Conocí a Yunior García Aguilera en Londres, en la Royal Court Theatre, antes de que el mundo supiera su nombre. Era un dramaturgo de Holguín que hablaba con esa cadencia cubana donde cada frase parece una decisión moral. Recuerdo que, en uno de esos encuentros, mientras yo comía fruta, me confesó que no sabía distinguir una pera de una manzana, entre un durazno y una nectarina. No las había comido. No sé si era completamente cierto o si era una forma de hacer literatura con la escasez, pero lo dijo con serenidad. Lo que sí era cierto, lo supe después, es que enloquecía comiendo galletas y bebiendo refrescos. Tenía esa hambre específica de quien ha aprendido a sustituir la comida misma, solo comía plátano, me comentó. Me dijo también, en aquella conversación, que ser cubano es difícil y nadie lo cree, porque los ven desde el romanticismo de Fidel Castro, como si vivieran dentro de un poema y no dentro de una isla donde la corriente eléctrica se va y no regresa.

Yunior García Aguilera es hoy un exiliado en Madrid. En noviembre de 2021, después de organizar la Marcha Cívica por el Cambio del 15 de noviembre, las fuerzas de seguridad del Estado cubano rodearon su edificio en La Coronela. Las imágenes de su cuerpo acodado tras las persianas de su apartamento junto a un cartel que decía “Mi casa está bloqueada” dieron la vuelta al mundo. Su delito fue convocar pacíficamente, con una rosa blanca, a manifestarse por la libertad de los presos políticos y el respeto a los derechos de todos los cubanos. Declaró después:

“Si volviera a poner un pie en Cuba iría preso. Lo que quisiéramos es regresar, pero es imposible”.

Cuento esto porque cuando el expresidente Andrés Manuel López Obrador reapareció esta semana desde su retiro en Palenque para pedir dinero para Cuba, y cuando la presidenta Claudia Sheinbaum lo respaldó públicamente, prometiendo incluso una aportación personal, lo primero que pensé fue en Yunior. En Yunior y en las galletas. En los cubanos reales, que no viven en el discurso de Fidel Castro, sino en la escasez que ese discurso produjo durante décadas y que ahora se agrava con Donald Trump.

Fidel Castro dijo una vez: “nuestro país no es solo Cuba; nuestro país es también la humanidad” ¿A qué humanidad se refería? Era un hombre que sabía construir mitos. Y lo logró: Cuba se convirtió en el mito más duradero de la izquierda latinoamericana del siglo XX, un espejo ideológico donde una generación entera proyectó sus deseos de justicia, de ruptura con el imperialismo. El problema con los mitos es que son más cómodos que la realidad. La realidad es Yunior sin pera y sin manzana. La realidad es Miguel Díaz-Canel, cuya legitimidad el propio García Aguilera ha cuestionado señalando que el único voto determinante en el sistema político cubano es el de Raúl Castro. La realidad es que el propio García Aguilera ha señalado que el embargo “es la excusa perfecta para justificar el desastre económico” del régimen. La realidad es que Cuba es sinónimo y ruta del romanticismo para quienes, por algún motivo, sienten una impasividad existencial libertaria. Porque hasta donde recuerdo Cuba y su gente no es libre, y todo lo demás es demagogia.

Nada de esto aparece en los discursos de solidaridad que esta semana inundaron la política mexicana. Y esa ausencia no es menor. La número de cuenta del banco Banorte a nombre de la asociación civil Humanidad con América Latina, vinculada al periódico La Jornada, circuló en redes y medios como si fuera una convocatoria evidente, natural y urgente. El llamado contó con la participación de más de 200 escritores, periodistas y ciudadanos, que pusieron a disposición la cuenta para recibir donativos destinados a comprar alimentos, medicinas, plantas eléctricas y gasolina para Cuba. La presidenta Sheinbaum respaldó el tema. El secretario de Agricultura, Julio Berdegué, lo celebró en redes. Y una multitud comenzó a donar, y no los juzgo, pero sí los cuestiono.

