Un médico en la trinchera

Homero Bazán

Nunca tuvo consultorio, pero dicen quienes lo conocieron que ni falta le hizo durante todos sus años de práctica médica en el Distrito Federal.  
Crescencio Trejo deambulaba con su maletín por Coyoacán, la del Valle, la Roma, la Condesa, Tacubaya, Juárez y la Tabacalera, para atender consultas, cual si la ciudad entera le quedara chica.  

Desde 1948, el teléfono para consultas a domicilio de este singular galeno estuvo disponible en anuncios elementales pegados en cafeterías, farmacias y otros locales, donde sus agradecidos pacientes promocionaban sus servicios.  

Cuentan que era bajito, un tanto calvo y con lentes tan gruesos que casi podían considerarse “de botella”. No obstante, su principal talento consistía en realizar los más acertados diagnósticos, mismos que sobrepasaban a menudo los terrenos de su oficio e incursionaban incluso en los de la mente y el alma.  

No había misión imposible para este galeno, quien, según testigos, tenía un instinto casi sobrenatural para saber la causa exacta de una dolencia, a veces con tan sólo realizar una revisión de rutina e interrogar a los parroquianos sobre sus hábitos.  

Desde el bebé que lloraba todo el día, hasta el abuelo con un severo dolor de espalda, encontraban un tratamiento rápido y efectivo por parte de don Crescencio, quien solía recurrir a numerosos y eficaces remedios caseros.  

Incluso, las llamadas enfermedades sicosomáticas eran rápidamente descubiertas por su ojo experto. A menudo sus recetas incluían frases como “Trate de distraerse y caminar todas las tardes por el parque o acuda a una función de cine de vez en cuando”.  

A aquel niño que fingía resfriados o dolores de estómago frecuentes para faltar a la escuela, y a quién ya había interrogado sobre sus problemas con los compañeros, le incluía un recado como: “Manuelito, ya no te dejes y faltes a clases por aquel gordinflón de Tercero B. Habla con la maestra o la directora, y si no funciona pues dale un patadón entre las piernas para que se aplaque”.  

De igual forma al adolescente que atormentaba a sus padres recluyéndose en su recámara sin comer, el buen doctor Trejo, tras su examen de rutina, le escribía: “Si te da vergüenza hablarle a esa chamacona tan asediada, recuerda que puedes escribirle una carta e incluso un poema. Verbo mata carita mi estimado Toño. Y cómete al menos unas quesadillas para que te llegue más rápido la inspiración”.  

Por muchos años el doctor Crescencio se convirtió en el consuelo de numerosas familias capitalinas, quienes encontraban sicólogo, consejero y especialista en un solo paquete. Algunos lectores dicen que atendió más de 500 partos y que incluso contradecía a los más renombrados médicos, salvando numerosas vidas.  

Así lo recuerda la lectora Irma González, cuya hermana, tras sufrir un accidente automovilístico del que salió supuestamente ilesa por usar el cinturón de seguridad, fue enviada irresponsablemente por los camilleros a su casa. Sería el buen doctor el que afirmaría que muchas veces los cinturones dejan lesiones internas e insistió en que fuera atendida y revisada en la clínica. Y efectivamente encontraron una hemorragia casi imperceptible que le hubiese costado la vida.  

“La medicina, más que una ciencia es un arte en el que hay que ser un poco detective, un poco descifrador de signos, pero sobre todo un buen escucha”, afirmaría alguna vez el doctor Crescencio Trejo, quien falleció en 1974, dejando un admirable legado de servicio a cientos de agradecidos capitalinos. 
 

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Twitter: @homerobazan40 

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