Justo me desperté el otro día con la noticia de que en un ranking de 170 ciudades, México quedó en el tercer lugar como la urbe más estresante del mundo. Información que pueden checar ustedes mismos en redes y que proviene de una famosa plataforma financiera internacional que evalúa periodicamente tendencias migratorias, calidad de vida, comportamiento social y movilidad.

Y precisamente, en el México de 2026, las redes sociales han dejado de ser simples canales de comunicación para convertirse en el termómetro de una patología colectiva que desborda las pantallas y se manifiesta con crudeza en las calles. Los que antes se percibían como incidentes aislados de neurosis, hoy se han transformado en un desfile incesante de figuras denominadas Lords y Ladys que, mes tras mes, protagonizan escenas de prepotencia, ira incontenible y un narcisismo patológico y clasista, del cual ni las “pepitas” ni el “chicharrón en salsa verde” se salvan.

Este fenómeno no es una anomalía estadística, sino el síntoma de una sociedad con la psique fracturada, donde la frustración acumulada encuentra en la exposición digital una válvula de escape tóxica. La violencia reactiva que observamos es el grito de una salud mental asfixiada por el estrés crónico y la ausencia de mecanismos institucionales de contención.

Esta degradación del tejido emocional se manifiesta en actos de una crueldad que desafía la lógica, como el perturbador caso de la mujer anciana que se dedicaba a envenenar y torturar perros en Coyoacán, revelando una desconexión total con la empatía y la vida misma.

Esta misma oscuridad se traslada al espacio público, donde los incidentes viales ya no se resuelven ni por policías o civiles mediante el diálogo, sino a través de golpizas brutales o, en casos extremos, mediante el uso de armas de fuego en plena vía pública, como ocurrió recientemente en el Periférico.

Cada uno de estos eventos es una prueba de que la ciudadanía vive en un estado de alerta permanente, donde cualquier fricción social detona una respuesta desproporcionada de ira y violencia. Todo ello aunado a noticias que son un verdadero primado negativo para la psique, como imágenes desgarradoras de guerra, feminicidios, el caso Epstein, el que se acuse a nuestro país de estar controlado por el narco y se prepare el escenario para una posible intervención… y a todo esto se añaden escenarios de inseguridad, como lo ocurrido en Jalisco o las desapariciones en el Ajusco.

Frente a este panorama de desolación emocional, el discurso de bienestar que circula en las plataformas digitales por parte de nuestro gobierno o por gurús de estilo gentrificador, resulta ingenuo y cínico. Mientras el gobierno canta que todo va viento en popa, los coachs y shamanes improvisados formulan constantemente soluciones elitistas que ignoran la realidad de la mayoría de los mexicanos. Sugerencias como “tomar vacaciones para desconectarse", practicar el minimalismo o la recomendación de "renunciar a trabajos tóxicos" para priorizar la paz mental, chocan de frente con una crisis laboral y económica sin precedentes.

Para la gran mayoría, el trabajo no es un espacio de autorrealización negociable, sino un mecanismo de supervivencia en un mercado de salarios estancados e inflación galopante. Renunciar no es un acto de amor propio, sino una condena al hambre, lo que genera un círculo vicioso de ansiedad y desesperación que no se cura con frases motivacionales. Tal es la precariedad laboral a la que hemos dado seguimiento en organismos institucionales como la Secretaría de Cultura con los trabajadores de Imcine y Cineteca o la cuenta de instagram @TerrorNegarRetrasarDeponer, a las cuales hoy se suman las protestas de los trabajadores del CNTE.

En ese panorama de verdadero caos anímico, de inseguridad, de violencia, de ansiedad laboral, de pocas expectativas a futuro, el acceso a la salud mental en México sigue siendo un privilegio de clase, inaccesible para la población general. El costo de una psicoterapia privada de entre 500 y 1500 pesos por sesión, es prohibitivo, lo que obliga a millones de personas a gestionar sus traumas y trastornos en soledad o en grupos de autoayuda, a menudo sin la mínima certificación.

Es aquí donde el Estado debe asumir su responsabilidad histórica de manera urgente. Es imperativo que el gobierno renueve y fortalezca de fondo los programas nacionales de salud mental pública para tratar específicamente la ansiedad y la depresión, que funcionan como los grandes detonantes de la violencia, la adicción y el aislamiento social que hoy padecemos.

Sin una intervención gubernamental que ofrezca tratamiento psicológico gratuito, digno y de alcance nacional, la salud emocional seguirá siendo un lujo que la mayoría no puede costear, condenando al país a una espiral de resentimiento, sobre todo si se lee que la fiesta de 15 años de la hija de un proveedor del gobierno costó 45 millones de pesos. ¿Cuántas terapias de la población se pudieron pagar con ese dinero?

La crisis de salud mental que vive hoy México, quizá la más grave de su historia, es un embudo lleno de cochambre del pasado donde convergen todas nuestras hondas heridas nacionales. Aunado a lo mencionado: precariedad laboral, inseguridad rampante, falta de oportunidades de crecimiento y un sistema de salud rebasado, se suma la adicción a los celulares y las redes sociales como forma de evasión, donde el escroleo se convierte en el verdadero maestro negro de muchos adolescentes.

No se puede pedir paz social a una población que vive con el sistema nervioso alterado por el miedo y la carencia. Nuestro gobierno debería entender que tratar la ansiedad y la depresión no es un asunto secundario, sino la base necesaria para reconstruir el tejido social. Mientras la atención psicológica no sea un derecho garantizado y accesible, seguiremos viendo cómo la ira y la frustración se apoderan de nuestras calles, recordándonos que un país que no cuida la mente de sus ciudadanos está destinado a vivir en un conflicto perpetuo… o peor aún, a ser un proyecto fallido de nación.

homerobazanuniversal@gmail.com

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