Publicar en línea, hay que sacudirse los prejuicios

Herles Velasco

La primera década de los dos miles tuvo la peculiaridad de ser la década de la autopublicación democratizada a través de los otrora famosos blogs, autores en ciernes de todas las edades, y algunos consagrados, experimentaron con aquella forma de mostrar al mundo sus ideas y maneras de ver el mundo; en el caso de los primeros, poniendo a disposición del mundo sus mejores trabajos y en el caso de los segundos, aquello que les sobraba; el mayor temor de todos fue el tema de los derechos de autor ya que al experimentar con nuevos soportes no era del todo claro a dónde dirigirse cuando surgiera algún problema, o si las obras acababan siendo propiedad de Blogger o Wordpress, entonces nacieron las licencias digitales en multitud de formas que otorgaban cierta tranquilidad a algunos y más desconfianza en otros, no recuerdo algún escándalo realmente significativo que valga la pena mencionar.

Después hubo un impasse, murió Blogger y Wordpress pasó a ser, sobre todo, un sitio de alojamiento de páginas (que ya lo era), el hueco que dejaron sería aprovechado después por otros, en el que entraron además algunas editoriales y sitios semiprofesionales de redes para autores y recursos; pienso por ejemplo en Hislibris, sitio al que acudían algunos en búsqueda de documentación histórica; Falsaria (ya extinta) que promovía el diálogo entre autores nóveles o Trabalibros (también finada) que prometía promover obras en el mundo digital.

Con Youtube, Twitter y Tiktok sumariamos a la ecuación la data necesaria, pública, para que el mundo editorial convencional empezara a tomarse en serio el fenómeno: los seguidores y la interacción de estos con las obras y autores; después, las ferias del libro abrieron espacios a booktubers y autores jóvenes con la intención más de jalar a las nuevas generaciones a los mundos, a través de lenguajes y soportes que les eran comunes, del libro más que a pretender llevarlos al formato físico, aunque de manera indirecta algunos conseguían llegar.

El camino está marcado, cada vez son más los autores que en poco tiempo sus obras se convierten en superventas, superando a muchos de los consagrados que imprimen; cada vez más, también, los que ganan (no sin controversia) concursos literarios importantes, o que son jalados por grandes editoriales; pienso también en Victoria Resco y Maximiliano Pizzicotti, dos autores jóvenes argentinos que comenzaron, timidamente, a publicar textos en la plataforma de Wattapad, y que hoy son más que reconocibles por las juventudes lectoras argentinas; o Anna Reneé Todd cuya obra publicada también en aquella plataforma hoy es un título de Editorial Planeta.

Sí, es posible que no tengamos hoy por hoy a la próxima Rosario Castellanos o al siguiente García Marques publicando en digital; y que, sobre todo, son plataformas en las que jóvenes con ganas de escribir están encontrado vías de éxito entre sus contemporáneos; también que los criterios de calidad son todavía muy flojos u orientados a cierta fama previa en las redes, pero sin duda el futuro próximo de autores y obras con calidades e intenciones distintas está ahí, habría que sacudirse, quizá, los prejuicios que genera lo digital, un universo con muchos potenciales.
 

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