Quizá por solidaridad hacia sus compadres del reino animal, los perros eran los eternos perseguidores de aquellos vendedores de pieles de chivo y borrego que desde el siglo XIX recorrían los barrios de la capital ofreciendo el cobijo para los crudos inviernos.

Sólo era cuestión de pararse en una esquina y esperar a escuchar el ladrido insistente de los indignados canes, para saber que uno de estos comerciantes se acercaba con sus bultos de mercancía bien curtida y cepillada.

Aunque hoy, junto con las corridas de toros, casi son consideradas mercancías políticamente incorrectas, en aquellos tiempos en que la industria textil nacional y las escasas importaciones ofrecían a los capitalinos una pobre variedad para confeccionar sus prendas para las épocas de frío, las pieles de chivo eran tan apreciadas como un abrigo de marinero o un capote de doble forro de los que usaban los guardias de las garitas.

Aunque al igual que a otros comerciantes como los petateros o los merceros se les podía encontrar en mercados tradicionales como El Parián o en la Plaza del Volador, la ventaja de los vendedores de pieles era que no debían seguir rutas establecidas, por el contrario, más valía establecerse afuera de alguna tienda de barrio o en las esquinas llamativas de las avenidas para que los clientes supieran a donde acudir cuando el frío les calara los huesos.

Por lo general el costo de una buena pieza de borrego o chivo dependía del tamaño y de lo pachona que estuviera. El precio estandar era de 15 reales y podía subir o bajar de acuerdo al regateo o al trueque con el vendedor.

Cuentan las crónicas que estos vendedores, quienes por lo general no rendían cuentas a nadie y debían llevar provisiones a sus familias, eran de los pocos que a mediados del siglo XIX conservaban la tradición del intercambio de mercancías y no dudaban en ceder una piel a cambio de un costal de arroz o frijol, algunos trastos para cocinar, herramientas, o en su defecto, un cochinito de pulque o aguardiente para revenderlo entre los compadres de su comunidad.

Una forma de incrementar las ventas y que muy pronto sería adoptada por la mayoría de los comerciantes de pieles, consistía en ganarse la amistad de los chalanes de los locales o puestos instalado en las esquinas estratégicas de un barrio y extender sus piezas de borrego (igual que hoy en día) en un par de postes a la vista de los paisanos. De esa forma se captaban a muchos clientes potenciales y las ventas llegaban solitas sin necesidad de andar errantes.

-¡Primitivo, deja de dormir la mona! Ahí en la esquina de Legaria una señora copetuda y con carruaje anda preguntando por una pieza de chivo pinto.

-En lo que me quito las lagañas adelántate Chipilin y entretenla lo más que puedas, dile que ahí le llevo también unas de borrego peinado bien linajudo.

Bastaba con vender dos o tres piezas diarias para hacer feliz a un vendedor de pieles; sin embargo, en épocas de calor la venta era escasa y algunos debían sobrevivir de trueques con algún tendero visionario que quisiera invertir para hacer su agosto en invierno.

No obstante, cuando la fría estación llegaba y hacía tiritar con sus caricias a los capitalinos, las pieles eran disputadas en cada esquina y la demanda permitía subir hasta por dos reales el precio normal.

Ya ni hablar de las ganancias de aquellos compadres que confeccionaban chalecos y abrigos de borrego para niños y adultos, lograban sacarle el triple de ganancias a una sola piel y además los clientes no escaseaban durante todo el año.

En un poema publicado por una gacetilla de esa época y que a todas miras alude a algún personaje político puede leerse: “De borrego se viste y de chivo presume la astucia, más le valdría saber que se asemeja al vendedor de pieles y que al lucrar con la lana ajena, corre el riesgo de que se le acaben las bestias”... escoja usted al funcionario en turno al que podría quedarle el saco, creo que no nos alcanzan los dedos de las manos y los pies.

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