El sábado 10 de mayo de 2025, el chef Prefecto Roblero salió del restaurante Rafaello, ubicado en Ciudad Satélite, Estado de México, hacia las 10:30 de la noche. Trabajaba ahí desde hacía 26 años. Había sido una larga jornada por los festejos del Día de las Madres. Decidió tomar unas copas en compañía de su hijo en el bar La Pasión, de San Andrés Atenco, a donde se dirigieron a bordo de un taxi.
Hacia las 12:45, a menos de dos horas de su llegada al lugar, su hijo notó que Roblero no estaba en el bar. Lo buscó en el baño, esperó durante varios minutos. Era muy extraño. Su padre no lo había dejado nunca, y mucho menos de noche en un bar.
El muchacho tomó un taxi y se dirigió a la habitación que ambos rentaban en una colonia de Tlalnepantla. Ahí, se quedó dormido esperando la llegada del chef.
A las siete de la mañana del día siguiente despertó con una mala sensación. El teléfono de Roblero enviaba al buzón. Esa misma mañana fue a buscarlo al restaurante. Le dijeron que no se había presentado.
El joven debía trabajar aquel día. A las dos de la tarde, lleno de ansiedad, pidió permiso para salir un momento. Regresó a su domicilio. Todo estaba tal y como lo había dejado aquella mañana.
El teléfono de su padre seguía enviando a buzón.
Su jornada laboral terminó el domingo a las 19:30. Voló a la habitación con la esperanza de que hallaría a su padre dormido.
Desde antes de abrir la puerta, supo que no iba a ser así.
El lunes 12 recorrió hospitales y ministerios públicos. No había noticias. Puso una denuncia por desaparición.
A la mañana siguiente tomó la decisión de tomar al toro por los cuernos e ir al peor lugar posible: el Semefo.
El cadáver del chef estaba ahí. Según la carpeta TLA/JTL/02/MPI/407/00330/25/05, un agente de la Comisaría de Proximidad y Seguridad Ciudadana del Tlalnepantla recibió a las 3:40 de la madrugada la notificación de que en los carriles centrales del Boulevard Ávila Camacho, a la altura del centro comercial Mundo E, se hallaba el cuerpo de una persona inconsciente, que posiblemente había sido atropellada.
No le tomó más de nueve minutos llegar, a bordo de la patrulla 23876. Encontró, sobre una laguna hemática, el cuerpo de un hombre de “unos 40 años de edad”, con los brazos extendidos y diversas lesiones en el cuerpo. Era imposible determinar los rasgos físicos de la víctima, cuyo rostro, según el parte, había quedado desfigurado “por atropellamiento”.
El cuerpo tenía una chamarra azul, un pantalón azul, zapatos cafés, pero carecía de identificaciones. Se le levantó en calidad de desconocido.
El agente del ministerio público Horacio Gómez Blancas solicitó a la Comisaría General de Proximidad que revisara las cámaras de vigilancia próximas al lugar del homicidio de las 2 a las 4 de la mañana de aquel día.
La respuesta fue que no había cámaras en la zona. No fue posible tampoco localizar posibles testigos.
Según los reportes, el fallecido no llevaba cartera, ni identificaciones, ni llaves, ni teléfono.
¿Qué hacía Perfecto Roblero en los carriles centrales del Periférico a las 3 y media de la madrugada, tres horas después de haber desaparecido del bar La Pasión?
¿Qué pasó en ese lugar? ¿Dónde está el vehículo que lo atropelló? Esas son las preguntas que su hijo lleva ocho meses haciéndose.
¿Qué pasó en La Pasión?
El joven regresó al bar para hacer preguntas que no sabe si hizo alguna vez la autoridad.
Ahí le dijeron que esa noche su padre se había ido solo, y que había salido del lugar unos 10 o 20 minutos antes que él.
Fue todo lo que pudo obtener. No sabe si las autoridades hicieron el seguimiento de las cámaras de vigilancia entre el bar y el lugar donde ocurrió la muerte por atropellamiento. Si lo hicieron, nada le han informado.
Frente a una fotografía de su padre, dice el joven que la expresión de este cambió. Y que ese supuesto cambio lo entristece y lo atormenta.
Dice esa fotografía le está pidiendo respuestas. Las mismas que ocho meses después, ninguna autoridad le ha dado.

