Durante los últimos meses he escrito acerca de la pérdida de la vergüenza en el siglo XXI. La exploración me ha llevado a ilustrar la política moderna en su perenne decadencia y, más allá de eso, la tendencia cultural global donde la permisividad es absoluta y por demás deplorable. Parte de este análisis, del que surge también el hiperidealismo que he formulado para comprender el tránsito de las ideas del plano físico a la distorsión digital y de regreso a la discusión de la masa en la “realidad”, que integra el desarrollo de los diversos temas que analizo como parte de mi investigación de la maestría en Comunicación Política Estratégica en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Así pues, retomo la idea de la muerte del Diablo que planteé hace un par de meses en otra columna:

Como lo he mencionado antes, fui educado en un colegio religioso donde descubrí temprano la hipocresía: los mismos adultos que nos formaban para ser buenos cristianos no perdían ocasión para juzgar a otros. Esa contradicción me enseñó algo fundamental: cualquier dios es, en esencia, humano, moldeado por nuestra soberbia. Lo construimos a nuestra imagen y semejanza, no al revés. Si partiéramos de esta verdad incómoda, la religión se revelaría como lo que realmente es: un entramado de geopolítica, psicología y economía disfrazado de verdad trascendente, distante de cualquier fe genuina.

La declaración de Friedrich Nietzsche sobre la muerte de Dios en el siglo XIX supuso, al menos en apariencia, la pérdida de los valores absolutos. Sin embargo, mi tesis sostiene que incluso tras esa caída persistió un último guardián moral: el Diablo, entendido no como el tentador de las almas, sino como la vergüenza interiorizada que frenaba nuestra degeneración absoluta. Durante más de un siglo, sin saberlo, adoramos a este guardián como último bastión de nuestros límites éticos. Hoy ese guardián ha muerto, y su muerte fue provocada por un proceso que denomino hiperidealismo: la transformación tecnológica de los límites morales en obstáculos económicos.

Esta figura simbólica operaba en cuatro dimensiones. La primera era el miedo al juicio social: no el temor a la condenación eterna, sino el pavor a ser visto, señalado, excluido. El sociólogo Norbert Elias demostró en sus estudios sobre el proceso civilizatorio cómo la vergüenza opera como mecanismo de autocontrol que sustituye progresivamente la coacción externa. Lo que antes se prohibía por mandato divino o legal pasó a prohibirse por pudor interno.

En segundo lugar, el pudor entendido como frontera existencial, esto es, la conciencia de que ciertos actos nos degradan ante nosotros mismos y ante los otros. Este límite invisible nos hacía retroceder antes de exponernos completamente, antes de convertirnos en espectáculo de nuestra propia miseria. Tercero, como guardián de tabúes residuales: prohibiciones que ya no necesitaban justificación teológica pero aún operaban socialmente. No prostituirse, no exhibirse sexualmente, no exponer a los niños, no degradarse públicamente por dinero o aprobación. Cuarto, como última herencia de lo sagrado en forma negativa: si Dios había muerto y con él la promesa del bien absoluto, al menos quedaba el recordatorio de que existía un mal, una línea que separa lo humano de lo abyecto.

Durante el siglo XX el demonio agonizó. La moral burguesa, las convenciones sociales y el “decoro” de la clase media mantuvieron vivo el pudor como capital simbólico. Pierre Bourdieu, el maestro, analizó cómo las élites se distinguían precisamente por su capacidad de autocontrol, por saber qué no mostrar, qué no decir, qué no hacer en público. Aunque ya no creíamos en el infierno teológico, temíamos el infierno social (“el infierno son los otros”, diría Jean-Paul Sartre): la exclusión, el señalamiento, la pérdida de reputación. Las familias ocultaban sus “vergüenzas”: divorcios, quiebras, enfermedades mentales. Todo lo que amenazaba la fachada de respetabilidad debía mantenerse en las sombras.

Pero esta fase contenía las semillas de su propia destrucción. La mercadotecnia descubrió que la vergüenza era un obstáculo para el consumo ilimitado. Si se quería que las personas compraran sin restricciones, era necesario erosionar estas barreras. Aquí entra el concepto central: el hiperidealismo describe cómo los ideales originalmente legítimos, libertad de expresión, autenticidad, empoderamiento individual, se transformaron en el ecosistema digital hasta convertirse en justificaciones para la exhibición total y la reconfiguración del infierno.

A diferencia de Jean Baudrillard, quien describió brillantemente la hiperrealidad desde los medios masivos tradicionales, el hiperidealismo interroga el proceso generativo: ¿cómo llegamos ahí? Las ideas atraviesan un viaje de transformación: nacen como semillas conceptuales, se articulan como construcciones discursivas, sufren amplificación algorítmica, experimentan metamorfosis iterativa a través de memes y reinterpretaciones, y finalmente generan una retroalimentación material que dicta comportamientos reales.

Lo que comenzó como búsqueda genuina de liberación durante el siglo XX se convirtió, mediante los tamices digitales, en eliminación completa del pudor. Las ideas se reconstruyeron: la liberación sexual se hiperidealizó como pornografía sin límites; la transparencia democrática, como exhibición compulsiva; la participación ciudadana, como prostitución digital disfrazada de “creación de contenido”. La mercadotecnia no atacó frontalmente la vergüenza, pues eso habría generado resistencia, sino que convirtió la desvergüenza en virtud mediante la reconstrucción semántica. Así, el “Empoderamiento” pasó a significar venderse a sí mismo sin límites; la “autenticidad”, justifica cualquier transgresión; la “libertad”, elimina toda frontera entre lo público y lo privado. Empero, las herramientas concebidas para la emancipación se convirtieron en instrumentos de control.

