El pan sobre ruedas

Homero Bazán

Los panaderos más veteranos se atrevían a montar la bicicleta y retar por costumbre al tráfico y a la suerte con la canasta de mimbre en la cabeza. Muchos de los comerciantes cuyas tiendas, cafés y restaurantes eran surtidos todos los días por humeantes teleras, conchas, cuernitos, panqués, ladrillos de piloncillo y cualquier otra variedad popular, se habrían sorprendido si hubiesen sabido el largo peregrinar por el que cada canasta de pan tenía que pasar todos los días.

Entre coches y camiones, por calles, avenidas y hasta por esos recién inaugurados ejes viales, los panaderos y sus chalanes arriesgaban diariamente la vida y ofrecían con sus bicicletas un espectáculo digno de los mejores malabaristas de los circos famosos.
Mire mamá, ese señor nunca tira la canasta, hasta parece que la trae pegada a la cholla con chapopote... yo quiero ser como él cuando sea grande.

¡Cállese niño! Usté va a ser un licenciado que gane hartos centavos y cuidadito con andar admirando al chango ese.

Todas las mañanas, las entregas se dividían por estrictos y puntuales horarios. La primera tanda de pan era para los restaurantes y cafés que ofrecían desayunos; como a eso de las nueve de la mañana, seguían las tiendas de barrio y los pequeños puestos de cafetines. A mediodía, se despachaban los pedidos especiales de restaurantes de abolengo que ofrecían menús a partir de la una de la tarde. Toda esta tradición se inició a principios del siglo XX, y en el caso de algunos comercios con mucha historia, desde finales del siglo XIX, aunque claro, antes la carretilla de madera suplía a las ruedas y pedales.

Aún es un misterio quien fue el primer panadero en imponer la tradición de transportar la canasta sobre la cabeza, pero lo cierto es que la costumbre se inició a pie, emulando a los vendedores de provincia, quienes podían equilibrar por varios kilómetros sus ollas de leche y charolas de dulces típicos.

Por supuesto este era un arte que no se aprendía de la noche a la mañana. Igual que en esos manuales de elegancia donde con un libro en la cabeza se enseñaba a las señoritas a caminar con propiedad, los panaderos principiantes comenzaban con pequeñas entregas, siempre sosteniendo con una mano la canasta.

Progresivamente se iba aumentando la carga, hasta que el aprendiz aprendía a guardar tanto el equilibrio que ya sólo medio acariciaba el mimbre. Si durante un buen tiempo no había accidentes, el mismo chalán se atrevía finalmente a desfilar sin manos, mostrando con orgullo a los parroquianos su control y eficiencia. El paso final y mismo que sólo los veteranos se atrevían a dar, consistía en montar la bicicleta y retar por costumbre al tráfico y a la suerte.

Algún cronista con aires de poeta publicó en los años 40 un artículo donde se preguntaba: ¿En qué piensan esos hombres cuando entre el bullicio citadino, se abren camino para entregarnos el pan nuestro de cada día? Con el tiempo, estos trabajadores cobraron en la mente de los capitalinos, una imagen de tradición y folclor, al mismo tiempo que despertaban una fascinación que en opinión de otro cronista de los años 50, "Revive por unos instantes al niño escondido en nuestro interior, aquel que todavía se maravilla por pequeños trucos, no importa si el objeto es una simple canasta de pan, igual que infantes nos preguntamos ¿por qué no se cae? Quizá de niños soñamos con hacer algo igual y por ello de adultos, agradecemos a estos panaderos que al transitar por una esquina o cruzar una calle, despierten como en un breve respiro nuestra más inocente capacidad de asombro”.

 

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Twitter: @homerobazan40

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