Los siglos encimados

Héctor De Mauleón

A una de sus celdas llegó la joven Sor Juana Inés de la Cruz, futura Fénix de América

En 1584 los pregoneros públicos Francisco de Gálvez y Melchor Ortiz anunciaron, en lo que hoy es el Zócalo, y también en los portales de la Ciudad de México, que el cargo de Tesorero de la Casa de Moneda se hallaba vacante debido a la muerte de quien había ocupado el cargo durante los últimos 30 años: Miguel Manrique.

La propuesta llamó la atención de un rico hacendado, Juan Luys de Rivera, quien ofreció comprar el cargo en 130 mil pesos.

Desde luego que se lo entregaron. Rivera fue el Tesorero de la Casa de Moneda a lo largo de  32 años. Murió tan rico que dejó apartados 20 mil pesos para los gastos de su entierro.

Dejó también la instrucción de que la casa en la que había vivido fuera donada a las monjas carmelitas para que erigieran en su lugar un convento.

Rivera vivía en la calle de la Imprenta. Es decir, en la calle donde Juan Pablos instaló la primera imprenta de América –y de la cual salió el primer libro editado en este continente: “La breve y compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana”.

Esa calle se llama hoy Licenciado Verdad y se encuentra entre las ruinas del Templo Mayor y el antiguo palacio de los virreyes: el actual Palacio Nacional.

Para decidir a quién estaría dedicado ese convento, el arzobispo Juan Pérez de la Serna metió en un recipiente los nombres de varios santos. Siete veces seguidas, según la tradición, surgió el nombre de San José. En 1613, dos monjas del convento de Jesús María, que querían seguir los pasos de santa Teresa de Ávila y llevar una vida de austeridad, ayunos y mortificaciones (en ese convento se prohibió, por ejemplo, que las monjas tomaran chocolate), estuvieron encargadas de vigilar que el edificio fuera levantado.

La inmensa y suntuosa casa de Luys de Rivera fue totalmente demolida. El nombre del tesorero quedó rápidamente olvidado, sepultado entre papeles viejos.

Sobre sus ruinas se alzó el nuevo convento que, debido a la llegada a los altares de la Virgen de la Antigua, dejó de ser conocido como de San José, y adquirió un nombre increíblemente hermoso: Santa Teresa la Antigua.

A una de sus celdas llegó la joven Sor Juana Inés de la Cruz, destinada a convertirse en el Fénix de América. Pero Sor Juana no resistió la dura regla carmelita y, con la salud quebrantada, huyó hacia un sitio más amable: el convento de San Jerónimo, en donde iba a gestar una de las obras más deslumbrantes de los Siglos de Oro.

Santa Teresa la Antigua fue hecho y rehecho. En sus muros quedaron las manos de varias generaciones de arquitectos, desde Juan Gómez de Trasmonte hasta Cristóbal de Medina Vargas y de ahí a Lorenzo de la Hidalga.

Todo terminó con la exclaustración de las órdenes religiosas. La mayor parte del edificio fue demolido y solo se conservó el templo, famoso por su doble portada. Como otros inmuebles virreinales, Santa Teresa fue empleado como bodega, cuartel y vecindad.

Durante el porfiriato el arquitecto Manuel F. Álvarez proyectó en ese sitio la construcción de la Escuela Normal de Maestros, que terminó convertida en el fastuoso Palacio de la Autonomía Universitaria, uno de los edificios más significativos en el horizonte del Centro Histórico.

Ayer visité ese lugar, guiado por el director del Proyecto de Arqueología Urbana, el doctor Raúl Barrera, quien inició su carrera profesional excavando precisamente en Santa Teresa la Antigua.

Me mostró los restos de algunas de las celdas de las monjas: ¡probablemente había dormido allí Sor Juana! Me mostró los azulejos azules, verdes y amarillos que habían decorado la fuente y los muros del convento.

Pero lo más sorprendente es que debajo de todo aquello, debajo del Palacio de la Autonomía, y de la Escuela Normal de Maestros, y del convento de Santa Teresa la Antigua, estaban todavía los restos de la casa de Luys de Rivera: desde una “ventana arqueológica” podían verse los restos de las sólidas y elegantes columnas que sostuvieron los techos, podía verse el piso y algo de las escalinatas de piedra.

Habían aparecido durante una restauración del palacio como testigos de algo increíble.

Miré ese espacio que había quedado durante cuatro siglos bajo la tierra y que alguna vez había resguardado tanta vida. En ese lugar habían ocurrido conversaciones. La gente había amado y se había enfermado. Durante las tardes olió a leña y comida. Seguro se oyeron las risas de los niños.

Quise preguntar: “¿Dónde están? ¿A dónde se fueron?”.

Al salir estaban enfrente las ruinas del Templo Mayor y casi me fui de bruces. Cuántas cosas, cuántos siglos encimados.  

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