El bullicio que regresará

Homero Bazán

Escuché la otra vez que esta pandemia y sobre todo, el semáforo rojo, nos hace extrañar los bullicios... las carcajadas en una sala de cine llena... la música a todo volumen en una fiesta... hasta las boces entrecruzadas y las ofertas en voz alta de los mercados.

Leí una crónica sobre el mercado de San Cosme y la manera como se describía su ambiente. Nada más nostálgico cuando hoy los comercios no esenciales están cerrados, los que abrieron lucen vacíos, un final decembrino sin el bullicio acostumbrado y donde fingir normalidad resulta desconsiderado, sobre todo frente a aquellos que no pueden celebrar con sus seres queridos o los perdieron fatídicamente este año.

Pero regresemos al bullicio... al dulce bullicio... aunque era considerado un predio relativamente nuevo, por haber comenzado casi a la par del siglo, muy pronto el mercado de San Cosme ganó fama por sus inusuales modalidades de venta, así como por los precios bajos que marcaban el estándar para otros lugares de comercio como La Lagunilla, 2 de abril y Martínez de la Torre.

Para esos parroquianos que durante todo el año vivían carencias económicas, San Cosme se convirtió en la mejor opción para estirar el dinero durante diciembre y comprar todo lo necesario para su cena navideña a un precio bastante bajo.

Construido por el legendario ingeniero Miguel Ángel de Quevedo e inaugurado el 26 de noviembre de 1902, este mercado se manejaba a base de cooperativas y acuerdos con los productores, quienes proveían directamente las mercancías sin la "mano negra" de los intermediarios. Se dice incluso que algunos ranchos distribuían de la misma forma sus productos, lo cual permitía ofrecer los precios más bajos e incluso influir al estilo mexicano en la especulación del incipiente "mercado de futuros" de esos años.

Sin embargo, tenía su chiste comprar barato, pues las ofertas eran para quienes las ganaban, así lo comentaba una nota periodística de la época, que narraba el diario peregrinar de los comerciantes del primer cuadro desde altas horas de la madrugada para alcanzar los "precios de salida", así como la venta informal en los carretones de los productores, quienes rumbo al estanquillo del cliente solían descargar algunos kilos de frutas y verduras por debajo del agua.

Pero no sólo madrugando se podía comprar barato, cada puesto variaba sus ofertas según el distribuidor y los conectes con las rancherías. Debido a que las leyes para el estándar de precios aún estaban en pañales, increíblemente el mismo kilo de tejocotes o romeritos podía bajar hasta en 30 ó 40 por ciento con sólo recorrer unos pasos más. Incluso, el despachador que a las 10 de la mañana había vendido a 5 centavos el kilo de caña, para eso de las tres, la remataba a la mitad, nomás para hacer rabiar al compadre de junto que le caía gordo.

Al llegar la víspera de Navidad, San Cosme se convertía en un hervidero de tal magnitud, que la mayoría de los paisanos cargaban sus canastas en la cabeza para abrirse paso entre los remolinos humanos, que no dejaban ni un solo espacio libre.

Precisamente de esa imagen, se popularizó una tonadilla que rezaba: "En San Cosme no hay de otra, no hay tino ni encamorre, canastas para arriba, canastas para abajo, el mole y el tomillo, la lima y la guayaba se van a apachurrar".

Pero al final, los apretujones y empujones valían la pena, sobre todo para los obreros que lograban financiar su cena del 24 de diciembre con una tercera parte de lo normal, y hasta les sobraba para regalos y algunas botellas de alipuz.

Muy pronto, el mercado se convirtió en uno de los predios principales para quienes se surtían al mayoreo. Diariamente, las doñas de las fondas, los tenderos, así como los cocineros de hospicios, escuelas y cuarteles llegaban por varios costales de mercancía; esto propició un buen negocio para los carretoneros, quienes, según la distancia, cobraban entre uno y tres reales por acarrear los bultos.

Con el tiempo, los mismos marchantes contrataron a sus propios ayudantes y establecieron el sistema de entregas para sus clientes de confianza, y hasta les apartaban los jitomates más maduros y la fruta sin mallugar.

Aquel sistema de colocar precios a ojo de buen cubero permanecería por algún tiempo más, hasta que el gobernador del Distrito Federal, Ramón Corral, fue presionado por algunos empresarios del grupo porfiriano, cuyos negocios surtían a otros mercados, y tuvo que instaurar la modalidad de los verificadores de precios, mismos que en menos que canta un gallo dieron lugar a las mafias de comerciantes que hasta hoy padecemos.

Hace un tiempo alguien nos hizo saber sus sospechas sobre el control de precios que las autoridades realizan en algunos mercados de la CDMX. Afirmaba que en muchos de ellos, como el ubicado en avenida Coyoacán y Adolfo Prieto, en la colonia del Valle, se ofrecían durante todo el año los productos más caros que en las tiendas de autoservicio, y ya ni se diga en época navideña. Sin embargo hoy se extraña ese bullicio, esos ambientes saturados... siguen estando ahí, si, pero son condenados por su irresponsabilidad... los ecos de ese mercado de San Cosme se empalman con el bullicio del futuro, ese que regresará... con tiempos mejores.

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Twitter: @homerobazan40

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