Pocas cosas parecen más alejadas de la vida digital que ese tomo pesado con tapas azules que muchos aún imaginan cuando oyen la palabra diccionario. Sin embargo, el último movimiento de la Real Academia Española demuestra que el futuro del español pasa, precisamente, por lo que hacemos cada día con el teléfono en la mano. Crudivorismo, loguearse o turismofobia son algunas de las novedades que ya figuran en la versión electrónica del Diccionario de la lengua española, dentro de la actualización 23.8.1, presentada en diciembre de 2025.

La Academia habla de una actualización con menos pretensiones que otros años, pero que en realidad funciona como un adelanto de la vigesimocuarta edición del diccionario, prevista para 2026. Son unas trescientas treinta incorporaciones, entre palabras nuevas, expresiones complejas y acepciones que se ajustan a los usos actuales. Un pequeño corte de imagen del idioma vivo, que se mueve mucho más rápido que cualquier institución.

El terreno digital es uno de los grandes protagonistas. Entran login y loguearse para nombrar ese gesto mecánico de identificarse con usuario y contraseña en una plataforma. Se incorporan también extranjerismos como gif, hashtag, mailing o streaming, que la Academia mantiene como voces crudas, es decir, sin adaptar la grafía, pero reconocidas ya como parte del paisaje léxico cotidiano.

Resulta llamativo pensar que llevamos más de una década logueándonos, compartiendo gifs y comentando hashtags antes de que el diccionario se decidiera a abrirles la puerta. Es una buena imagen de la relación entre la cultura de internet y las normas del lenguaje: primero habla la gente, luego reaccionan los académicos. Las redes sociales, los foros y los chats son hoy la gran fábrica de palabras del español global.

No todo es tecnología dura. Crudivorismo da nombre a una manera de alimentarse solo con productos crudos; turismofobia pone etiqueta a la incomodidad frente al turismo masivo; microteatro describe el formato escénico de obras breves en espacios pequeños. Y, quizá como síntoma generacional, aparece la imagen generada con IA, fórmula que oficializa en el diccionario una preocupación que atraviesa el arte, los medios y la vida cotidiana.

Detrás de cada incorporación hay horas de corpus, consultas y debates. La RAE insiste en que no se trata de caprichos, sino de comprobar que una palabra se usa de verdad en distintos países y contextos. Hoy esos usos se rastrean también en textos digitales, desde noticias hasta comentarios en redes, lo que convierte a nuestra actividad en línea en una enorme base de datos que, con el tiempo, se vuelve norma.

El caso de los extranjerismos es especialmente revelador. La historia de intentos fallidos como güisqui, que nunca desbancó a whisky, recuerda a la propia institución que forzar al hablante suele ser inútil. El usuario prefiere términos que le resultan naturales, incluso si vienen de otro idioma. El diccionario acaba siendo, más que un guardián, un notario que certifica lo que ya era evidente en la calle y en la pantalla.

En el fondo, cada nueva versión del diccionario es un resumen de nuestras obsesiones colectivas: la comida sana, el turismo, la economía de la atención, la corrección política, el impacto de la inteligencia artificial. Que loguearse o imagen generada con IA aparezcan ahora en una obra centenaria nos recuerda que la cultura digital ya no es un anexo de la realidad, sino su centro de gravedad. La lengua, como siempre, se limita a dejar constancia.

herles@escueladeescritoresdemexico.com

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