El corazón en la mano

Hugo Alfredo Hinojosa

1. Este año que inicia me toma con la guardia fuera de eje. Tengo puesta la mirada en el futuro sin olvidar que debo atravesar el fango tedioso del presente que espera con impaciencia las pisadas de todos. El 2021 se antoja complejo y tengo intenciones de navegarlo a como dé lugar porque no hay rutas de escape. Debo formar parte de este mundo, diría Cormac McCarthy.

2. Luego de un largo año de pandemia tengo pocos ánimos y desearía estar en casa, mejor dicho en mi tierra, al lado del frío mar del que ahora rehúyo pero que extraño hasta la médula. Hace tiempo que no pongo un pie en mi desierto y la nostalgia me hace tragar saliva, ajustar ese nudo que nace en el paladar donde se concentra el reflejo del llanto sin explotar. Creo que dejaré para otra ocasión las diatribas político-culturales pues me doy cuenta, con tristeza, que la crítica sólo interesa cuando golpea. La gente necesita la velocidad de la diatriba y no repara en la ardua tarea de la reflexión.

3. El boxeo es una de mis grandes pasiones. Es una forma del arte que me ayudó a comprender la lógica de la ficción. Es indescriptible ver a un par de sujetos entrar de lleno a la guerra durante tres minutos y calmar la batalla cuando suena la campana. Aunque lo practiqué durante cinco años, siempre supe, como Johnny Cash, que tenía los brazos muy cortos y débiles como para pegarle a Dios; por tanto, mi destino como púgil no tenía futuro.

4. En mi adolescencia pertenecí al establo de boxeo Gaspar “Indio” Ortega en Tijuana, para mayores referencias en el corazón de la Zona Norte, en la Unidad Deportiva Benito Juárez. A tres cuadras de ese lugar entrenaba el campeón del mundo Érik “El Terrible” Morales. Hacia el oriente en la Zona Río estaba la Unidad Deportiva CREA, casa de Rómulo Quirarte, donde entrenaba a grandes campeones ahora en el olvido. En esa unidad deportiva solía correr algunos domingos Julio César Chávez cuando estaba en la cúspide de su carrera. Lo recuerdo perfectamente bien: él iba a paso veloz y no podía moverme ni siquiera para saludarlo porque debía mantener mi formación en fila como cadete del Pentathlón.

5. El boxeo cambió mi vida en muchos sentidos, me ayudó a lograr un punto medio en mi temperamento que era bastante agresivo y, sobre todas las cosas, me enseñó a respetar a los demás; a entender que todos llevamos a cuestas una parte del mundo que en ocasiones nos castra. Las golpizas sobre el ring no las olvidas y menos cuando bajas cubierto en sangre con una gran sonrisa porque no te noquearon, pero descubriste que hay otros que son mejores o superiores a ti. Aprendes a ser humilde a la brava.

6. El boxeo me ayudó a entender, por trillado que suene, que renunciar nunca no es opción y que las críticas deben tomarse con aplomo porque, vengan de quien vengan, debes aprender a sobrellevarlas porque la vida no está fabricada por los dioses para las pieles sensibles que huyen al regazo de los padres cuando la tempestad los cubre. Lo que más amo del boxeo, del verdadero boxeo, es que no puedes mentir.

7. La primera vez que entré al gimnasio fue durante el torneo de los Guantes de Oro del municipio. La entrada costaba 10 pesos. Sobre el ring peleaban dos que no paraban de golpearse, recuerdo que el de pantaloncillos blancos ganó; era un carnicero del mercado municipal de la avenida Niños Héroes. Una semana más tarde estaba listo para entrenar al salir de la escuela. Pagué mi inscripción de 35 pesos, que en ocasiones no cubrí. Me pusieron las vendas y me enseñaron el básico “uno–dos–avanza”; pie izquierdo primero luego el derecho, sin despegarlos del piso. La euforia me ganó y comencé a brincar soltando golpes hasta que me gritaron que iba a ser boxeador no bailarina.

8. En aquellos días podía brincar de un peso a otro sin problema aunque el ligero siempre fue mi peso ideal. Vinieron los primeros golpes sobre el ring, duros, fuertes que mi nariz no olvida, que mi quijada presiente. Llegaba a la escuela escupiendo sangre y sé que les daba asco a los demás pero no me importaba, la soberbia adolescente me hacía sentir parte de algo que los demás no entendían. El box me mantenía tranquilo como ninguna otra cosa, por aquel tiempo estaba en la selección de futbol americano, y ahora que lo pienso prefería pasármela en el gimnasio. Además, las historias siempre fueron increíbles y las fotografías en blanco y negro de las viejas batallas adornaban la oficina del lugar, imágenes perdidas ahora.

