No me era familiar la palabra “terfa” derivada del acrónimo TERF (traducida al español como: feministas radicales trans excluyentes), hasta hace un par de meses. Cuando escuché el término me desconcertó sobre todo al leer las conversaciones en las que se utilizaba la novísima palabra. Inclusive leí ataques, con bastante ira, contra Margo Glantz [además de otras escritoras] tachándola de terfa, a lo que contestó: “No sabía lo que quería decir Terf. Ahora que ya lo sé, declaro formal y solemnemente que no lo soy en absoluto”. Pienso que el discurso se bifurca en un par de sentidos a modo, para quienes lanzan la declaratoria en contra de una mujer. Palabras más, palabras menos, una terfa es una mujer que odia/rechaza a las personas transgénero. Tema debatible.

A principios de la década de 1980, en Tijuana, mi madre tenía por amigo a un muchacho muy joven llamado Emilio que, años más tarde, transitó al cuerpo de Wendy, con pareja estable. Hasta donde recuerdo, nunca vi en él ni en mi madre alguna diferencia en las conversaciones, ni obstáculos para comunicarse. Hasta la fecha, luego de más de tres décadas, siguen en contacto. Cuando puse sobre la mesa el tema de las terfas, mi madre contestó: “¿las qué?”; y Wendy declaró: “cómo les

gusta inventarse cosas”. Si bien Emilio/Wendy sufrió por sus preferencias cuando niño, logró la estabilidad a pesar de los demás.

Días más tarde de ese encuentro, expuse el mismo tema a Miguel Ángel Mora Marrufo, presidente de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos de Baja California. Partiendo de la discusión del significado terfa, me aventuré a comentarle que los “derechos” solicitados hoy por las comunidades LGBTI+, en su mayoría, no eran sino “excepciones [a las reglas]”, que no derechos; veo en todo esto un error conceptual que se traduce al activismo, comenté. Concordamos en la distinción y me hizo un apunte relevante: “Históricamente, todas las comunidades que antes se sintieron o estuvieron reprimidas, hoy intentan hacer valer sus necesidades sin importar los claroscuros, y es necesario encontrar los puntos medios, sin ser radicales”.

Yo no estoy y nunca he estado en contra de la comunidad LGBTI+. Desde niño estuve en contacto con más de una persona con preferencias sexuales distintas a las mías, jamás tuve ningún problema, ni desplantes de violencia, pero eran otros tiempos. Muchos de mis grandes amigos son homosexuales y he vivido sus despechos amorosos. De este modo, no considero que una mujer que se niega a ceder ante las excepciones que solicita una persona trans sea por una cuestión de odio, hay que reparar en la lógica de las circunstancias.

Por supuesto que las mujeres pueden expresarse en contra de que las personas trans compitan en deportes o certámenes donde únicamente compiten mujeres, están en todo su derecho, y tendríamos que ser bastante idiotas para validar lo contrario ante la innegable diferencia biológica. Yo, soy un hombre de 45 años, mido 1.77 centímetros y estoy seguro de que más de una mujer podría darme una golpiza, sobre todo una peleadora de UFC, pero esa mujer que podría mandarme al hospital a mí, probablemente terminaría en la lona si se midiera contra un hombre que practique la misma disciplina, es un hecho.

Por ejemplo, en el universo masculino, y perdón por las obviedades de primaria, ¿a cuántos jugadores trans vemos corriendo en el emparrillado del futbol americano? O, ¿cuántos jugadores trans vemos jugando Rugby? Eso es porque el universo masculino no está en juego, sino el femenino, porque los hombres nos apresuramos a dar nuestras opiniones de rechazo respecto a las cosas que pueden afectarnos. En estos temas, las mujeres tienden a callar en detrimento de sus causas, pero lo hacen por miedo a ser denostadas, porque cada vez está peor visto que una mujer defienda sus espacios y los pequeños logros que tanto trabajo les han costado. ¿En dónde están las opiniones de las académicas, esas mujeres que ya tienen un espacio ganado y una voz respetada? Por desgracia, si se atreven a dar su opinión, son acosadas en redes, en presentaciones de libros y canceladas y linchadas públicamente por el colectivo trans.