Sostengo que existen tres vectores tecnológicos aceleraron este proceso. Primero, la pornografía hecha herramienta digital, ésta normalizó la exposición del cuerpo como mercancía, pasando de los márgenes clandestinos al mainstream cultural. La pornografía industrial, sostiene Gail Dines una socióloga feminista, redefinió las expectativas sobre la intimidad, convirtiendo los actos privados en espectáculos públicos susceptibles a ser evaluados por la masa y las métricas de las redes sociales. Lo que antes pertenecía al ámbito de lo oculto comenzó a presentarse como “liberación sexual”, como “derecho al placer”.

Segundo, la Reality Television (los Reality shows) transformaron la vigilancia en entretenimiento: personas comunes y otras tantas “celebridades” se expusieron en sus momentos más vulnerables a cambio de una fama efímera. El escándalo dejó de funcionar como sanción para volverse estrategia de visibilidad. La transgresión se monetizó: cuanto más escandaloso el comportamiento, mayor la audiencia. Tercero, las redes sociales entrenaron a los usuarios en la lógica de la exhibición como modo de existencia. En este sentido, según el Pew Research Center, para 2013 el 91% de los adolescentes estadounidenses publicaba fotos de sí mismos en redes sociales, prácticas que una década antes habrían sido consideradas peligrosas violaciones de la privacidad.

Por tanto, las plataformas digitales completaron el asesinato tanto del Diablo como de la vergüenza mediante cinco dimensiones interconectadas. La ilusión de transparencia vendió la exposición total como “autenticidad”. Ya no hay vergüenza porque ya no hay lenguaje para nombrarla: “influencer”, “creador de contenido”, “emprendedor digital” sustituyeron términos que antes señalaban transgresión. El narcisismo se volvió virtud: curar obsesivamente la propia imagen digital, controlar cada detalle de la narrativa pública nos aleja de la autenticidad: preferimos la conexión mediada y controlable al riesgo de la interacción genuina. De ahí la famosa y estúpida ansiedad generacional de los jóvenes.

Así pues, la normalización de lo abyecto destruyó la posibilidad del escándalo: cuando todos se exhiben, nadie transgrede. La vergüenza requiere una norma compartida de lo prohibido; sin norma, no hay transgresión. Lo lúdico en el mundo digital se tornó degradación aceptada sin reparos: las plataformas diseñaron interfaces que otorgan puntos, niveles y recompensas; surgieron los NPCs (Non-Playable Characters, personajes autómatas dentro de los videojuegos) humanos que por un pago en dólares o pesos dicen “soy un estúpido” ante una cámara; los influencers se humillan por likes, y todo se presenta como “diversión”. Y, por si fuera poco, la aparición en la escena de la Inteligencia Artificial Generativa asestó el golpe final: la capacidad de crear simulacros perfectos destruyó la frontera de lo auténtico y lo falso.

Paradójicamente, propongo que necesitamos revivir a Dios e invocar al Diablo, revalidar sistemas de valores absolutos y recobrar la vergüenza. No se trata de un retorno nostálgico a la moral religiosa, pues esa ya demostró ser opresiva, sino del reconocimiento de que, sin algún límite interiorizado, sin vergüenza que frene la degradación absoluta, nos encaminamos hacia nuestra aniquilación moral, hacia nuestra aniquilación cultural. La pregunta no es si queremos al Diablo teológico de vuelta, sino si podemos construir colectivamente una nueva forma de pudor laico, una vergüenza secular que funcione como barrera contra lo abyecto.

Esto requeriría una alfabetización moral masiva que enseñe a distinguir entre límites arbitrarios, impuestos por dogmas, y límites necesarios, aquellos que protegen la dignidad humana fundamental. La muerte el Diablo, pues, se consolida en nuestra contra. Sin Dios y sin Diablo, sin vergüenza y sin límites, solo queda el vacío moral donde la violencia se justifica con cualquier pretexto y la degradación se celebra como progreso. La profecía se cumple: ya no somos capaces de sonrojarnos. Y esa, quizás, sea la tragedia más profunda de nuestro tiempo.

A propósito de la pérdida de la vergüenza política: tantos protagonistas políticos mexicanos, entre gobernadores, senadores, presidentes municipales y diputados, están manchados y señalados como partícipes en actos de corrupción y por mantener relaciones con el crimen organizado. Resulta interesante ver que a estos no les importa la herencia vergonzosa que caerá sobre sus hijos cual letra escarlata, siempre señalados. El nombre y la limpieza de la herencia paterno-filial son muy importantes. En lo personal, no desearía que me llamaran "el hijo del ratero".

Respecto a los jóvenes que hoy se degradan en las plataformas digitales, aquellos que se desnudan y venden su "contenido", el caso es análogo. La huella digital es casi imposible de borrar y el futuro de sus hijos será complejo. Entiendo si todo lo escrito raya en un grito de moralidad, y acepto la crítica. No obstante, debemos reformar las bases sociales. Debemos aprender a no jugar bajo las reglas de los otros.

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