La pregunta que falta en todo este episodio no es si Cuba sufre. Cuba sufre. La pregunta es cuándo decidieron los mexicanos que este era el uso prioritario de la energía política de su gobierno. Y la respuesta honesta es: no lo decidieron. No se les preguntó. No hubo consulta, no hubo deliberación, no hubo ningún mecanismo ciudadano de escucha democrática. La solidaridad con Cuba es, para una élite intelectual y política de larga data, un axioma que no necesita votación. Para muchos otros mexicanos, es una pregunta todavía abierta.

Esto importa más de lo que parece, porque el gobierno de la Cuarta Transformación hizo de la consulta popular una seña de identidad. Se consultó el Tren Maya, la revocación de mandato, el juicio a expresidentes. Esas consultas fueron cuestionables en su diseño y en su convocatoria, pero al menos mantenían la forma de preguntar. Aquí no se preguntó nada. La agenda de solidaridad con Cuba se instaló desde una red social, desde las páginas de un diario afín, y la presidenta la refrendó como si la ciudadanía ya hubiera dado su consentimiento tácito. Las consultas, cuando existen, dependen de la voluntad política del momento, de que el resultado no sea inconveniente para quien convoca. Cuando son innecesarias para el proyecto, simplemente no ocurren.

El filósofo Isaiah Berlin, uno de los pensadores más agudos sobre la libertad política, distinguió con precisión entre la libertad negativa, el espacio donde nadie interfiere en tus decisiones, y la libertad positiva, la capacidad real de autodeterminarse. Señaló que los regímenes que dicen actuar en nombre de la libertad positiva del pueblo son exactamente aquellos más propensos a suprimir la primera. Cuba es el experimento histórico más documentado de esa paradoja: un régimen que habló de liberación durante décadas mientras suprimía la libertad de ir a una librería, de cambiar de gobierno, de salir del país sin permiso. Reconocer eso no es mezquindad. Es rigor. Es exactamente lo que le falta al discurso del humanismo mexicano cuando se pronuncia sobre la isla… pero si se cuestiona deriva en fascismo.

Aquí hay, por cierto, una confusión ideológica que vale la pena señalar sin rodeos. Cuando ciertos sectores afines al movimiento obradorista califican de fascistas a quienes critican el apoyo a Cuba, y cuando otros sectores usan el mismo término para señalar al gobierno de Sheinbaum o al régimen de La Habana, ambos bandos, con frecuencia, no saben de qué están hablando. El fascismo como fenómeno histórico no nació de la derecha liberal. El propio Mussolini explicó su trayectoria diciendo: “Durante toda mi vida yo fui socialista internacionalista. Cuando estalló la Gran Guerra vi que todos nuestros partidos se convirtieron en socialistas nacionalistas. Eso me pasó a mí y eso es el fascismo”. El fascismo emergió de las fracturas del socialismo europeo de posguerra, del nacionalismo obrero, del culto al caudillo y al partido único. Esos elementos, nótese, no son propiedad exclusiva de ningún color: aparecen donde el poder se concentra sin contrapesos, donde el disenso se criminaliza y donde la identidad del líder se funde con la identidad de la nación. Usarlo como insulto genérico, como hace la derecha cuando señala a Sheinbaum y como hace el obradorismo cuando señala a sus críticos, no es análisis político. Es pérdida de vocabulario. Y un debate que no puede nombrar sus fenómenos con precisión tampoco puede resolverlos.

El purismo ideológico es un lujo que los movimientos de oposición pueden permitirse. Los gobiernos no. Un gobierno que se rige por la pureza doctrinal, en este caso, la solidaridad incondicional con los gobiernos de izquierda latinoamericana, independientemente de su historial democrático, no puede hacer la evaluación pragmática de costos y oportunidades que el Estado exige. No puede ponderar si el capital político gastado en defender a Cuba podría ser más productivo negociando mejores condiciones del T-MEC. No puede considerar que Donald Trump afirmó haber pedido personalmente a Sheinbaum que frenara el envío de crudo a Cuba y que ésta accedió, lo cual habla de una asimetría de poder que no se neutraliza con la retórica de la fraternidad sino con la inteligencia de Estado. El purismo ideológico también impide algo fundamental: criticar a Cuba por sus violaciones a los derechos humanos con la misma intensidad con que se critica el bloqueo estadounidense. Esa asimetría selectiva no es un principio. Es una preferencia disfrazada de principio.

