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La cultura que sobrevivirá en el 2021 (y la que quizás no)

Herles Velasco

La pandemia no llegó a descubrirnos grandes cosas en cuanto a la difusión y promoción de la cultura y el arte, a través de la tecnología, en sus múltiples manifestaciones

No hay, en el sector público cultural mexicano, prácticamente una dependencia que no haya sufrido recortes presupuestales; el 2021 no augura ser un mejor año y se esperan más recortes todavía. Aún la Subsecretaría de Desarrollo Cultural, que sí obtiene un incremento, destinará casi la totalidad de este a la remodelación de Chapultepec, cuya coordinación está en manos de Gabriel Orozco, quien ha mencionado que en muchos casos se trata de un proyecto en el que se percibirán la mayoría de sus beneficios hasta dentro de 20 años.

La pandemia no llegó a descubrirnos grandes cosas en cuanto a la difusión y promoción de la cultura y el arte, a través de la tecnología, en sus múltiples manifestaciones. El cine y la literatura han medio sobrevivido porque ya venían encarrilados en una tendencia digital que empezaron Netflix y Amazon desde hace unos años; de la música podría pensarse lo mismo, pero las plataformas de streaming, famosas por ser menos generosas, menos aún que las disqueras, no pueden compensar los conciertos cancelados, fuente principal de ingresos de los artistas, por lo que también este gremio está en alto riesgo para este año. Regresemos a la literatura; sí, hay una tendencia mundial desde hace años respecto al libro electrónico, tendencia que ya creció exponencialmente; por otro lado, el recorte de más de 15 millones a Educal augura despidos, cierres y cancelación de publicaciones. Qué decir de la Fonoteca Nacional, que ha advertido de la difícil situación por la que pasan sus poquísimos integrantes, otra vez el fantasma del despido, o la no recontratación, se pasea por esos pasillos. Y otra vez, sí, muchas de las producciones cinematográficas que no se han visto obligadas a parar, ven en las plataformas digitales un salvavidas, pero las salas de exhibición, parte también de esta industria, no la ven llegar. Con el teatro pasa lo mismo, aunque con ambivalencias, nunca había salido tan barato un boleto para una obra de teatro cuando migraron algunos a la transmisión en vivo; aun así, los teatreros han sido un gremio que se han preocupado de manera particular por buscar que toda la comunidad que vive del teatro, más allá de la producción, les toque una rebanadita del raquítico pastel de los ingresos.

Pagar por literatura, cine, música o teatro de lo físico a lo digital ha tenido de alguna manera un tránsito natural; las artes plásticas, por otro lado, son quizá el rubro más maltratado en esta terrible odisea; galerías y museos han procurado, desde antes de la pandemia, ofrecer en lo digital un escaparate alternativo y gratuito desde el inicio y ahora no saben cómo monetizar las obras para mantener sus edificios y a la gente que ahí trabaja.

La migración a lo digital en todas las áreas es inevitable, y en la mayoría de los casos ésta es una manifestación de sobrevivencia no tanto de los creadores, pero sí de sus obras, y hay una responsabilidad social e institucional para que poco a poco si bien no se normalice a corto plazo la afluencia a los espacios físicos, sí encontremos la manera de normalizar los ingresos de creadores y la enorme comunidad que vive en torno al arte y la cultura nacionales. Urge ir pensando en los cómos.

 

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