Héctor De Mauleón

Los nuevos bandidos de Río Frío

Hoy sabemos que desde la Ayudantía de la Presidencia se siguieron haciendo los grandes negocios del sexenio. Que otros Yáñez tejieron redes criminales en las que basaron su inexplicable enriquecimiento

Héctor de Mauleón
01/09/2026 |04:27
Héctor de Mauléon
autor de OpiniónVer perfil

Un día tormentoso de 1886, desde una ventana del consulado mexicano de Santander, España, el cónsul Manuel Payno miró la costa melancólica del Cantábrico y de pronto sintió que lo aguijoneaba la nostalgia. Había cumplido 66 años y estaba enfermo de la vista.





Más allá de su ventana, los pescadores salían diariamente al mar y al volver llenaban el muelle de sardinas y merluzas. Pero había barcas que no volvían. Payno tuvo la sensación de que él tampoco podría volver a México.

Aquel viejo triste que había visto pasar todos los horrores del siglo XIX mexicano se puso a recordar “las cosas de otro tiempo”. Escribió cientos de cuartillas sobre los individuos que habían pasado por su vida, sobre los amigos muertos o lejanos, sobre las cosas que le había tocado presenciar a lo largo del viaje de la vida.

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En el juego de la memoria se le cruzó el recuerdo de una causa criminal que había sido célebre, “cuyos autos pasaban de mil fojas”. El caso había pasado de un juez a otro. Algunos magistrados que lo llevaron murieron, y su muerte estuvo lejos de ser natural. Payno recordó que “personas de categoría y de buena posición social estaban complicadas, y se hicieron por este y otros motivos poderosos esfuerzos para echarle tierra” al asunto.

Pero el escándalo había sido demasiado grande. Hubo varios detenidos, algunos fueron dejados misteriosamente en libertad; finalmente, el hilo fue descubierto y a varios de los implicados se les juzgó y condenó a muerte.

La figura principal de una camarilla de delincuentes que asaltaban en la ciudad y en los caminos, y tenían “cogidas como en una red a la mayor parte de las familias” de México, era manejada desde Palacio Nacional por el jefe de Ayudantes del presidente Antonio López de Santa Anna, el coronel Juan Yáñez.

Los meses pasaron y Payno fue trasladado a Barcelona como cónsul general. Fue ahí donde el editor Juan de la Fuente Parres le sugirió aprovechar la historia del coronel Yáñez para dar cuerpo a una novela. Payno no necesitó más apremio para dejarse convencer. La escritura de ese monumento literario dedicado a la vida en el siglo XIX que es “Los bandidos de Río Frío” le llevó tres años.

Más tarde confesó que aprovechó la historia de Yáñez para dar una especie de paseo por una sociedad que ya se había extinguido: intercaló sucesos curiosos, viejas costumbres sociales y una larga serie de personajes, algunos reales, otros imaginarios, que abarcaban la sociedad mexicana entera. Robert Duclas llegó a contar más de 200.

Luis González Obregón juró en Dios y en su ánima que estaba más que arrepentido de haber aceptado, en 1919, la tarea de aclarar los verdaderos nombres de algunos de los personajes. Para entonces, la novela de Payno, publicada en México entre 1892 y 1894, era considerada, al lado de “Clemencia”, de Ignacio Manuel Altamirano, como la mejor novela mexicana del siglo XIX.

“Si a los cien años de su muerte Manuel Payno (1820-1894) permanece en la historia de la literatura mexicana es gracias a ‘Los bandidos de Río Frío’”, sentenció Carlos Monsiváis. Según él, lo que muchos novelistas posteriores encontraron en el thriller, Payno lo había descubierto en el folletín, en un país en donde era inconcebible Estado de Derecho.

Le debemos a Felipe Teixidor que Editorial Porrúa hubiera incluido “Los bandidos de Río Frío” en la mítica “Sepan cuantos…”, su colección de obras imprescindibles. Era una tortura leer las casi dos mil cuartillas de la novela a dos columnas, y con una tipografía que a la medianoche casi le hacía al lector ver visiones.

Pero la fuerza narrativa de Payno –Castro Leal decía que leer a este escritor era como oír relatar a un viejito un conjunto de cosas maravillosas– se iba abriendo paso a medida que corrían las páginas, hasta el punto en que se volvía imposible desprenderse de aquel libro.

A los 17 años me embargó una profunda tristeza cuando llegué por primera vez al final de la novela. Sabía que podría leerla otras veces, pero que aquella experiencia nunca podría ser igual. Cuando cerré el libro, fui al viejo centro de la ciudad a buscar los lugares de los que Payno hablaba. Tenía la sensación de haber viajado al siglo XIX, de haberlo visto y olido. Ahora tenía la necesidad de tocarlo.

“Los bandidos de Río Frío” me ha acompañado de muchas maneras desde entonces, a lo largo de mi vida.

El domingo pasado, en la Feria Internacional del Libro de las Universitarios y los Universitarios, celebrada en la UNAM, recibí un regalo formidable: la edición crítica preparada por Manuel Sol, que explica, conecta y contextualiza cada una de las referencias que hay en este libro imprescindible de las letras mexicanas, e incluye estudios de Margo Glantz, Carlos Monsiváis, Blanca Estela Treviño, Mariano Azuela, José Emilio Pacheco y José Joaquín Blanco.

En 1985, tras la aparición en la vida mexicana de las fechorías del general Arturo Durazo, de las corruptelas de José López Portillo y de la irrupción del narcotráfico en la figura de Rafael Caro Quintero, José Emilio Pacheco hablaba de la triste actualidad de “Los bandidos de Río Frío”, y de la lista interminable de hechos desprendidos de la corrupción, que un siglo después de la escritura de la novela seguían hiriendo a la sociedad.

Pacheco tenía la esperanza de que cuando un Payno desconocido hiciera la novela de esa época, todo hubiera cambiado en México y nadie sintiera que reconocía esos hechos.

Hoy sabemos que desde la Ayudantía de la Presidencia se siguieron haciendo los grandes negocios del sexenio. Que otros Yáñez tejieron redes criminales en las que basaron su inexplicable enriquecimiento.

En medio de todo, la edición definitiva de “Los bandidos de Río Frío” es un verdadero acontecimiento. Manuel Sol nos dejará leer, me dejará leer, un libro enteramente nuevo.

Estas historias, también deben ser contadas. Manuel Payno, ahí te voy.

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