La cultura del odio en redes

Herles Velasco

¿Cómo medimos el odio? Ese que es más sutil, menos mediático. Qué va a pasar con el sesgo racial comprobadísimo en las previsualizaciones de muchas redes sociales

No es fácil definir hasta dónde las garantías de libertad de expresión de las que gozan las redes sociales deberían ser “limitadas”. Un mensaje agresivo y directo (en público o en privado), amenazando un usuario a otro, a un colectivo (minoría o mayoría), etc. ¿Cómo medir la agresividad? La ironía y el eufemismo puede contener tanto odio como una amenaza de muerte con todas sus letras.

¿Deben medirse las intenciones o las palabras?, ¿sobre qué bases y quiénes tomarán las desiciones? No es difícil deducir —ya lo hemos hecho acá antes— que, en lo que se refiere a redes sociales, el odio vende porque engancha, entonces conviene mantenerlo ahí de una forma u otra.

Pero últimamente les están pegando a las redes donde más duele: en lo económico. Si las solicitudes amables, las legislaciones tibias y las charlas en los foros no dan resultados, los anunciantes creen que es a través de ellos como se puede lograr un cambio. Los anunciantes, es decir: los empresarios, quieren ser quienes doblen las manos de Facebook, Twitter, Instagram o YouTube. Y, por supuesto, no estamos seguros de que sea la mejor opción.

Sexo, drogas, blasfemia son algunas categorías propuestas a eliminar, las de siempre y cuyo espectro es tan amplio como inabarcable, ya antes el arte más naif ha sido suprimido; vamos, hasta unas cebollas han sido calificadas de pornográficas en el bipolar Facebook. Pero volvamos al odio.

Estas empresas han estado creando un manual para las redes con el fin de eliminar, además de esos contenidos “ofensivos”, la cultura del odio promovida por las propias plataformas, so pena de boicot. Quizá la multinacional más fuerte dentro de este club sea la británico-neerlandesa Unilever, aunque también han prometido sumarse al boicot, congelando sus perfiles, Leonardo DiCaprio, Michael Jordan o Kim Kardashian, por mencionar algunas. La fecha límite propuesta para quitarle a las redes los beneficios que obtienen a partir de la tolerancia y promoción del odio es el segundo semestre de 2021.

Y va de nuevo: ¿cómo medimos el odio? Ese que es más sutil, menos mediático. Qué va a pasar con el sesgo racial comprobadísimo en las previsualizaciones de muchas de estas redes. Facebook ya no quiere que se dude del holocausto, y está borrando publicaciones negacionistas, pero sí que tolera a otras formas de odio y racismo permitiendo publicar a quienes niegan otros genocidios fuera del mainstream, como el armenio o el de Ruanda, que además pueden ser recomendadas por sus algoritmos.

Pero otra vez: ¿Hasta dónde? Es difícil no empatizar con las víctimas del odio y condenar a quienes promueven negar los crímenes masivos cometidos, por lo menos, a partir del siglo XX. Y es que ese “hasta dónde” quiere tomar en cuenta que las exigencias legítimas pueden cruzar la línea y convertirse en chantaje que hagan presión ya no a partir de las convenciones e intereses colectivos, sino de las conciencias individuales que tampoco quieren ver ahí otro de contenido e información, y nadie parece tener la fórmula del equilibrio en redes que igual fomentan el odio por un lado y por otro censuran una escultura de desnudo o un par de cebollas. Así las cosas.

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