Recuerdo que Monsiváis decía que la crónica era una argucia contra el olvido y recuerdo también aquella mañana en la que medio gabinete recibió, mientras se escuchaba “La Marcha de Zacatecas”, el primer lote de vacunas de Pfizer contra el coronavirus.

Ahí estaban el canciller, la subsecretaria de Relaciones Exteriores, el secretario de Hacienda, el secretario de la Defensa, el secretario de Marina, el secretario y el subsecretario de Salud, el administrador de Aduanas, y prácticamente todos los medios:

Se dijo que México era el primer país de América Latina en recibir la vacuna. Se dijo que México estaba entre los diez primeros países del mundo que gozaban del esperado arribo del “biológico”.

Hubo discursos que anunciaron el principio del fin de la pandemia. Hubo discursos que anunciaron convenios y depósitos por 33 mil millones de pesos para asegurar la compra de más vacunas.

La puerta del anhelado avión se abrió y bajaron una cajita que elementos castrenses se llevaron a Cancerología a fin de que la vacuna comenzara a ser aplicada al personal de salud, “que se halla en la primera línea de atención a la pandemia”.

“Las cosas buenas llegan en muy poquitas cantidades”, dijo feliz y verdaderamente emocionada la subsecretaria de Relaciones.

Claro. Aquella era solo una pequeña muestra de tres mil dosis, para calibrar la cadena de frío necesaria para el almacenamiento, la distribución, la aplicación de la vacuna.

Pronto comenzarían a llegar, periódicamente, embarques de 50 mil dosis.

Era el 23 o el 24 de diciembre. Para finales de enero de 2021, dijeron, tendríamos 1 millón 429 mil 575 dosis.

Creo que tocaron hasta “El Rey”.

¡Misión cumplida!

Pasaron luego cosas muy extrañas en las que no voy a detenerme, como el anuncio de que la información sobre las vacunas se iba a guardar por cinco años por razones de seguridad nacional.

Y como la súbita declaración del presidente de que siempre no iban a llegar las vacunas anunciadas porque la ONU le había pedido a Pfizer que redujera sus entregas para que los países pobres tuvieran también acceso a las vacunas, con lo que México estaba de acuerdo —por lo que sacrificaba sus dosis a fin de hacerle caso “al llamado de la ONU”.

Resultó luego que la ONU no había pedido eso y que la entrega de las dosis se había reducido por problemas y ajustes internos en los procesos de producción de Pfizer, pero en estos tiempos ya no importa lo que alguien diga o deje de decir: “No llegarán las vacunas, se donarán a países pobres”.

Pero bueno, ya sabíamos que las cosas buenas llegan en poquitas cantidades, y al final de cuentas la pandemia ya estaba domada desde marzo, y los que fallecieron, fallecieron (unos 400 mil, sumando a las cifras oficiales el exceso de mortalidad).

Entre esas cosas raras que pasaron no se puede dejar de mencionar la impensada renuncia, unos días después de “la llegada del biológico”, de la jefa del plan de vacunación contra SARS-CoV-2.

Ella adujo motivos personales, y algunos medios adujeron que por discrepancias con el plan —hubo otros que señalaron que porque un pariente cercano estaba siendo investigado por la UIF.

A estas cosas extrañas hay que sumar el anuncio de que las brigadas de vacunación iban a estar conformadas, en año electoral, por el ejército electoral del presidente: los famosos Servidores de la Nación, y el hecho de que en lugar de vacunar al personal de primera línea, como se había ofrecido, se decidiera vacunar —en año electoral y como un supuesto “plan piloto”— a entre 12 y 24 mil maestros de Campeche (Layda Sansores abandonó la alcaldía de Álvaro Obregón, por cierto, para contender por la gubernatura de ese estado).

La misma confusión, en fin, las mismas mentiras, las mismas inexactitudes, la misma opacidad, la misma ineptitud, la misma politiquería, las mismas verdades a medias que hemos vivido desde que se declaró la pandemia, regresaron durante las llamadas Fase 1 y 2 de la vacunación.

Se dio a conocer el inicio de esta última fase, enfocada a la aplicación de dosis para personas de 60 años o más. Se anunció que estas personas podrían registrarse en una página de internet, mediante el sencillo recurso de proporcionar algunos datos.

Los Servidores de la Nación llamarían luego para ofrecer, por fin, fecha y lugar donde se realizará la dichosa vacunación.

La página que presentaron colapsó en unos minutos. Comenzaron las quejas en redes. “Es el nuevo Ticketmaster”, tuiteó alguien.

Tal vez quienes hicieron la página actuaron como si se tratara, en efecto, de vender boletos para un concierto, e incluso le pusieron un horario operación: "de 8 a 12". Pero esto no era un concierto: es la tragedia más grande que ha vivido México en un siglo. Tuvieron meses para anticipar la demanda que habría, pero como siempre: no lo hicieron.

Durante horas las redes dieron cuenta de la frustración de decenas de miles de usuarios. Al momento de escribir estas líneas, llevo más de 20 horas intentando registrar a mi madre.

“The server encountered a temporary error and could not complete your request. Please try again in 30 seconds”.

“Consultando a Renapo”.

“This server is temporarilly unable to service your request due to maintenance downtime or capacity problems. Please try again later”.

“No se puede acceder a este sitio”.

“mivacuna.salud.gob.mx tardó demasiado en responder”.

“Sin respuesta de Renapo”.

“Intente más tarde”.

“Es imposible. Voy a levantarme a las tres de la mañana para seguirlo intentando”, me escribe mi hermana, quien comenzó a intentarlo ayer poco después de las 9.

El subsecretario ha dicho que todo esto prueba el interés del pueblo mexicano en la vacuna. Ya da lo mismo lo que diga el subsecretario. Para mí, todo esto prueba que comenzaron la fase de vacunación de mismo modo en que habían comenzado la fase de contagio: en medio del caos, al aventón, y con el pie izquierdo.

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