Hay días en que uno descubre que su español no vive en la boca, sino en la pantalla. El corrector del celular que “arregla” un modismo mexicano, el algoritmo que decide qué acento suena “neutral” en un video, la plataforma que traduce una palabra caribeña como si fuera error tipográfico. En pleno 2026, la lengua se juega tanto en la sobremesa como en el teclado. Por eso tiene sentido que una universidad pública, acostumbrada a mirar el país con lupa, se asome ahora a un mapa más amplio: la UNAM y el Instituto Cervantes echaron a andar el Observatorio del Español en América Latina y el Caribe, una plataforma para analizar cambios, usos y tensiones de nuestro idioma en la región.
El anuncio, presentado en Ciudad Universitaria el 16 de febrero de 2026, trae una idea que vale la pena subrayar: estudiar el español “con responsabilidad” no es un gesto ornamental, sino una apuesta por sociedades más informadas, incluyentes y justas. Lo dijo el rector Leonardo Lomelí con una frase que debería estar enmarcada en cualquier discusión sobre cultura digital: el uso del idioma está ligado a condiciones de reconocimiento, pertenencia y ejercicio de derechos. Cómo nombramos, cómo nos nombran y qué lugar ocupamos en la conversación pública son asuntos políticos, incluso cuando parecen simples asuntos de diccionario.
El Observatorio nace con vocación de brújula. Quiere documentar e interpretar transformaciones del español, mirar su enseñanza y aprendizaje, su presencia en medios, ciencia y traducción, y también su evolución en entornos digitales y su interacción con otras expresiones simbólicas. Ahí está el corazón cultural y tecnológico del asunto: el español es una práctica viva, dinámica, y observarlo implica entender cómo se mezcla con migraciones, desigualdades, educación, cultura y vida en línea.
En América Latina y el Caribe el español cohabita con lenguas indígenas, criollas y comunidades multilingües; y en internet esa convivencia se vuelve más frágil, porque el prestigio de una variedad puede depender de métricas opacas: qué aparece primero en búsquedas, qué se entrena mejor en modelos de lenguaje, qué “entiende” la asistencia de voz.
Los números ayudan a dimensionar el terreno. El Instituto Cervantes estima más de 630 millones de hablantes potenciales de español en el mundo y más de 520 millones con dominio nativo. Esa fuerza demográfica, sin embargo, no garantiza presencia de calidad en el ecosistema digital. Podemos ser multitud y aun así quedar mal representados en sistemas de traducción automática, en bases de datos, en herramientas educativas o en tecnologías de accesibilidad. Y ahí es donde un observatorio se convierte en infraestructura cívica: producir datos, análisis, criterios y preguntas públicas.
En el fondo, la tarea suena humilde y enorme a la vez: proyectar conocimiento hacia la sociedad. Quizá el reto sea aceptar que el español no necesita un guardián, sino un buen sistema de monitoreo. No para dictar cómo hablamos, sino para entender quién queda fuera cuando la tecnología decide por nosotros. Porque hoy, más que nunca, la lengua es también un territorio digital. Y en ese territorio, la ciudadanía empieza por el derecho a ser entendido sin tener que traducirse a sí mismo.
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