Retomo ahora el tema de las “excepciones” comprendidas como “derechos”. En la medida que el concepto y significado de los derechos humanos se pierde en la marisma de las nuevas verdades, se genera un movimiento de las personas trans (sin generalizar) que pretende poner sus verdades y necesidades por encima de la coherencia utilizando la victimización como la herramienta fuera del raciocinio, para insertar sus verdades sin cuestionamientos. Esto es: someter a quienes se interpongan en su camino a la represión que dicen que vivieron históricamente, lo que genera no sólo el rechazo de una gran parte de la sociedad hacia la comunidad LGBTI+ radicalizada, sino justamente un efecto contrario al que pretenden defender. El rechazo hacia este sector se acentúa.

Tan sólo en México, personajes como la diputada María Clemente encarnan el repudio hacia las mujeres por las excepciones que solicita en su favor, ya sea en la Cámara de Diputados o en un gimnasio de barrio, argumentando ser víctima de mujeres y hombres. Por otra parte, la agenda radical en contra de las mujeres parece

llegar a un momento crucial en el que las mujeres “blancas” en Estados Unidos, cuna del progresismo, comienzan a levantar la voz. Hace apenas unos días, la abogada Megyn Kelly, presentadora de Sky News Australia, declaró abiertamente estar en contra de personajes como Dylan Mulvany, quien se llama a sí mismo “mujer trans” y quien, además, acaba de hacer perder a Bud Light 4 mil millones de dólares al ridiculizar en un clip el significado de “feminidad” según estereotipos muy pasados de moda. El rechazo de la sociedad fue inmediato.

Megyn Kelly es, por supuesto, el personaje terf del año, pero sus razones para oponerse son muy válidas. Kelly señaló que hasta hace un tiempo era inclusiva, pero que comenzó a notar que el ataque hacia las mujeres era constante y violento, y sólo en contra de ellas; además, declaró que las mujeres están perdiendo frente a hombres que transicionaron a mujeres pidiendo “derechos/excepciones” que las mujeres en sí, históricamente, no han logrado; eliminar la brecha salarial es el ejemplo más notable.

Si bien en la primera entrega abordé la victimización desde la perspectiva política, hoy tenemos frente a nosotros un fenómeno social y progresista que semeja un arma que surge de las supuestas víctimas para ejercer el control sobre los otros. En ese sentido, puedo decir que, hasta el momento, yo no me siento ni atacado ni amenazado por el movimiento LGBTI+, pues sus intereses no son los míos ni se contraponen con mis mundos; además, no forman parte de ese universo de competencia, aunque, a lo largo y ancho de Estados Unidos, por ejemplo, corporaciones bancarias enteras están bajo el control de estos colectivos eliminando a quienes no forman parte de sus grupos. Poco a poco, México, entra como siempre a las tendencias sociales.

Lo que llama mi atención es que las personas trans que se autodenominan mujeres van en contra de las mujeres biológicas, ocultando o intentando ocultar todo dejo de

machismo bajo el argumento de que son mujeres en contra de mujeres, cuando esto evidentemente no es así. El progresismo está consolidado bajo el principio de la victimización activa. Es por demás risible ver a las nuevas generaciones de padres de familia buscando nombres neutros para no “ofender” a los grupúsculos de la sociedad que les hacen sentirse avergonzados por ser ellos mismos. En la medida en que la victimización instrumental tome aún más fuerza, la culpabilidad por SER nos llevará a una erradicación de las libertades absolutas. Es tiempo de eliminar los reconocimientos innecesarios que se otorgan sólo por pertenecer a un colectivo sin mérito alguno. Los ejemplos abundan, sobre todo en Estados Unidos.

Yo soy un ser humano común y corriente con los mismos derechos que cualquier hombre y mujer sólo por existir. No necesito de excepciones para conjugar mi vida con la de otros, porque no soy víctima ni tampoco juego a serlo. Puedo aceptar a cualquiera y puedo aceptar que sea lo que desee ser, siempre y cuando, en la coherencia de su existencia, entienda que sus excepciones juegan en contra de mi libertad. A las mujeres les digo: de inicio no hay que avergonzarse por sentirse y ser mujeres frente a un mar de hombres que se sienten más que ustedes mismas, pero, si ustedes no reclaman sus espacios, los hombres no están, por completo, interesados en conversar del tema porque no les afecta. Mucho qué pensar. Esta es una lucha de hombres y mujeres.

Google News

TEMAS RELACIONADOS