Bots para el nuevo régimen

Hugo Alfredo Hinojosa

El grito de Independencia, esta tradición de celebrar la autonomía del pueblo que inició hace más de 200 años, incluye una conmemoración tácita por la libertad de expresión que también fue parte de esa lucha histórica, aunque tal vez no recapacitamos en ello. En lo personal, no me embriaga la pasión celebratoria por la fiesta patria, no por un sentimiento de malinchismo, sino porque pienso que hay formas más sofisticadas de rendir honor al Estado del que formamos parte que signifiquen más que los gritos, llantos y oropeles tricolor, basura inmediata pasado el grito a la medianoche.

Es complicado, desde el idealismo de Nación en que vivimos, celebrar y portar una máscara de armonía frente al caos que enfrentamos como país, sobre todo cuando el uso del “poder” del Estado dejó de ser “suave” para convertirse pronto en una maquinaria de dominación despótica que atenta contra aquello que se opone a sus intereses. En últimas fechas vimos, pues es imposible no hacerlo, al presidente Andrés Manuel López Obrador, atacar de manera frontal al periódico EL UNIVERSAL y Reforma, a las revistas literarias y de crítica cultural como Letras Libres (Enrique Krauze) y Nexos (Héctor Aguilar Camín y Rafael Pérez Gay), al periodista Carlos Loret de Mola y a Víctor Trujillo, bajo su personaje Brozo. Son medios y personajes periodísticos nacionales que hacen una dura crítica a los proyectos del gobierno cuestionables por la mala estrategia de ejecución y viabilidad. Los medios sediciosos que envenenan al pueblo bueno. Aclaro, para evitar suspicacias, que no conozco ni tengo relación alguna con los antes mencionados.

El proceder imperioso de López Obrador desde la tribuna de gobierno contra los medios de comunicación es un ataque directo al libre pensamiento, que tiene en la crítica plural su única herramienta para propiciar el diálogo-debate entre el pueblo y los gobernantes, un acto que no debe entorpecerse. Si bien no es un misterio que las estrategias primarias de la política se basan en el ataque directo al adversario-enemigo, es innegable que las “formas” en el despliegue de la fuerza del Estado son ineludibles para evitar el choque desigual y condenatorio aunque existan declaraciones de guerra entre ambos.

Después de casi dos años de conferencias presidenciales a horas canónicas podemos definir el concepto de “la libertad de expresión” de López Obrador bajo la tesis certera de Salman Rushdie: “¿Qué es la libertad de expresión? Si no tenemos libertad para ofender, [la libertad de expresión] deja de existir?”. Hoy, por desgracia, no hay en México un gremio, sociedad civil, fideicomiso, líder de opinión, grupo empresarial, gobernante estatal, núcleos científicos, agrupaciones deportivas y culturales que, al no compartir el punto de vista del presidente, no sea vilipendiado. ¿Acaso los aludidos o agredidos sentirán que deben celebrar el grito de Independencia del Ciudadano que gobierna a los mexicanos, que ataca a los mexicanos, que deja morir a los mexicanos por la pandemia y su estrategia de inmunidad de rebaño obligada? Manchar reputaciones es el pilar sobre el que se sustenta la libertad de expresión del presidente, quien, bajo su lógica no perfectible, tiene el derecho de hacer o decir cualquier cosa sin asumir la responsabilidad básica que conlleva abrir la boca.

En la actualidad vivimos bajo el yugo de una segregación ideológica interesante y poco sutil, espejo de otra realidad que reconocemos en Estados Unidos, por ejemplo, y sería en lo único que podemos equipararnos con el primer mundo. Tanto López Obrador como Donald Trump son individuos unidimensionales. Herbert Marcuse se deleitaría al estudiarlos, enemigos de la libertad de expresión, pues se sienten desnudos al encarar hechos que no controlan; que se caracterizan por vivir un constante delirio de persecución donde el pueblo es el opositor a vencer, ese antagonista que se opone a sus objetivos políticos. Ambos sujetos, cual prestidigitadores, hacen del pueblo que habita la realidad virtual a través de las redes sociales, termómetros y voces latentes que alimentan sus paranoias. Para ellos, ajenos a la certidumbre de los hechos, solo existe lo que está dentro de sus parámetros de creencias sin ser capaces de tolerar un pensamiento crítico real y contrario a sus deseos; y, por división de ideales, desde la rabia del poder segregan al pueblo convertido en enemigo de sí mismo y obligado a pensar de forma mecánica y repetitiva como bots orgánicos y asumidos en su rol de choque sin ideas ni argumentos originales.

