El pasado nunca está donde lo dejamos. La frase es de la escritora Katherine Ann Porter. El fin de semana pasado lo encontré, no en donde lo había dejado, una casa cercana a la calzada México-Tacuba en donde hoy ya no vive nadie, sino en la avenida Cinco de Mayo número 19 B.
En una tienda de artículos ingleses abierta desde 1936 ubicada en ese domicilio, mi abuelo paterno se surtía de un frasco de cristal con tapón azul en cuya etiqueta aparecía una vendedora de lavanda y en donde se leía el nombre de una antigua marca británica: Yardley.
En otro tiempo se creía que una friega de lavanda tras la ducha servía “para cerrar los poros”. Nunca supe en qué ayudaba aquello a la salud, pero cuando mi abuelo salía de bañarse, dejando tras de sí una densa nube de vapor, me acercaba al baño para aspirar a todo pulmón una irrepetible combinación de olores: el del jabón Heno de Pravia, el de la lavanda inglesa de la casa Yardley, y el que dejaban otros productos guardados en el cofre del tesoro que era el botiquín del baño: talco, crema, Glostora y Tricófero de Barry.
De la tienda de artículos ingleses de Cinco de Mayo procedía buena parte de las cosas que formaban parte del ritual de aseo cotidiano de mi abuelo: navajas con mango de hueso y brochas afelpadas para esparcir en el rostro la crema de afeitar que él mismo preparaba en una vieja jabonera.
Hace unos días, el escritor Héctor Orestes Aguilar anunció el cierre de esa tienda: otra de las cosas que se irán para siempre, en un centro que resulta cada vez menos parecido al centro que conocí.
Los dueños del edificio recibieron una oferta de renta mucho más jugosa, y a fines del año pasado le hicieron saber al propietario de la tienda, con un cuarto de siglo tras el mostrador, que el sueño familiar de tres generaciones había terminado, y que a finales de enero debía desalojar el local.
Manejé hasta 5 de Mayo para despedirme de una parte de la ciudad y de una parte de mi infancia. Bajo la hermosa tipografía art déco que anuncia “Artículos ingleses”, volví a encontrar los objetos del pasado. Ahí estaban, repartidos en los escaparates, las navajas, los peines, las brochas, las plumas, los jabones, las corbatas, los sombreros de lana, los jabones, los casimires, los pantalones de pana, las gorras, las piyamas, las mascadas, los sacos, las carteras, los abrigos, los zapatos, las cremas, los perfumes que ya desde los años de mi niñez parecían cosas arrancadas de otro tiempo: de una forma de comprar que era, sobre todo, una forma de vivir.
Adentro, en una atmósfera de color caoba, muchas otras personas, atraídas por la curiosidad o por la nostalgia, se probaban sacos, ropas, sombreros. Llevaban a cabo la última compra.
Pensé en 1936, cuando el poblano Eduardo Martínez de Velasco Ovando abrió esta tienda, Lázaro Cárdenas gobernaba México y Cinco de Mayo, con Madero y San Juan de Letrán, era uno de los tres modernos bulevares de la urbe, poblado por cines, tiendas, bares, oficinas, librerías y restaurantes.
A unos pasos estaba el legendario Café París, abierto dos años antes, donde cada tarde se reunía “todo México”: Jorge Cuesta, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, León Felipe, José Moreno Villa, Octavio Paz, María Izquierdo, Lya Kostakowski, Juan Soriano, Silvestre Revueltas y Octavio G. Barreda...
No había nacido aún la Época de Oro del cine mexicano. María Félix no existía, Pedro Armendáriz era un guía de turistas. Arturo de Córdova y Gabriel Figueroa andaban en Hollywood buscando desesperadamente una oportunidad. El Indio Fernández acababa de obtener un papel secundario en “Almas rebeldes”. Apenas se habían filmado “Vámonos con Pancho Villa” y “Allá en el rancho grande”, dos películas de Fernando de Fuentes.
No se había inaugurado Polanco, ni la colonia Narvarte. Apenas se acababa de inaugurar Bellas Artes. El orgullo de la urbe era el edificio de La Nacional, nuestro primer rascacielos. El amo de la radio era Agustín Lara: sus canciones sonaban en todas partes. En la Ciudad de México había 13 delegaciones y poco más de un millón de habitantes. Por las calles circulaban automóviles que hoy solo vemos en las películas de gánsteres.
La tienda fundada por Martínez de Velasco para ofrecer artículos ingleses en el México aquel, sobrevivió sorprendentemente los gobiernos de 15 presidentes y las más profundas transformaciones de una ciudad que, según la conseja, se vuelve otra cada diez años.
¿Cuántos objetos que salieron de ahí forman parte de la historia de las familias mexicanas?
Hace apenas unos meses cayó otro comercio legendario, la Casa Boker de 16 de Septiembre, abierta desde 1900, y en donde se vendieron las primeras máquinas Singer, institución de los hogares mexicanos durante casi todo el siglo XX.
En pocos años, hemos visto caer tantas cosas.
Cuando regrese al centro, “Artículos ingleses” habrá sido sustituido, probablemente, por una de esas tiendas que habitan el mundo de lo desechable. Quise llevarme un recuerdo. Aunque no pude conseguir una Yardley.