La presidenta Sheinbaum podría, debería, tomar distancia constructiva del episodio (y de todos los episodios ajenos a su gobierno) sin traicionar sus convicciones de fondo. Podría articular una postura que separe la solidaridad humana de la validación política del régimen de Díaz-Canel. Podría reclamar, con autoridad presidencial, que cualquier ayuda del Estado mexicano hacia Cuba pase por los canales formales de cooperación internacional, con transparencia y rendición de cuentas, no a través de cuentas bancarias privadas convocadas por un periódico y difundidas por un expresidente. Eso no sería mezquindad. Sería gobernar.

Y mientras todo esto ocurre en el centro, hay que hablar del desorden que existe afuera de él. Porque hay muchos Méxicos, no uno solo. El México que debate sobre Cuba en X es el México de una clase intelectual supra romántica (bien comida y bebida) y política metropolitana que ha convertido la geopolítica latinoamericana en su liturgia cotidiana. Pero existe el México de Guerrero, donde más del 50% de la población vive en pobreza laboral y donde el debate sobre La Habana suena a transmisión de otro planeta. Existe el México de Chiapas, donde los cárteles del narcotráfico disputan rutas de tráfico de migrantes mientras el gobierno federal habla de humanismo. Existe el México de Oaxaca, cuya gente subsiste en condiciones que muchos cubanos del régimen que tanto admiramos desconocerían.

Existe el México norteño, integrado económicamente a Estados Unidos, para quien la Cuba de Castro es historia tan remota como la Revolución mexicana misma.

Hay también una dimensión geográfica que suele olvidarse cuando México habla de geopolítica. Somos un país fronterizo entre dos mundos radicalmente distintos: el norte desarrollado y el sur empobrecido de América. Nuestra posición en el mapa nos da una vocación natural de puente, de mediador, de espacio neutro donde los extremos pueden dialogar. Esa neutralidad activa, no la indiferencia, sino la equidistancia calculada, es un activo diplomático que México ha desperdiciado con frecuencia al alinearse afectivamente con uno de los bloques en disputa.

Un México que aspira a ser relevante en el escenario del siglo XXI necesita hablar con Washington y con La Habana (sin duda), con Caracas y con Miami, con Pekín y con Bruselas, desde la misma independencia de criterio. La Doctrina Estrada, en su mejor versión, aspiraba exactamente a eso: no a la complicidad con ningún modelo, sino a la defensa del espacio de autodeterminación de todos los pueblos. Aplicarla solo cuando el pueblo en cuestión tiene un gobierno afín es convertirla en propaganda.

El gobierno mexicano debería mantenerse al margen del episodio de la colecta para Cuba. No porque Cuba no sufra. Sino porque el Estado tiene obligaciones que no puede delegar en el romanticismo de una élite que hace décadas encontró en la isla el espejo de sus convicciones y sus bajas pasiones, y porque los mexicanos que no tienen X y sí tienen hambre merecen que su gobierno les explique, antes de anunciar una aportación personal para La Habana, qué está haciendo con la extorsión en Chiapas y la violencia en Baja California, Jalisco y Guanajuato, entre otros estados.

Yunior García Aguilera dijo en Ginebra, hace pocas semanas, que prefiere hablar de los que siguen dentro de Cuba, “atrapados en el vientre de un pez mucho más oscuro y mucho más amargo”. Y pidió a la comunidad internacional que entienda que la inacción también mata, pero que mirar hacia otro lado también es tomar partido.

Tiene razón en ambas cosas. Pero la tercera posibilidad, la que nadie menciona en México esta semana, es mirar hacia adentro con la misma intensidad. Hacia los propios hambrientos. Hacia el propio desorden nacional que nadie quiere llamar por su nombre.

La solidaridad verdadera empieza cerca. Después se expande. Cuando se invierte ese orden, no es solidaridad. Es evasión que deriva en complicidad con los que superviven por encima de los hambrientos. Escribió José Martí que la ignorancia mata a los pueblos, y es preciso matar a la ignorancia… y una forma de hacerlo es primero reconocernos como mexicanos antes de salvar otras tierras allende las fronteras. Hay mucho trabajo que hacer aquí.

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