En nuestra era de aceleración tecnológica, algo fundamental ha cambiado en la forma en que experimentamos el poder político. La inteligencia artificial generativa no es solo otra herramienta más: está reconfigurando profundamente cómo nos relacionamos con quienes nos gobiernan. Las redes sociales, con su lógica de inmediatez y espectáculo, han creado dos espejismos peligrosos que vale la pena desenmascarar: la ilusión de que la política es un juego y la ilusión de que estamos más cerca que nunca del poder.

La paradoja es cruel. Vivimos hiperconectados, pero profundamente separados. El mundo digital prometió eliminar distancias, pero lo que realmente eliminó fue nuestra capacidad de pertenencia genuina. Como advirtiera Guy Debord hace décadas, la aparente conexión universal no hace más que reforzar nuestra fragmentación íntima y nuestra dependencia emocional de la pantalla. Este mundo inmaterial se ha convertido en un tablero de juego que nos seduce con recompensas efímeras mientras nosotros, sin darnos cuenta, entregamos lo más valioso: nuestros datos, nuestros patrones de comportamiento, nuestra atención.

Observemos cómo opera el poder en este nuevo escenario. El político o magnate que domina las redes despliega un juego calculado de transgresión: rompe tabúes, desafía las normas del decoro, exhibe una “autenticidad brutal” que lo posiciona como la voz de lo que “todos pensamos pero nadie se atreve a decir”. Este gesto aparentemente democratizador esconde una trampa: solo el poderoso puede transgredir sin consecuencias. El resto quedamos atrapados en una paradoja asfixiante: si lo imitamos, somos penalizados; si mantenemos la corrección formal, somos ridiculizados como falsos o elitistas. En ambos casos, el poderoso sale reforzado como único portavoz auténtico. Lo lúdico se transforma así en un arma: un juego que nos invita a participar en nuestra propia dominación disfrazándola de empoderamiento.

Esta estrategia de transgresión funciona porque genera una cercanía afectiva unilateral. Los insultos, los memes, la vulgaridad calculada en redes sociales crean una sensación de proximidad. Durante la campaña de Trump en 2024, las imágenes generadas por IA que lo mostraban como “uno más del pueblo” —comiendo pizza, como superhéroe o figura mesiánica— alimentaron precisamente esta dinámica. Mientras tanto, Elon Musk ejercía desde X un doble papel de censor selectivo y amplificador privilegiado de narrativas favorables.

Tanto el político como el magnate convergen en la construcción de figuras híbridas: el “millonario del pueblo”, el “presidente como ese amigo hablador que todos tenemos”. Esta proximidad ilusoria los inmuniza contra acusaciones de elitismo o cinismo. Las críticas hacia ellos se transforman en traiciones personales para una audiencia que siente que los conoce íntimamente. La desigualdad real se evapora en pura ilusión perceptiva. El meme se convierte en jugada táctica, el insulto en movimiento estratégico, y el conflicto estructural se trivializa en entretenimiento.

Lo que está en juego aquí trasciende lo estético. La IA Generativa ha acelerado el colapso de la deliberación democrática al difuminar las fronteras entre lo auténtico y lo simulado. La vieja autoridad del poder, su “aura” —como la llamó Walter Benjamin—, ha sido sustituida por una presencia que se siente omnipresente e íntima. La participación política migra hacia plataformas diseñadas para entretener, para no aburrir. Como señala Gianluca Sgueo, la política debe volverse “divertida” o será percibida como irrelevante. La espectacularización reemplaza el debate racional por el engagement emocional: el juego seduce con la promesa de una verdad accesible e inmediata.

La campaña de Trump en 2024 llevó estas dinámicas a su expresión más acabada. La IA generativa no solo creó contenidos: democratizó su producción. Herramientas accesibles como Grok, ChatGPT o Claude permitieron que millones de personas se convirtieran en coproductores de simulacros. La espontaneidad calculada se disfrazó de autenticidad espontánea. La verdad factual pasó a ser una pieza más del teatro. El meme funcionó como señal tribal, el deepfake como jugada estratégica y la IA como instrumento de aparente libertad expresiva.

La consecuencia más devastadora de todo esto es la tribalización política y la destrucción de la deliberación pública. Cuando la política se enmarca como juego competitivo, la lealtad identitaria aplasta cualquier posibilidad de consenso racional. Lo lúdico no es inocente: es una forma sofisticada de control que nos mantiene entretenidos mientras perdemos de vista lo fundamental.

Estamos ante una reconfiguración profunda del ejercicio del poder. La transgresión monopolizada por los poderosos, la proximidad que los inmuniza de críticas y este mundo hiperideal donde todo se vuelve juego están erosionando los cimientos de la democracia deliberativa. No se trata de demonizar la tecnología ni de añorar un pasado idealizado. Se trata de reconocer que detrás del entretenimiento, detrás de la cercanía ilusoria, se están tomando decisiones reales que afectan vidas reales. Y mientras jugamos, el poder se consolida en nuestra contra… no perdamos esto de vista, y no es una teoría de la conspiración.

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