Sobre el cementerio de mamuts de Santa Lucía

Héctor De Mauleón

Donde los arqueólogos metían la piqueta aparecían los fragmentos. El recuento más reciente habla de 70 mamuts

Todavía en octubre llegan garzas a la zona. Es un recuerdo milenario de lo que existió a las orillas del lago de Xaltocan, en donde hoy se construye el aeropuerto Felipe Ángeles.

En 1984 el arqueólogo Rubén Manzanilla encontró un mamut de 80 mil años de antigüedad al excavar la zona donde iba a construirse el Metro San Joaquín.

Cuatro décadas más tarde, a Manzanilla, el destino le deparaba una sorpresa aún mayor.

30 mil años antes de Cristo lo que hoy es la base militar de Santa Lucía era un territorio formado por un inmenso pastizal, al que cruzaba un arroyo de agua dulce. Muy cerca se hallaban las playas del lago de Xaltocan, rodeadas de maleza y arbustos. Había una gran cantidad de pequeños volcanes que luego fueron empleados como bancos de tezontle.

Según Manzanilla, el agua dulce del arroyo solía atraer toda clase de fauna pleistocénica. Ya desde entonces, el lago de Xaltocan había iniciado un proceso de desecación: los suelos que lo rodeaban eran lodosos, pantanosos. Una trampa perfecta para que los grandes animales que Manzanilla iba a encontrar 30 mil años después, al sur de la base aérea.

Existe la teoría de que hace 14,700 años una erupción del Popo provocó una migración masiva de animales hacia el lago de Xaltocan, donde la caída de ceniza era más ligera.

Los arqueólogos que hoy trabajan en la zona han hallado ceniza ligera. Ahí encontraban un sitio habitable mamuts, camélidos, caballos americanos y gliptodontes. Aquel paraíso iba a convertirse en el cementerio de mamuts más importante de América Latina.

A mediados del siglo XX un trabajador de la construcción y su hijo hallaron accidentalmente el depósito de esqueletos de mamut más grande de América en la zona de Hot Springs, en Dakota del Sur.

El trabajador y su hijo encontraron un diente gigantesco, y luego extrajeron un cráneo completo. Vino una serie interminable de hallazgos: los 61 esqueletos que hicieron de Hot Springs la mayor tumba de mamuts del mundo.

Atrapados en las orillas del lago de Xaltocan, los animales pleistocénicos morían, eran destazados por tigres dientes de sable y por aves carroñeras, sus huesos eran arrastrados por el oleaje y depositados en la zona donde hoy se encuentra la terminal de almacenamiento de combustible de Santa Lucía, así como la torre de control y las pistas de aterrizaje.

El 20 de mayo de 2020, el INAH había encontrado los restos de 60 mamuts. Para septiembre de ese año habían aparecido 200 restos de mamut, 25 camellos y cinco caballos americanos. En febrero de 2021 los restos sumaban 300.

Ahí estaba el recuerdo de los grandes habitantes de la cuenca de México entre 30 mil y 11 mil 700 A.C.

Donde los arqueólogos metían la piqueta iban apareciendo los fragmentos. El recuento más reciente habla de 70 mamuts más o menos completos (entre el 60 y 70% por ciento de sus osamentas), 180 camellos, 45 caballos y al menos un tigre dientes de sable.

Esta fauna es anterior a la presencia de los cazadores, ese peligroso animal que es el hombre. Santa Lucía no fue la zona de cacería de la gente de Tultepec, que abría trampas para que los mamuts cayeran.

Todo esto va más atrás. Todo esto es más antiguo.

Cuenta el arqueólogo Manzanilla que en la zona existen restos de un asentamiento humano de agricultores y pescadores que comerciaron con Teotihuacan, entre el año 500 y 600 D.C., y que hay indicios de un asentamiento posterior, del tiempo en que Teotihuacan había caído, y varios grupos se asentaron junto al arroyo, en la quieta ribera del lago. Proceden del periodo conocido como Coyotlatelco, por la cantidad de vasijas y cerámicas halladas en la zona de ese nombre, que corresponden a la migración masiva que siguió al colapso teotihuacano: entre 600 y 900 D.C.

De acuerdo con Manzanilla, los hombres de Coyotlatelco hicieron elevaciones artificiales de tierra, para quedar a salvo de las periódicas inundaciones. No podían saber que estaban levantando sus casas sobre un cementerio de seres extinguidos.

Dejaron ahí a sus muertos, enterrados con ofrendas. Dejaron vasijas, cerámicas, piedras talladas, puntas, cuchillos. Dejaron ahí balas de piedra para las cerbatanas y las redes que emplearon para cazar charales.

En los años de la llegada de los españoles había ahí un asentamiento otomí, con influencia mexica.

Dice Manzanilla que no imaginó jamás lo que le deparaba el destino. La suerte de encontrar, durante la construcción de un polémico aeropuerto, el libro de historia que contiene, a través de más de 40 mil restos y fragmentos hallados en 500 puntos de exploración, la colección osteológica más impresionante de América Latina.

Yo no imaginé tampoco el privilegio que era conversar con él y percibir su emoción. Ojalá algo de su magia haya quedado en estas notas.

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