Ocurrió hace exactamente 200 años, en enero de 1826. La Ciudad de México era tal y como la vio el ministro plenipotenciario del Reino Unido, Henry George Ward: una extensión árida, cubierta de carbonato de sodio entre San Juan Teotihuacán y la Villa de Guadalupe, en donde siglos antes habían brillado los lagos. Una serie de casuchas en ruinas, a lo largo de la Calzada de los Misterios, que hacían al viajero preguntarse qué había visto de extraordinario en aquel paraje desolado y sombrío, el gran exégeta de la metrópoli mexicana, Alexander Von Humboldt

Y más allá de la Alameda, la fascinación que producía la urbe que una década más tarde el viajero inglés Charles Latrobe iba a bautizar como La Ciudad de los Palacios: la excelsa Plaza Mayor poblada de mercaderías, la suntuosa Catedral, recién terminada por Manuel Tolsá, el sobrio y severo Palacio Nacional, donde despachaba el general Guadalupe Victoria, y “las nobles calles” que hacían que pocas ciudades europeas pudieran soportar ventajosamente una comparación con México.

La ciudad repleta de casas bajas a consecuencia del hundimiento y los terremotos permitía que se miraran desde cualquier esquina no solo las montañas y los volcanes que la cercaban, sino también, según Ward, que incluso se pudieran contar los árboles que los poblaban.

La pureza de la atmósfera, “en grado extraordinario”, hacía de la luz del día una experiencia única. Debido a la suavidad del clima, decía Ward, había gran profusión de rosas. Por las calles, y también por las calzadas boscosas de la Alameda, circulaban carruajes adornados con pinturas y tripulados por damas vestidas de gala que fumaban sonriendo. Caballos con adornos de plata que tintineaban desde las sillas eran montados por elegantes jinetes.

México hervía de ruidos: las voces de los vendedores de frutas y de toda clase de productos, el tañido sonoro de las campanas, el rodar de los carros sobre las piedras…

El 14 de enero de ese año, un italiano “de aspecto romántico pero decidido”, recién desembarcado en la ciudad, acudió a las oficinas del periódico El Águila Mexicana, en Medinas número 6 (actual República de Cuba), para mostrar a los editores “uno de esos progresos que forman el gusto y la ilustración”: la primera litografía realizada en México.

Se trataba de un retrato del Papa León XII que ese mismo día el artista italiano acababa de estampar “de un grabado sobre piedra”. Su nombre era Claudio Linati. Había llegado a México huyendo de una sentencia de muerte, después de haber prestado “grandes servicios a la libertad social” en Italia y en España (formaba parte de la secta Carbonaria, que combatía el absolutismo y promovía el ideal republicano), y acababa de convencer al representante de México en Bruselas, el dramaturgo Manuel Eduardo de Gorostiza, de la necesidad de instalar, a cambio de 160 libras esterlinas para gastos de transportación de la maquinaria, el primer taller litográfico del continente americano.

Aquellas litografías de León XII se han perdido. Pero la técnica introducida por Linati, que en un mundo aún pre-fotográfico permitía la reproducción instantánea y masiva de imágenes, tuvo consecuencias incalculables: trajo, entre otras cosas, una nueva forma de mirar: revolucionó la forma de hacer arte: se convirtió en el método de impresión que transmitió mejor que nada el espíritu del siglo XIX y acompañó a lo largo de ese siglo la publicación de diarios, revistas, folletos, libros, pasquines y semanarios.

Se convirtió también, para nosotros, en esa ventana encantadora que nos permite asomarnos al mundo desaparecido de nuestros ancestros. ¿Quién no se ha fascinado, por ejemplo, con la litografía de Casimiro Castro que reproduce la Catedral rodeada de follajes y alumbrada, misteriosamente, por la luz de la luna?

La impresión de lo que previamente se había dibujado en una piedra porosa le dio a la hoja de papel un toque donde luces y sombras, escribe Vicente Quirarte, emergen llenas de matices, “con suavidad inédita”.

Linati se había asociado con el poeta cubano José María Heredia y con el italiano Francisco Galli para sacar a la venta el primer periódico ilustrado, que era al mismo tiempo la primera revista literaria y la primera revista femenina del siglo XIX: El Iris, publicación dirigida “al bello sexo” que abordaba temas de literatura, música, teatro y modas.

El taller donde la revista se imprimía se hallaba en San Agustín número 13 (hoy Venustiano Carranza). Fue en El Iris donde se publicó por primera vez en México, en febrero de 1826, una litografía: un delicado figurín que mostraba a una mujer vestida con un traje rosa y un sombrero con moños amarillos.

A El Iris lo consumió muy pronto el fuego político que a cinco años de la consumación de la Independencia ardía en México, las pugnas entre las logias yorkina y escocesa, entre monarquistas y republicanos, entre liberales y conservadores.

Linati no resistió la tentación de fijar su postura revolucionaria. En uno de los números, el artista italiano publicó una litografía que levantó ámpula, “La Tiranía”, que es considerada la primera caricatura política y que muestra a un dictador con patas y orejas de burro, un gorro de bufón y un collar de calaveras. A un lado aparecía esta cuarteta: “Entre superstición y fanatismo / la atroz tiranía mira sentada / y con terror y mercenaria espada / do quier siembra la muerte el despotismo”.

La publicación no tardó en ser tachada de subversiva. Para colmo, estaba hecha por extranjeros. Linati fue expulsado del país. Su maquinaria se envió a la Academia de San Carlos. El artista llevaba en su equipaje el inventario de los personajes que había visto en las calles de México (léperos, hacendados, aguadores, militares, frailes, damas elegantes, vendedores ambulantes) y que dos años más tarde se publicó bajo el título de “Trajes civiles, militares y religiosos”.

Había dejado en el país dos discípulos: José Gracida e Ignacio Serrano, a quienes debemos el desarrollo del arte litográfico y la sublime existencia de Casimiro Castro, Hesiquio Iriarte y Constantino Escalante, entre otros.

En Parma hay una placa que recuerda el sitio donde Linati vivió. En México no hay placa alguna que recuerde su inmensa aportación.

Si no nos gobernaran la ignorancia, la incuria, la superstición y el fanatismo, dos siglos de arte litográfico serían un gran pretexto para colocar una placa donde estuvo su taller. Pero aquí también, “la atroz tiranía mira sentada”.

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