Recorren el mundo las imágenes impecables, dignas de las mejores producciones cinematográficas, del traslado de cientos de presos al nuevo gran penal construido por el presidente de El Salvador. Rapados, cubiertos apenas con pantaloncillo blanco y descalzos, avanzan empujados por guardias uniformados que los apuran y los cuentan como animales sometidos, que no pueden siquiera levantar la cabeza.
Las cámaras captan la llegada al Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), muestran sus rostros duros, sus cuerpos tatuados. Cuanta “fealdad” por todos lados, parecen ser el mismo humano multiplicado como virus peligroso, son desecho que hay que tirar, borrar, eliminar.
No hay nombres, no hay historias. Son presentados como encarnación del terror, sin padre ni madre, sin hijos o hijas, sin hermanos, han perdido su calidad de prójimos y son presentados como un peligro que aniquilar. Son los primeros dos mil de los 40 mil que puede contener el CECOT, pero hay más porque suman 64 mil los detenidos bajo el estado de excepción decretado por Bukele.
Las medidas del joven presidente dan resultados inmediatos: las muertes violentas caen en picada y la sociedad celebra lo que supone es tener “paz”. Pero no es la paz por la que tantos y tantas dieron sus vidas hace unas décadas en El Salvador, esa paz que quizá no logró imponer la democracia ni el derecho, ni siquiera el martirio de quienes trabajaron por ella, como Monseñor Romero, Rutilio Grande y los jesuitas asesinados.
Los comentarios que despiertan estos vídeos son de celebración, gente buena y querida aplaude la decisión y fuerza con que actúa el decidido Bukele, quien sin titubeos pone en la basura lo feo, lo malo, lo indeseable, para que podamos dormir tranquilos.
Pero no hay tranquilidad queridos lectores, porque con esa medida se pone en “la basura” el derecho, la seguridad y aspectos antropológicos fundamentales, como la relación, la libertad, la responsabilidad, la esperanza y la conversión; se pone en la basura la ética de ellos y de nosotros.
Al perder todos estos hombres su categoría de prójimos, adormecemos nuestra responsabilidad con el narcótico de una falsa paz, que ignora las causas y los efectos de lo que estamos presenciando. Queda cancelada la idea de redención, de conversión, de esperanza.
Para este momento mis letras se estarán clavando como dardos en el hígado de algunos de ustedes. Soy cristiano y creo que Dios, al mirar el mal del mundo, al mirarnos enredados en nuestras propias iniquidades e injusticias, generando destrucción y muerte, no decidió borrarnos como basura, sino que apostó por redimirlo todo, en un presente continuo, que comenzó con la Encarnación. Dios quiso ante el mal, ser con nosotros, mostrando que el camino nunca será fácil e incluye incluso el propio sacrificio, la esperanza y el compromiso.
Sé también que la auténtica paz no se funda en la ingenuidad y el solapamiento, que pueden ser irresponsables y culposos. La paz, es artesanal, nos lo dice el Papa Francisco en su encíclica Fratelli Tutti. La paz reclama de nosotros trabajo duro y constante, y creatividad, diálogo, sabiduría y compromiso permanente. La paz no nos pide renunciar ni a la seguridad ni a la justicia, pero tampoco a la dignidad humana, ni mucho menos al vínculo.
Esos hombres, rapados y desnudos, son nuestros hermanos y desvincularnos de ellos nos hace menos humanos, nos coloca en gran riesgo ante el poder sin límites que prefiere soluciones cosméticas, “limpiezas”, para acumular más poder. Y sobre todo, nos coloca ante la anulación del derecho y la justicia, esa que busca ajustar y no ajusticiar, que aplica la ley sin violentar los derechos humanos, esa que es indispensable para llegar a la paz.
Las imágenes, que con tanto júbilo ha difundido Bukele, muestran un atajo tan eficaz como falso, peligroso y muy costoso. La cárcel de Bukele es un monumento vivo al fracaso como humanidad.
Ojalá seamos capaces de tener una mirada alta, ética, que nos permita exigir a nuestros líderes políticos estar a la altura del desafío, que cada una y cada uno de nosotros se comprometa y responda a la llamada para construir, que denuncie la barbarie que pretende presentarse como opción para conseguir la tan postergada justicia y la tan ansiada paz.
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@hernan_quezada.
Asistente de Formación de @jesuitas_mexico.





