¿Videocámaras en las cocinas de restaurantes?

Homero Bazán

Aún recuerdo aquella noche hace unos años, cuando llevé a mi hijo Diego, entonces pequeño, a cenar al conocido Vips de las Antorchas, ubicado en Avenido Insurgentes, en la colonia Nápoles.

Eran poco más de las ocho, creo que era un lunes o martes y el lugar estaba semi vacío. Tardaron bastante en atendernos y al fin ordenamos, mi hijo se decidió por un espagueti a la bolognesa, platillo que siempre le ha encantado.

Después de traernos la orden, recibí una llamada importante y Diego comenzó a comer. Transcurrió aproximadamente 30 segundos y aún hablando por el celular percibí su expresión de rechazo y comenzó a escupir el bocado de espagueti en el mismo plato.

¡Sabe a jabón papi! fue el comentario de mi hijo, quien entonces tendría aproximadamente seis años de edad. Rápidamente me acerqué el plato y vi que la supuesta salsa de tomate estaba nadando en un líquido extraño, al acercarme para olerla percibí el inconfundible aroma del cloro.

Furioso llamé al gerente ¡habían servido un espagueti nadando en cloro a un niño de seis años! El individuo dejó de platicar con unas meseras y se acercó para tratar de calmar el asunto. Su primera reacción fue tratar de retirar el plato, como quien se deshace de la evidencia, pero no lo permití.

Luego, dijo que iba a ver que pasaba en cocina y mientras se alejaba, la mesera me dijo textualmente: “No sabe todo lo que hacen en cocina, se espantaría joven, debería de demandarlos, luego hasta nos echan la culpa a los que servimos”.

Era tal mi enojo que recuerdo que llamé a mi abogado y le conté toda la situación, le dije que aún tenía conmigo el plato con cloro, que mi hijo había estado a punto de ser envenenado y que afortunadamente escupió el bocado sin consumirlo.

Mi abogado y también amigo, me dijo que me calmara y realista como es, me explicó lo dificil que es ejercer una verdadera acción legal contra un restaurante y más de una cadena transnacional. Me dijo que a menos que Diego hubiera tenido que recibir primeros auxilios y hubiera llegado una ambulancia, se podría asentar ciertas pruebas, pero siempre se podría alegar algo preexistente, sobre todo si la evidencia fue consumida, e incluso en caso extremo la cadena me podía acusar de haber aplicado el cloro yo mismo al platillo para ejercer alguna suerte de chantaje.

¿Hay cámaras en el lugar? - me preguntó, a lo que respondí que sólo una lejana en el área de cajas – Ves, así es como se protejen, no puedes hacer seguimiento visual a un platillo que sale de cocina, tampoco nunca verás cámaras en las cocinas de estos establecimientos - agregó.

En aquel tiempo aún no era común que los celulares tuvieran cámaras de video, o eran sumamente básicas. Tampoco se hacía las denuncias en redes sociales al extremo de hoy en día.

El generente retornó pidiendo una disculpa sumamente nervioso y se ofreció a reemplazar los platilos sin costo. Lo miré como si fuera broma. ¿Quién en su sano juicio aceptaría algo más de una cocina donde pueden servir un espagueti con cloro a los clientes?

Años después sigo recordando ese día con enojo y curiosamente en este tiempo me he enterado de más casos por medio de charlas con conocidos e incluso por las cartas de algunos lectores.

Hay casos que sencillamente no se pueden creer y que me los ha narrado un amigo que trabajó en una cadena de restaurantes. Desde que usaran tortillas con moho para hacer los totopos para preparar chilaquiles, hasta que sacaran papas fritas de la basura para volverlas a freir y ponerlas en un plato.

“Nadie sabe lo que pasa en una cocina y curiosamente es el último lugar que se monitorea. Primero está la caja, luego las áreas comunes, pero los circuitos cerrados pocas veces son instalados en estos sitios que deberían ser vitales”, afirmó mi camarada, quien me confió que las famosas vengazas de escupir los platillos a los clientes se quedan cortas. “En verdad no sabes lo que se llegan a comer los clientes recurrentes y antipáticos, con esos se ensañan más”, afirmó.

Sorprendido de que no exista en nuestro país ni siquiera un proyecto de ley para instalar cámaras en las cocinas de los restaurantes, comencé a investigar sobre el tema.

Curiosamente me encontré con que en China el tema de la seguridad alimentaria enfocada al control de los negocios es de vital importancia y en la ciudad de Shangai se ha iniciado un programa piloto en el distrito de Minhang, donde se han instalado 1700 cámaras tanto en cocinas como en las entradas de proveedores de comida.

En esa zona donde viven más de dos millones y medio de personas, ha dado buenos resultados el velar por la salud de los consumidores, pues además las cámaras están conectadas a una computadora central con inteligencia artrificial que cuenta con reconocimiento facial para evitar que gente ajena a los negocios pueda llevar a cabo sabotajes empresariales, así como detectores de movimiento las 24 horas para asegurarse de que no existan plagas como ratas o cucarachas.

También descubrimos que son los pequeños empresarios los que instalan más cámras en las cocinas de sus establecimientos como una forma de asegurar que su personal cumpla con las reglas.

En 2013 la Profeco lanzó la aplicación Profeco 30 que permitía denunciar a restaurantes del corredor Insurgentes con una atención, según anunciaron, de 30 minutos o menos ¿que habrá sido de esa iniciativa y no sería buena idea reactivarla y extenderla a toda la ciudad y el país?

Mientras tanto, habría que investigar (aunque las cifras son inexistentes) las pérdidas anuales por las personas que caen enfermas por haber consumido alimentos en restaurantes con cero protocolos de seguridad alimentaria. Cuéntenos ¿cuál ha sido su peor experiencia con los alimentos de un restaurante?

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