En el ambiente cultural de Caracas se ha percibido un cambio de clima: no porque los teatros hayan reabierto de inmediato o los museos hayan recuperado, de pronto, lo perdido, sino porque vuelve a ser imaginable planear a mediano plazo. Para el sector cultural, esa diferencia es decisiva: la creación necesita continuidad, condiciones mínimas y una conversación pública que no reduzca el arte a un simple instrumento de coyuntura.
En las últimas décadas, la cultura venezolana ha atravesado un terreno inestable. Más que un solo problema, fue una suma: presupuestos intermitentes, institucionalidad frágil, prioridades cambiantes y crisis de servicios que golpearon directamente la operación cotidiana. Organismos vinculados al cine y a la preservación audiovisual, como el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía y la Cinemateca Nacional, vieron limitada su capacidad de producción, programación y archivo. Espacios emblemáticos como el complejo Teresa Carreño enfrentaron dificultades logísticas y de mantenimiento que afectaron su vocación artística y su continuidad.
La consecuencia más visible fue la dispersión del talento. Una parte significativa de escritores, cineastas, músicos, artistas visuales, gestores y técnicos ha desarrollado su trabajo fuera del país. Esa diáspora no solo es demográfica: también es simbólica. Cuando los creadores se van, se van redes, públicos, oficios y memorias compartidas. La cultura pierde densidad: menos colaboración, menos transmisión generacional, menos archivo vivo.
Y, sin embargo, la vida cultural no se extinguió. En medio de la escasez y la incertidumbre, espacios independientes y comunitarios siguieron funcionando como laboratorios: compañías teatrales, centros de lectura, proyectos editoriales, salas alternativas y plataformas de exhibición. La creación se reacomodó: más austera, más urgente, a veces más cercana a lo barrial y a lo autogestionado.
Aquí entra la tecnología, no como sustituto del arte, sino como un sistema de soporte para la memoria y la circulación. Digitalizar no es “modernizar por moda”: es asegurar continuidad. Un país puede perder salas, pero no debería perder archivos. Bases de datos abiertas de folklore, música, gastronomía, fotografía, carteles, registros sonoros y tradiciones documentadas pueden convertirse en un patrimonio consultable y remezclable por nuevas generaciones. Entornos inmersivos pueden permitir que la diáspora se encuentre con lugares y relatos: caminar un museo, volver a una plaza, escuchar una geografía. El siguiente paso sería construir un ecosistema propio: museos virtuales con curadurías venezolanas, archivos digitales interoperables entre instituciones y mecanismos de registro y trazabilidad para obras (incluidas soluciones basadas en tecnologías de cadena de bloques) que ayuden a proteger autoría, procedencia y derechos de los artistas en un mercado global.
Nada reemplaza la experiencia física del arte: el cuerpo en la sala, la vibración del instrumento, la escala real del cuadro. Pero la tecnología puede amplificar el alcance, mejorar el acceso y, sobre todo, proteger la memoria frente a la volatilidad. También puede habilitar una “repatriación circular” del talento: colaboraciones remotas, residencias temporales,
coproducciones, mentorías, talleres y transferencia de conocimientos entre quienes están dentro y fuera.
Venezuela tiene una oportunidad concreta: reconstruir futuro cultural con herramientas del presente. No como un giro abrupto, sino como un trabajo paciente de archivo, red y comunidad. La renovación real no se juega en un solo frente. Se juega en la alianza entre arte, educación, gestión e innovación tecnológica. Y en la decisión, urgente, de cuidar lo que ya existe mientras se inventa lo que falta.
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