Hace poco más de tres décadas, en una tarde cualquiera de diciembre de 1992, nadie imaginaba que dos palabras simples, “Merry Christmas”, enviarían ondas mucho más allá de una felicitación navideña. Aquel fue el primer mensaje de texto enviado desde una computadora a un teléfono móvil. Detrás del teclado estaba Neil Papworth, un joven ingeniero británico que, sin saberlo, daba inicio a una revolución silenciosa en la comunicación humana.
Lo que hoy es parte del día a día, teclear y enviar textos en segundos, comenzó como una solución técnica poco glamorosa. El servicio de mensajes cortos, más conocido como SMS por sus siglas en inglés, nació como un sistema secundario dentro del protocolo GSM, pensado para transmitir datos breves entre redes, sin protagonismo, sin expectativas de masificación. Tampoco se esperaba que los teléfonos móviles, entonces pesados, costosos y limitados, sirvieran para algo más que llamadas de voz.
Sin embargo, un grupo de ingenieros vio una oportunidad: aprovechar los canales de señalización que ya existían para insertar pequeños paquetes de texto. Así nació la posibilidad de enviar hasta 160 caracteres, una cifra arbitraria determinada por las capacidades técnicas de la época, pero que terminaría moldeando una nueva forma de escribir. Aquella limitación técnica se convirtió en una fuente de creatividad, haciendo del SMS un arte de la síntesis y de la economía lingüística.
A lo largo de la década de los noventa, el uso de mensajes de texto fue creciendo lentamente. Al principio, escribir desde un teclado numérico no era precisamente cómodo, pero la posibilidad de comunicarse sin necesidad de hablar en voz alta, de enviar una frase a cualquier hora sin interrumpir al otro, fue ganando adeptos. Para el año 2000, los mensajes de texto eran ya parte integral del tejido social, y en 2002 se enviaban cientos de miles de millones anualmente en todo el mundo.
Más allá del dato tecnológico, el SMS cambió nuestros hábitos culturales. El lenguaje se adaptó a la nueva herramienta: surgieron abreviaturas, emoticonos, códigos entre generaciones. Se escribía rápido, corto, con ingenio. No era solo un medio, era una forma de estar presente, de crear cercanía a la distancia. Muchos adolescentes declararon su amor, pelearon con sus padres o coordinaron encuentros por medio de estos escuetos mensajes.
Con el tiempo, las aplicaciones de mensajería como WhatsApp y Telegram desplazaron al SMS como medio principal de comunicación entre personas. Sin embargo, lejos de desaparecer, el mensaje de texto encontró un nuevo rol: avisos bancarios, confirmaciones de identidad, alertas de servicios públicos. Su simplicidad, su independencia de datos móviles y su presencia en todos los teléfonos del planeta lo han mantenido vigente.
Treinta y tres años después, el SMS ya no encabeza nuestras conversaciones, pero sigue ahí, como un testigo silencioso de una era que transformó el lenguaje digital. Su legado no está en los caracteres que cabían en una pantalla, sino en haber enseñado que las revoluciones también pueden comenzar con un simple saludo navideño.
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