Negación de la justicia

Héctor De Mauleón

Halló a su hijo tendido en el pasillo. Había sangre por todos lados. Un verdadero baño de sangre

Arturo Rafael Alcocer Betancourt le envió a su madre un mensaje de audio. Le relató que esa tarde alguien le había roto la tubería del agua: 

“Yo llegué, abrí la puerta, salgo a la terraza y veo que ya no hay tubería del agua, no hay agua en toda la casa. Saco mis herramientas, y pasa ese cabrón que está saliendo del penal y es el nuevo novio de Paulina…”. 

Paulina era la exesposa de Arturo Rafael, habían tenido una niña y más tarde se habían separado, al parecer en malos términos porque él contó que en los últimos meses era víctima de agresiones constantes. 

La tarde en que le rompieron la tubería, comenzó una pelea. Arturo Rafael salió muy golpeado. Le refirió a su madre: 

“En todo el día no me he bañado, no he tirado agua en el inodoro, no pude lavar los trastes, no está completa la tubería, hay que reportarla como robada…”. 

Era el lunes 5 de julio. El lugar, la ciudad de Mérida, Yucatán. Madre e hijo intercambiaron llamadas y otros mensajes. Pero de pronto, Arturo ya no respondió. 

El jueves 8 la señora Ingrid, madre de Arturo, fue a visitarlo. Transcribo el relato que me ha hecho: 

“Iba a llevarle el almuerzo. Eran las 2:25. Al dar la vuelta a la esquina vi la reja abierta y las luces de la entrada encendidas. Se me hizo muy extraño. Me acerqué a la puerta y vi huellas de zapatos con sangre”. 

La señora Ingrid entró a la casa. Hay ocho fotografías que ella misma tomó en el lugar, en tanto esperaba la llegada de las autoridades. 

Halló a su hijo tendido en el pasillo. Había sangre por todos lados. Un verdadero baño de sangre. 

Entre las piernas de Arturo estaba tirada una cubeta de color blanco. 

La señora Ingrid salió a pedir ayuda. Una vecina llamó al 911. Las autoridades señalaron que el homicidio había ocurrido entre 24 y 36 horas atrás. Ella había hablado con él por última vez el 7 de julio, a las 18:29. Fue una llamada que duró 14 minutos. Él le refirió que el clima de agresiones por parte de su exmujer y su familia continuaba. Le dijo que una tía abuela de ella se había ahorcado y que en ese mismo instante la estaban velando. Le dijo que le mandaban amenazas e insultos a través de Facebook. 

El 5 de julio, el día del pleito por la tubería, Arturo le había enviado a su madre varias fotografías en las que aparecía con el rostro golpeado, tenía heridas serias en los pómulos y varios rastros de sangre. 

Ahora estaba ahí, tendido en el pasillo, con una cubeta entre las piernas y con 26 cuchilladas en el cuerpo. 

Un familiar de Arturo me escribió: “José Eduardo Ravelo no es el único que no tiene justicia en Mérida” (se refería al joven asesinado a golpes hace unas semanas). Me relató con lujo de detalles la escena dantesca del descubrimiento de su cadáver, y todo lo que siguió: la indiferencia gubernamental, el desprecio de los burócratas, su falta de empatía y, desde luego, la brutal ausencia de resultados: 

“Hasta el día de hoy no se ha tenido ningún detenido, ni hay avance en las investigaciones de la Fiscalía del estado. La señora Ingrid, desde ese día, no ha parado de dar vueltas en la Fiscalía, donde solo le dan largas y se excusan ‘porque no sirven las máquinas’”. 

Hablé con la señora Ingrid: 

“En la puerta había huellas de zapatos. Me preguntaron: ‘¿Reconoce esas huellas?’. Eran las huellas de unos tenis Nike. En la casa había seis huellas diferentes. Según me dijeron, una les había ‘brincado’ en la base de datos, y era precisamente la de un sujeto que había estado en un penal porque le cortó o intentó cortarle el brazo a una persona con un machete… Yo les compartí los audios que me había enviado mi hijo…

Más tarde me dijeron que la cubeta la habían usado para tratar de borrar las huellas con agua...”. 

Alguien de la fiscalía le dijo a la señora que había un video captado esa noche en el que dos personas se lavaban las manos y se limpiaban la ropa. No le dio mayores explicaciones y más tarde le dijo que aquellas imágenes no probaban nada. Poco después ella descubrió uno de los pantalones de su hijo tirado junto a un cárcamo cercano. 

“Lo mataron, trataron de desaparecer todo rastro, fueron a tirar sus pantalones (lo habían hallado en calzones) pero dejaron varias huellas en la casa… Y la respuesta de la fiscalía: ‘no le podemos dar la carpeta’. ‘ahorita no está el fiscal’, ‘¿Ya viene otra vez?, Si apenas estuvo aquí ayer?’, ‘El fiscal salió a comer, no tiene hora para regresar’”. 

Termina su relato el familiar de la señora Ingrid: 

“Lo único que la madre, la abuela y los familiares de Arturo Rafael exigen es justicia. Justicia nada más. Pero lo que sufren es la negación de la justicia, el trato inhumano de la fiscalía: hoy viven en carne propia la falta de empatía hacia el ser humano… ¿Es posible darle voz a una madre que está viviendo esto?”. 

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