Formamos parte de un momento inigualable en la historia de la humanidad. Por primera vez, nuestra voz tiene un valor cuantificable pero fuera de la realidad, he ahí la trampa. El atentado de López Obrador contra la libertad de expresión, en principio consciente o no, no está en la prohibición informativa ni en la mordaza obligada, sino en la exacerbación discursiva generada por sus provocaciones a partir de ocurrencias que ponen en funcionamiento a las granjas partidistas de robots predictivos en los canales digitales, los cuales provocan la participación asimilada del pueblo en un debate sordo y sinfín, como lo dije antes. Bajo esta dinámica, nosotros mismos nos convertimos en censores mecánicos y expeditos que limitan el discurso crítico del pueblo y que a la vez nos limita. Defiendo para ser ofendido y ofendo para defender en ese estadio virtual del caos.

Jean-Jacques Rousseau declararía que la libertad [de expresión] consiste en no someter la voluntad de los demás a la nuestra, así pues, ¿por qué deseamos controlar e influir en el pensamiento de los otros? En ese universo digital al que pertenecemos por destino generacional se revive de manera sistemática el apartheid, el nazismo, los genocidios, las revoluciones y masacres, luchas por el poder, los movimientos feministas, los cánticos de ultraderecha, el despertar sexual, y en esas batallas exculpamos los errores humanos. Como buenos bots, al servicio de múltiples discursos masivos, trabajamos en generar desde las palabras, tanto el bienestar como una sacudida intelectual que no tiene valor alguno, pues en ambos casos la verdad no tiene cabida en la revolución incesante de tendencias momentáneas.

El ataque frontal y verdadero a la libertad de expresión del régimen en el poder no se da en las redes sociales, sino en la realidad donde la estocada debe ser de frente, en una confrontación con personajes de carne y hueso que expresan ideas que desnudan los discursos oficialistas. Tanto Loret de Mola, Trujillo, Krauze, Aguilar Camín, por mencionar a los más conocidos, son el ejemplo de aquello que el nuevo régimen necesita combatir, sin importar la ubicación geográfica donde se encuentren estos contestatarios. Sin duda, no metería las manos al fuego por ninguno de ellos, pero el valor que les brinda el presidente los coloca como los líderes de opinión mártires y peligrosos que la masa quiere escuchar.

¿Puede el presidente controlar la libertad de expresión? Si deposita el poder del Estado sobre algunos reaccionarios, puede minimizar los golpes a su presidencia. Hemos visto un corte en el flujo económico hacia los medios de comunicación tradicionales para tratar de mitigar o eliminar cualquier cuestionamiento a su gobierno. No obstante, lo que el presidente necesita, algo que no entiende por su gusto a los reflectores, es guardar silencio, calmar las aguas tanto en la realidad como en el estadio digital. Una solución un tanto obvia, pero su comportamiento lo ciega.

El aparato político del nuevo régimen teme en sí mismo a la democracia crítica y expresiva que lo llevó al poder. Es una contradicción divertida, una trampa de la cual no saben cómo escapar. ¿Cómo prohibir la libertad de expresión si gracias a ella se llegó al triunfo? ¿Cómo censurar sin ser autoritarios? Se debe permitir, en todo caso, que las aguas fluyan sin generar remolinos. Nuestro presidente controla la agenda pública de tal forma que desea, a pesar de su incapacidad, controlar ambos estadios del debate nacional. Desea ser juez y verdugo, dictar la nota diaria y en ocasiones lo logra. Sin embargo, el ruido que genera no es suficiente para opacar los pobres resultados de su gestión y juega a favor del aparato crítico que caza sus fallas.

El presidente ataca a la libertad de expresión con la mecánica de un bot que reacciona a un estímulo primario, que lee palabras claves pero no la totalidad del mensaje, pues no está interesado en la confrontación y el diálogo, sino en destruir de facto aquello que no lo beneficie. El ataque contra los medios nacionales de comunicación no impacta y no somete a los propios medios porque esa figura moral que condena es maleable, sin sentido de verdad ante los hechos. ¿Debemos preocuparnos por la libertad de expresión? Por supuesto, guardar silencio jamás es opción y se debe entender que la agresión es el resultado que genera la veracidad.

Mientras nosotros como sociedad continuemos comportándonos como robots predictivos, ayudamos a eliminar en sí misma la libertad de expresión. Es un hecho. Si en verdad, bajo el espíritu combativo se desea generar un cambio, inclusive digamos adiós a las marchas, invirtamos tiempo en buscar las fallas del Estado para buscar ese cambio que tanto se desea. Es tiempo de separarnos como sociedad de las redes predictivas del presidente, no sumemos a sus métricas.
 

[email protected]
Tw: @Cronografias
FB: @cronografiashinojosa

 

Comentarios