9. En el boxeo no hay hombres pequeños, nadie pierde, todos ganan algo aunque sea el sueño de ser campeón. Golpear y acertar un buen golpe es algo que no puedes olvidar así como tampoco el chicoteo de tu cabeza cuando ves la oscuridad pegarte en el rostro. Nunca ves los golpes cuando aterrizan en tu cara, sólo ves unos disparos oscuros que te dejan ver un poco de luz, pero aún no descifras lo que pasa cuando otro golpe te da en la cara. Intentas respirar, salirte de esa tormenta pero si ya tienes sangre en la nariz te comienzas a ahogar, reaccionas y abres la boca; siempre el otro se detendrá un segundo antes de rematarte y ese es el momento para escapar o caer.

10. Durante el encuentro, en el vientre de los guantes, siempre tus dedos van y vienen, te lastimas el dedo gordo si no lo sabes acomodar y si las vendas te aprietan no golpearás bien. Si derribas al oponente será tan rápido que apenas te haces a un lado y descansas con la conciencia aturdida. Si te derriban intentarás ponerte de pie sin saber por qué. Es mentira que piensas en la honra, la supervivencia no conoce de honras.

11. He visto a hombres caer noqueados y perder el conocimiento, nadie se reirá de ellos ni los juzgarán: no son ni idiotas, ni estúpidos, ni débiles, simplemente se escuchará el silencio y se dirá que no estaba preparado, que tiene un enorme corazón, que lo dio todo. No hay boxeadores pusilánimes, todos son valientes, hasta el más pobre que sube al ring con pantaloncillos y guantes prestados.

12. Cuando uno ve una pelea nada irrita más que algún imbécil de esos que gritan: “madréalo”, “vales pura madre”, “es un idiota”, “pelea como pendejo”. De esos chabacanos está lleno el mundo. Es una gran falta de respeto ofender a los hombres o mujeres que se parten la cara sobre el ring porque ellos, a pesar de sangrar, quieren conquistar la gloria y ganarse unas sonrisas, el reconocimiento de los otros.

13. Pelear es un destino que sólo los pobres de espíritu pueden negar. Tarde o temprano, pierdas o ganes, deberás reñir aunque sea con tu sombra. ¿Cómo hablar de la vida si nunca has sentido tu cuerpo arder o sudar y, más allá de eso, sentir cómo alguna parte de ti se hincha y sangra? No me refiero a que vaya uno por la vida como un idiota buscando pelea, ese es un gran error trágico. Aprendí también que la cobardía es una navaja de dos filos: alimenta el coraje y nutre los remordimientos.

14. El box es un deporte de caballeros y de hombres inteligentes que disciernen la realidad de una manera especial. Cuando toca la campana los peleadores entregan su vida al enemigo, cuando suena de nuevo se detienen y como grandes amigos se abrazan y se dan la mano, saben que la razón de su existencia se cumplió; ambos aceptan el resultado, es su destino, el perdedor llorará en la soledad. Llorar es válido, lo único que no se vale es retroceder.

15. Decía Mike Tyson que es muy bueno saber leer, pero que es muy peligroso saber leer sin poder interpretar bien lo que se lee. Como boxeador puedes leer a tu oponente pero debes saber interpretar su respiración y sus gestos para saber en qué momento su caída será inevitable. ¿Cómo leemos e interpretamos el mundo? No lo hicimos bien pues está colapsando.

16. Hoy amanecí con el corazón en la mano. Sin ganas de confrontarme con el mundo. Según veo, el año que inicia, se antoja críptico por obvio: vamos en caída libre hacia el futuro donde el mar perderá sus peces y el cielo se quedará desnudo. Ni mi madre ni hermana murieron por coronavirus. De haber muerto mi madre, habría perdido su nombre y las anclas que me mantienen en tierra.

17. Vitali Klichkó, el político y boxeador, declaró que la política es tan salvaje que puedes terminar muerto, mientras que de una pelea de box apenas y sales con un ojo morado. En este año electoral se antojaría ver a todos disputarse las curules con los guantes puestos, más de uno tiraría la toalla pues no podría mentir.

18. Me gustaría regresar a Tijuana a ese gimnasio, pero los entrenadores están muertos y forman parte de esas imágenes en blanco y negro… tal vez las imágenes tampoco existan ya.
 

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