Tiempo de enanos

Héctor De Mauleón

¿Cómo habrá vivido don Benito las críticas surgidas de quienes algún día lo apoyaron incondicionalmente y lo siguieron a lo largo del país?

Cuando el poder le hizo mostrar a don Benito Juárez la más lamentable de sus caras, los intelectuales que habían combatido valerosamente a su lado durante la Reforma e Intervención, se convirtieron en críticos despiadados.
Ignacio Ramírez, El Nigromante, afirmó que se debían a Juárez 14 años en que había llovido sangre en el país: “Creíamos tener un Moctezuma —escribió—; tenemos más: un Huichilobos”.

El Nigromante solicitó a los seguidores de don Benito: “No le tributéis periódicos; llevadle cráneos”. Y colocó sobre las ambiciones reeleccionistas del Benemérito el siguiente epitafio: “Jamás olvidaremos que supo colonizar los cementerios”.

En 1867, en el periódico liberal El Mensajero, El Nigromante, que en otros días había sido ministro de Fomento, Justicia e Instrucción Pública del gobierno juarista, describió así la gestión de su antiguo líder:

“En Guerra, tiene un ejército costoso y turbulento; en Hacienda, despilfarra los dineros y embrolla las cuentas; en Fomento, se deja engañar por extranjeros que, prometiéndole capitales ingleses, se llevan más allá del Atlántico los de la Nación; en Justicia, no sabe sino matar sin figura de juicio; en Gobernación, ensaya el centralismo; en las relaciones extranjeras compromete con igual facilidad los recursos de erario y las vastas regiones de nuestro territorio…”.

En ese artículo, Ramírez dedicó un ramillete de orquídeas envenenadas a quienes seguían apoyando al hombre que entre 1867 y 1872 llegó a ser calificado como “el más grande enemigo que tuvo la democracia mexicana”: “Los insensatos que recomiendan a Juárez como un hombre necesario, no tienen el instinto de que procediendo de ese modo se degradan a sí mismos”.

¿Cómo habrá vivido don Benito las críticas surgidas de las plumas de quienes algún día lo apoyaron incondicionalmente, y lo siguieron a lo largo del país, rozando a veces la muerte bajo el ruido de las balas? ¿Qué opinaba el Benemérito de los diarios liberales de combate que ahora masacraban sus continuos esfuerzos de reelección?

Aferrado al poder, Juárez había perdido a Guillermo Prieto, que lo salvó de la muerte en Guadalajara; había perdido a Vicente Riva Palacio, que se abrió paso con su guerrilla entre los franceses y dirigió el Ejército Republicano del Centro; y había perdido, también, al intelectual más radical y más importante del último tercio del siglo XIX: Ignacio Manuel Altamirano (“uno de los más grandes héroes civiles de este continente”, lo llamó José Emilio Pacheco), a quien los reaccionarios le habían impuesto el mote de “El Marat de los puros”.

“El Señor Juárez, cuyas virtudes soy el primero en alabar, siente y ama las ideas democráticas, pero creo que no las comprende (…) Se necesita otro hombre en el poder. El presidente haría el más grande de los servicios a su patria retirándose, puesto que es un obstáculo para la marcha de la democracia”, rugió Altamirano en un discurso pronunciado en 1861 en el Congreso.

Al enterarse de la masacre de Tacubaya, a manos de Leonardo Márquez, el 11 de abril de 1859, Altamirano había ido a buscar los cadáveres de Juan Díaz Covarrubias y Manuel Mateos, hermano del novelista Juan A. Mateos. Los halló desnudos, con el cráneo partido a culatazos y los ojos fuera de las órbitas. Decidió: “No he de otorgar un solo perdón a los verdugos de mis hermanos”. Se volvió el detractor más enconado del Partido Conservador.

Altamirano, sin embargo, no se dejó cegar por el mal de aquellos días, el fanatismo, y supo interponer distancia entre sus ideas y lo que él consideraba los desvíos del poder juarista.

Le criticaba a Juárez su falta de magnanimidad; el hecho de ser más implacable en sus rencores personales que en sus odios políticos. Lo consideró, al final, “un hombre de talento  mediano y de instrucción escasa e imperfecta”.
Es inevitable trasladar la relación de Juárez y los intelectuales al México de 2020. En “Las cenizas de Altamirano”, un artículo de 1984, José Emilio Pacheco relata un encuentro entre Juárez y el maestro Altamirano en la cena de bienvenida de un diplomático boliviano que había llegado a México para felicitar al gobierno por el triunfo contra los franceses:

Juárez  presentó a Altamirano con el diplomático recién llegado como un inteligente opositor de su gobierno.
Altamirano respondió que había seguido a Juárez y que lo volvería a hacer, pero solo como líder de la resistencia nacional, pues rechazaba por su completo su política interna. Juárez contestó que respetaba y reconocía a sus críticos. Abrazó con fuerza a Altamirano. Los dos entrechocan sus vasos.

A la muerte de Juárez, Altamirano reconoció uno a uno los méritos del Benemérito. Entre estos, el de haber llevado a su gobierno “a los hombres más eminentes por su talento y su saber (…) los cuales fueron dejando en la administración el continente variado y rico de su capacidad”.

Es inevitable trasladar esa relación al México de 2020. Daniel Cosío Villegas tenía razón: en un tiempo de enanos, es admirable como nunca aquella generación de gigantes. 

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