Es cierto que, sin cuota de género, Clara Brugada no se convertiría en la coordinadora de los comités de defensa de la 4T en la CDMX, como tampoco otras candidatas en sus estados. Ello, sin embargo, no demerita el triunfo de la exalcaldesa de Iztapalapa, la cual resultó ser la mujer más competitiva de entre las candidatas de Morena a las nueve gubernaturas, con una intención de voto del 26.7%.

En más de un sentido, el resultado de Brugada es sorprendente. La futura candidata a jefa de gobierno remó a contracorriente, logrando un avance sorprendente, pese a que no jugó de su lado el poder del dinero, ni era la primera opción de Claudia Sheinbaum. A la exalcaldesa de Iztapalapa no le ayudaron ni los grandes capitales, ni los medios de comunicación, ni funcionarios del gobierno de la Ciudad, ni las estructuras sindicales del gobierno capitalino.

Pésele a quien le pese, este resultado es producto de una movilización social activa y real, como probablemente no exista en ninguna de las otras entidades federativas en las que se disputó la elección. Es también una prueba fehaciente y esperanzadora de que la izquierda existe y no está dormida.

Como pocas veces, vimos en estas semanas la emergencia de una conciencia crítica de voces independientes que se articularon por fuera de la estructura partidista, para rechazar una candidatura que muchos consideraban ajena y hasta agraviante. Parafraseando a Borges, más que el amor los unía el espanto.

Pero esa misma conciencia crítica también fue capaz de decir alto y claro que, si alguien tenía y tiene derecho a ser jefa de gobierno de la Ciudad de México, era y es Clara Brugada, tanto por su trabajo desde abajo durante muchos años, como por su experiencia de gobierno.

El clímax del fenómeno Brugada tuvo lugar durante el acto del 9 de noviembre, cuando en una Arena México abarrotada Sheinbaum llamaba a la militancia del partido a mantener la unidad del movimiento, mientras la gente enardecida tan solo repetía “Clara ya ganó”. Ese entusiasmo desbordante dijo más que mil palabras.

Discrepo de esos opositores que afirman que este fue un momento humillante para Sheinbaum, tanto como de quienes aseveran que el triunfo de Brugada es una muestra de debilidad del liderazgo de la exjefa de gobierno.

Hay que recordar que los mismos opositores que ayer decían que la candidatura de Clara era promovida por una secta de “radicales”, hoy promueven el nado sincronizado de que Brugada es la candidata de AMLO y este la impuso contra la voluntad y lo deseos de Sheinbaum.

Eso es falso. Clara siempre ha sido apreciada por la ex jefa de gobierno (quien ha dicho que la considera una de las mejores alcaldesas del país) y su candidatura siempre estuvo entre sus opciones para la línea sucesoria. De hecho, Sheinbaum invirtió en Iztapalapa más que en ninguna otra demarcación.

En algún momento, sin embargo, un grupo de colaboradores (pensando más en sus propios intereses) le vendió a la ex jefa de gobierno la falsa idea de que, si Harfuch no era el candidato, Morena perdería la Ciudad de México.

Hay varias lecciones que el movimiento debieran derivar de todo esto. Conciliar intereses y asegurar la gobernabilidad no es tarea fácil. Sin embargo, aunque es importante estar en buenos términos con el sector empresarial y ciertos grupos de poder, no se puede pasar por encima de las bases, menospreciar su trabajo o imponer sobre ellas una relación de mando y obediencia. La lógica debe ser otra.

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