en el espectáculo.

Cuando hablo del agotamiento o fatiga intelectual me refiero también al vértigo propagandístico del que formamos parte (a veces de manera inconsciente y en otras consciente) disfrutando del momento en su embriaguez. Quien escribe esta columna lanza la primera piedra. Me he sorprendido en más de una ocasión actuando de manera instintiva, sin razonar de inicio las problemáticas que deseo explicarme al escribirlas. Es una tarea fundamental. Ser fiel a uno mismo y apartarse de la manada debe ser un ejercicio cotidiano, de lo contrario, nos volvemos irracionales por la seducción de formar parte de la maquinaria, ese imperfecto engranaje donde respiramos y vivimos. Ser aceptados es nuestro demonio contemporáneo como suma a “el carácter es el demonio del hombre”.

Al ver el panorama actual, y no me refiero sólo al político, tengo un sentimiento profundo de formar parte de un espectáculo sin precedentes orquestado a la perfección y sobre el cual no existe un control establecido. Escuchar las diatribas generalizadas de los medios de comunicación más las voces iracundas del pueblo y el discurso autómata político es demasiado ruido; un casino intermitente que aleja de nuestra naturaleza las ideas que nos dan identidad. Esta nueva "Teogonía" mecánica, además de digital y merolica, está bastante alejada de los principios de Hesíodo en su concepción lógica de los dioses mitológicos. Hoy todos somos dioses, lo cual es un problema porque compartir la fe entre tantas divinidades automáticas tarde o temprano nos convertirá en herejes radicales.

El pasado fin de semana en los estados de Coahuila e Hidalgo hubo comicios que favorecieron al Partido Revolucionario Institucional. Las huestes del triunfador y del partido opositor (Movimiento de Regeneración Nacional) que controla al poder ejecutivo se confrontaron, los primeros gritando que regresaban al gobierno por la ineptitud de los segundos y éstos declarando un fraude electoral ad infinitum. Posteriormente, hubo un encontronazo entre los “desaparecidos” granaderos de la Ciudad de México y los opositores a la extinción de los fideicomisos para la ciencia y la investigación, entre otros rubros. Mientras esto ocurría, el secreto a voces, cual pieza de Pedro Calderón de la Barca, es que el índice de contagiados con SARS-CoV-2 aumenta. Ni hablar de la captura del General Salvador Cienfuegos Zepeda, o de los pronósticos deportivos de Andrés Manuel López Obrador. ¿Qué debe ocupar nuestra atención realmente? ¿Qué agenda debemos atender? ¿De qué debemos desengañarnos? ¿Qué pieza somos dentro del juego?

Al reflexionar desde las trincheras, Louis-Ferdinand Céline, entre los cuerpos desfallecidos de sus compatriotas en medio del espectáculo de la guerra, se desengañó de su tarea bélica y resume su desencanto como “perdido entre dos millones de locos heroicos, furiosos y armados hasta los dientes... La verdad era, ahora me doy cuenta, que me había metido en una cruzada apocalíptica. (…) ¿Quién iba a poder prever, antes de entrar de verdad en la guerra, todo lo que contenía la cochina alma heroica y holgazana de los hombres?”. Creo que estamos en ese momento que describe Céline. Mejor aún, creo que vivimos en esa batalla constante de la cual somos brazo y fuerza sin darnos cuenta, sin ser críticos porque, justo en la constante labor de emitir juicios y luchar a muerte por defender nuestras razones, sumamos a la descomposición de la crítica frontal con ideas definidas y difíciles de rebatir. ¿Acaso no es ese el sueño húmedo de todo crítico del sistema político? Dejar que los perros ladren no siempre es señal del triunfo de las virtudes del aludido sobre los otros, puede ser una señal estratégica de que los otros se desgastan, las virtudes no importan.

La nación vista como la sede del espectáculo del cual participamos como mexicanos nos convoca a definir qué rol queremos jugar. Como espectadores no podemos guardar silencio, pues el ánimo nos lleva a querer abrir la boca; sin embargo, si la abrimos, debemos ser conscientes de que podemos sumar a la descomposición de la que huimos; perdemos de vista ese detalle. Lo he dicho en otras ocasiones y aprovecho para reforzar la máxima: mientras reflexionemos a partir de los sentimientos y no con el intelecto estamos destinados al fracaso. No podemos negar nuestra herencia romántica, es imprescindible entenderlo. Ser actores del espectáculo mismo nos acorrala de frente a los espectadores que no son nuestros amigos, sino enemigos potenciales. Esa vanidad que nos lleva a querer agradarles a todos con nuestras acciones es justo lo que nos condena a ser destazados en el campo social y político. Para muestra podría hacer aquí una larga lista de celebridades, activistas, artistas, actores, directores et. al. que, atendiendo al romanticismo propio de la cultura, por ceñirnos a ese rubro, hoy padecen del escarnio general del pueblo al que pretendían ayudar, sin ser honestos en sus intereses.

En este espectáculo sospecho de mí mismo. Tal vez me interesa más la producción que ser espectador y actor del evento masivo, lo cual me ubica como una persona que comete el error de creerse un dios, como otros tantos coetáneos. Así pues, callar y repensar qué batalla me interesa dar y de qué manera es tal vez una estrategia que debería aprender. Sexto Empírico, el filósofo griego, hablaba acerca de la suspensión de los juicios como una forma de entender el ejercicio del pensar. Edmund Husserl, por su parte, hablaba de desconectarse por completo de lo cotidiano para entender el caos que habitamos.

Al término de la guerra y tiempo después, cuando Otto Dix suspende todo tipo de juicio verbal acerca del mundo que lo rodea, plasma con el pincel sus delirios sobre el lienzo, explica con sus trazos cómo percibe el mundo: “Tuve la sensación de que había una dimensión de la realidad que no había sido tratada en el arte: la dimensión de la fealdad”, declara y plantea las escenas bélicas al por mayor, obras que tocan lo más profundo del alma humana, que desvelan el horror y, aún así, no fueron capaces de detener una Segunda Guerra.

En este aparente caos político en el que nos encontramos, no hay mucho que sumar, tan solo podemos ser nuevos protagonistas que ceden y acceden al poder; que suman a la fatiga del pensamiento, pues no logramos entender cómo es que funciona el poder, qué rol jugamos en sus cadenas, por lo menos nosotros, los que estamos fuera del juego y que tratamos de reconocernos dentro del espectáculo, luchando por ser aceptados en esa dimensión de la fealdad, como diría Dix. Valdría la pena cuestionarnos: ¿si el conocimiento es poder qué es lo que debemos conocer primero?
 

[email protected]
Tw: @Cronografias
FB: @cronografiashinojosa

 

TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios