El agio sobre ruedas

Homero Bazán

Desde que las cuatro ruedas se convirtieron en el mejor símbolo para mostrar estatus, muchos empeñados en borrar o maquillar su realidad de penurias económicas comenzaron a hacer hasta lo imposible con tal de hacerse de un vehículo propio.
Sólo era cuestión de buscar en el periódico, en los pizarrones de anuncios, para encontrar algún automóvil de buen ver y que a ojo de buen cubero tuviera un motor que no sonara como matraca.
Aunque en los años 40 el negocio de los carritos usados se había iniciado con buenos dividendos, sería hasta mediados de los 50 cuando la maquinaria para lucrar con los motores de segunda mano alcanzaría el grado de transa y sofisticación que aún hoy se mantiene como estándar.
Si había que hacer un trato entre particulares no había mayor problema, a lo mucho hacerse acompañar por el compadre mecánico y patear las llantas para verificar que la carcacha no se desarmara. Pero pobres de aquellos que caían en las garras de alguna de las mafias de vendedores y compradores que se anunciaban en los clasificados y ofrecían “pagar por su auto mejor que nadie”, o bien, “dar el precio más bajo del mercado”.
Un despacho ubicado en la calle de Motolinía sería uno de los primeros en incursionar en el negocio de ofrecer a las familias necesitadas un precio de risa por su automóvil, para después revenderlo al triple bajo la modalidad de las famosas letras.
La trampa consistía en ofrecer a los incautos un enganche mínimo y cómodas mensualidades que iban de los 150 a los 500 pesos. Además de prometerles con mucha labia que su vida cambiaría y que las chamaconas los pelearían una vez que abordaran aquella máquina de prosperidad.
Pero cuando pasaba la emoción del estreno y el susodicho tenía que apretarse el cinturón para cubrir las mensualidades, finalmente se le ocurría sacar con lápiz y papel el saldo total de su deuda, sólo para descubrir que iba a terminar pagando lo mismo por un usado que por un coche nuevo comprado al contado... y lo peor, cuando terminara de cubrir el paquetón su armatoste estaría devaluado por debajo de 50%.
En 1957 un artículo publicado en este mismo diario denunciaba los abusos de algunos negocios de compra-venta de autos, los cuales ofrecían hasta 60% menos del valor del vehículo y lo revendían con ganancias del 300%. En algunos casos se les daba a las unidades la famosa “relojeada” que consistía en ajustar superficialmente el motor, bajar el kilometraje y ocultar desperfectos en la carrocería con martillo y pintura corriente.
Ya desde entonces, la modalidad de dar a cuenta el coche familiar por otro modelo más reciente era también terreno fértil para los abusos. Un columnista dio a conocer algunos párrafos de los famosos manuales de operaciones para vendedores de seminuevos que ya desde entonces circulaban por los distintos lotes y agencias. Es de destacar una de las principales frases de adiestramiento: “Nunca ceda ante ofertas menores, el negocio de los autos se basa en evitar el regateo; recuerde, usted tiene una posición de poder ante el cliente”. Y siguiendo fielmente el manual, muchos de estos changos basaban cada trato en degradar el coche que era candidato a ser cambiado, buscando detalles ínfimos para bajar su valor, y enalteciendo por otra parte el auto nuevo, casi digno de transportar a Dios padre cuando bajara a salvar a los justos.
Años después, el negocio de los seminuevos adquiriría mayor sofisticación. Muchos mafiosos dueños de lotes abrirían oficinas de préstamos que pedían vehículos en garantía; esto no era (y sigue siendo) más que una trampa para captar ingenuos que prácticamente eran asaltados con contratos leoninos.
Hoy es común ver letreros que ofrecen préstamos inmediatos a cambio del automóvil. Numerosos lectores narran amargas experiencias con estos centros que operan sin ningún control. Algunos han sufrido emergencias a causa de la salud de algún familiar y se han visto obligados a dejar en prenda vehículos en buen estado por préstamos que no cubren ni 25% de su valor. Lo peor es que los intereses por pagar tienen tasas altísimas y en caso de atraso se suma una penalización a la deuda total. En pocas palabras, las lagunas legales que por ignorancia o dolo han dejado los funcionarios han hecho del agio-automotriz el negocio más lucrativo desde la invención de la tenencia, el reemplacamiento y la verificación. 
No obstante en pleno 2021, empresas como Kavak son consideradas unicornios financieros por revolucionar la compra de un auto usado. Nuestra obsesión por los autos sigue y sigue.
 

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