¿Qué nos dicen hoy los miles de niños mexicanos que no han regresado a sus hogares? Esta pregunta, que resuena con más fuerza en este fatídico inicio de 2026, cobra una relevancia dolorosa cuando las cifras del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas nos arrojan a la cara una realidad insoportable: en México existen hoy casi 20,000 niños, niñas y adolescentes desaparecidos.
Sólo en el Estado de México, la alerta es constante; apenas en este mes de marzo, la Alerta Amber ha emitido decenas de fichas que se acumulan en los muros digitales, con picos de hasta siete desapariciones en menos de 48 horas. Esta crisis no es nueva, es una herida que supura desde hace décadas y que me transporta inevitablemente a mi propia historia.
Hace unos cinco años, publiqué algunos recuerdos de aquella terrible experiencia cuando con escasos nueve años casi fui secuestrado por un par de robachicos a escasos metros de mi casa, ubicada en ese entonces en la colonia Narvarte, en la ciudad de México.
Corrían los años ochenta, eran tiempos donde, según se dice, los niños conocieron el último estertor de lo que significaba jugar en la calle, pintar una carreterita en el suelo y deslizar carritos metálicos, organizar un partido de futbol o beisbol y hasta dedicar horas al juego de las escondidillas o el bote pateado.
Era una tarde como cualquiera, yo vivía en la casa con el número 963 de Avenida Vértiz y me reuní con mis amigos Luis y Chavín, afuera del 967… como mencioné, a escasos metros de mi casa. Recuerdo que jugábamos a las canicas, cuando de pronto se detuvo frente a nosotros un taxi Volkswagen amarillo, bastante viejo y un sujeto obeso, de unos 40 años, con cabello lacio, gafas de botella y chamarra beige se nos quedó viendo por un instante desde el lado del pasajero. Yo era el que me encontraba más cerca del automóvil y el sujeto exclamó (lo recuerdo claramente): —Oye niño ven ¿sabes dónde queda la calle de Cumbres de Maltrata?
Inocentemente, mi primera reacción fue acercarme hacia la ventanilla. Todo pasó en cuestión de segundos, como en cámara lenta. Mientras daba el primer paso, el conductor del taxi, un sujeto delgado, de más de 35, con cabello negro y largo, que vestía pantalón de mezclilla, chamarra azul y botas vaqueras cafés, se bajó con un trapo en la mano (seguramente con cloroformo) y esperó en la parte trasera del vocho a que yo me acercara más.
Mil veces he revivido ese día y todo hubiera tenido un único desenlace, quizá el mismo que vivieron otros niños menos afortunados que yo frente a esos monstruos. Al acercarme más, el chofer, el flaco, me hubiera puesto el trapo en la boca y nariz mientras su cómplice, el gordo, abría la puerta y me arrinconaba agachado en el espacio sin asiento que tenían todos los taxis Volkswagen en esa época. El chofer hubiera subido y arrancado rápidamente y mis amigos quizá habrían corrido para tomar las placas, pero lo más seguro es que fueran robadas.
Sin embargo ese día tuve un ángel de la guarda, mi amigo Luis Antonio Fernández Raso, quien, desconfiado como era, me jaló del brazo y exclamó: ¡No vayas! En ese momento nos echamos a correr los tres y el chofer flaco nos persiguió por unos metros, seguido del gordo quien también bajó rápidamente para tratar de atraparnos. Nos metimos a toda velocidad a la tienda del papá de mi amigo Chavín, que en ese tiempo se encontraba justo en la esquina de Vértiz y Concepción Beistegui y desde ahí vimos cómo los dos sujetos regresaron corriendo al vehículo y arrancaron a toda velocidad.
Ahora, a la vuelta de los años, me doy cuenta de que aquella tarde de los años ochenta estuve a escaso metro y medio de desaparecer para siempre, víctima de un par de pederastas, quizá traficantes de órganos o cualquier aberración que uno ni siquiera puede imaginar. Mi amigo Luis y su bendita desconfianza me salvaron de los robachicos del taxi amarillo. Nos seguimos viendo por cuatro o cinco años más, hasta que nos mudamos de la colonia. Nunca le agradecí apropiadamente, para nosotros había sido la aventura de un día más, pero hoy, como adulto y padre de dos hijos, comprendo el gran regalo que me dio mi amigo Luis Antonio Fernández Raso con su jalón de brazo y sus palabras: ¡No vayas!
¿Cuántos niños en esa época, quizá en la misma colonia y en años posteriores en otros lugares, no tuvieron la suerte de contar con alguien que los despabilara así? Los monstruos siempre están al acecho, no descansan. Curioso, esa misma noche de los años 80, después del susto, el grupo de amigos de entre 8 y 10 años volvimos a salir a la calle como a las siete de la noche, jugábamos futbol a la vuelta, afuera del edificio ubicado en el 1755 de Concepción Beistegui… pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando volvimos a ver al taxi amarillo y a los robachicos patrullando la calle. Volvimos a correr y los susodichos arrancaron a toda velocidad.
¿Cuántos niños habrán desaparecido en los años ochenta, secuestrados a bordo de ese taxi viejo? Si alguien tuvo una experiencia similar en los años ochenta o se topó con ese par (El gordo de lentes y el flaco de botas) del Vocho amarillo en la colonia Narvarte y circundantes, sería bueno que nos escribieran para atar pistas.
Hoy, en 2026, la tecnología ha avanzado pero la protección ha menguado. Sorprende que existan numerosos esfuerzos por parte de la sociedad civil para tratar de hacer frente a esto, como la Fundación Nacional de Investigación de Niños Robados y Desaparecidos, pero sigue sin existir de manera oficial una división policíaca especializada en el tema. El uso de redes sociales ha diversificado las modalidades de abordaje a niñas, niños y adolescentes, y el riesgo que corren ahora está dentro de sus propios dispositivos. Childfund México es otra de las organizaciones civiles que está luchando para promover leyes que tipifiquen este delito.
Ante esta falta de protocolos, la Alerta Amber se erige como el único medio al que se canalizan las fotos, pero ha suscitado críticas feroces porque se basa solo en la ayuda externa sin un protocolo táctico para localizar al menor. Mientras en otros países las primeras cinco o diez horas son cruciales, aquí la burocracia sigue asfixiando las posibilidades de regreso.
Con el presupuesto para la niñez estancado y la violencia escalando, cabe preguntarse qué nos dicen hoy los miles de niños que, a diferencia de mí, no tuvieron un Luis Antonio que les jalara el brazo a tiempo. El valor de una sociedad se mide por la seguridad de sus niños, y según los datos actuales de REDIM y el RNPDNO, el veredicto para nuestro país sigue siendo desolador.
homerobazanuniversal@gmail.com
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

