La cada vez más plausible candidatura de Xóchitl Gálvez es la idea más inteligente que hasta ahora ha surgido de nuestra errática oposición. Estamos ante un perfil que probablemente no hubieran dejado llegar a donde hoy está, de no ser porque el llamado Frente Amplio por México carece de otra cara competitiva y a la vez presentable.

Hay que reconocer que no se trata de una mala candidatura: es un buen perfil dentro del limitado menú de opciones existentes. Xóchitl tiene calle, frescura, autenticidad, carisma, no es fácilmente asimilable a la clase política tradicional, cae bien y puede capturar el voto de cierta clase media desencantada con AMLO.

Por momentos podría fintar con la capacidad de rebasar por izquierda, particularmente al defender una agenda progresista en temas sociales, ambientales, etc. (aunque no necesariamente en lo económico).

La 4T hubiese estado infinitamente más cómoda de enfrentar en 2024 a una caricatura folclórica de la oposición, como Lily Téllez, que tan sólo hubiese apelado a representar a los odiadores del gobierno actual.

La posible candidatura de Xóchitl, sin embargo, no solo vuelve un poco menos predecible el resultado, también desafía a un oficialismo que ya no podría sentirse tan cómodo y seguro.

Discutir si Xóchitl es o no indígena, si es o no pueblo o si fue o no troskista en su juventud es un tanto inútil. La historia de este personaje no es una invención repentina para convertirse en la abanderada del Frente Amplio por México. Distorsionada o no, es la que ella ha contado tiempo atrás.

Para contrarrestar el efecto X la 4T debe ir más allá de una discusión identitaria en torno a una persona. Dos son los temas de fondo que en 2024 habría que enfrentar: el primero es el paquete que acompaña a Gálvez, lo que está detrás de ella (sin machismos de ningún tipo, pues lo mismo debiéramos cuestionar si fuese un hombre).

Es reduccionista pensar que Claudio X. González –que en las fantasías del presidente controla a la totalidad de la oposición—imaginó e impulsó solo la candidatura de Gálvez. Sin embargo, es evidente que el sustento de esta candidatura no está solo en un grupo de ciudadanos que de pronto se volvieron xochitllovers.

Sin restarle méritos personales, esta es la candidatura que más conviene al empresariado anti-4T y a las cúpulas partidistas. Xóchitl, en ese sentido, es su única y posible cara decente, pero también el vehículo a través del cual se colarían al Congreso un conjunto de personajes indecentes vinculados al antiguo régimen.

Para comprobarlo, basta con preguntarle con quién gobernaría en caso de llegar al Congreso. Su respuesta –“con los más capaces y los mejores” (o “sin pendejos, huevones ni rateros”)— ya la vivimos en tiempos de Fox. Y así nos fue.

Para enfrentar el efecto X habría que polemizar con sus ideas echeleganistas, su planteamiento de que la división entre izquierdas y derechas es irrelevante, que los apoyos sociales deben ser “temporales” o que los incrementos al salario mínimo no son resultado de una política pública, sino mérito de los empresarios que lo pagan, por dar solo algunos ejemplos.

La irrupción de Xóchitl Gálvez en el escenario sucesorio plantea un desafío interesante que coloca a la 4T ante la necesidad de afinar su agenda, defender sus avances con más y mejores argumentos y, probablemente, correrse más a la izquierda para diferenciarse. Al final, no es una mala noticia y hará del proceso electoral del año próximo algo más interesante de lo que hasta ahora se vislumbraba.

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