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05/09/2019
03:36
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Altamirano dijo que la diligencia había significado la llegada del relámpago. Ni en sueños imaginó que un siglo más tarde habríamos de recorrer, en solo 22 minutos y de una punta a otra, una ciudad que en 1969 comenzaba a desbordarse.

El 4 de septiembre de ese año el presidente Gustavo Díaz Ordaz se convirtió en el primer pasajero del Metro, y condujo un tren formado por seis vagones, entre la estación Candelaria y la estación San Lázaro.

Díaz Ordaz había abordado en la estación Insurgentes, en cuya glorieta futurista se había verificado la ceremonia inaugural. Lo acompañaron en aquel viaje el regente Corona del Rosal y el secretario de Educación Pública, el escritor Agustín Yáñez. A los periodistas que seguían el trayecto les llamó la atención que el tren se detuviera solo 17 segundos “en cada una de las estaciones que se fueron sucediendo”.

Cuando salió de la cabina de control, Díaz Ordaz quiso ser simpático y les dijo a los fotógrafos que manejar el Metro era tan sencillo que “en caso de tener una dificultad en su periódico, podrían encontrar chamba acá”.

La de México era entonces “una ciudad de aglomeraciones y desplazamientos lentos”. La “neurosis” provocada por el tránsito era un eterno tema de moda. Ir al centro en auto estaba proscrito desde la década de los 30, como lo demuestra Salvador Novo en sus diarios.

Existía el tranvía eléctrico desde el año 1900. La mayor parte de estos salían del Zócalo y anunciaban su punto de destino con un letrero colocado en la parte superior del parabrisas: Cima, La Rosa, Azcapotzalco, Tlalpan, Primavera. Su desplazamiento era lentísimo. Cualquier obstáculo sobre la vía provocaba retrasos que podían durar horas (el tranvía evolucionó hacia el trolebús, que no usaba ya la vía metálica, y que en el argot urbano fue conocido como “trole”).

A principios de los años 20 del siglo pasado, un grupo de ingeniosos conductores modificó el primer taxi, el Ford T, para que le cupieran más pasajeros. Así surgieron los autobuses urbanos, que fueron conocidos como “chatos”, “pistaches” y “vitrinas”.

En la extraordinaria película “¡Esquina bajan!”, de 1948, el cineasta Alejandro Galindo reseñó el martirio que representaba el viaje en aquellos armatostes: pisotones, empujones, riñas, tocamientos, bocanadas de humo de tabaco mientras un par de guitarristas “amenizaba” el viaje con sus boleros (en la ruta Circunvalación tuve la dicha inicua de ver a un hombre que se subió a declamar “¡Tabernero!”, de Rubén C. Navarro).

Marco A. Almazán entregó relatos deliciosos sobre aquellas travesías llenas de tumbos, en las que el pasajero debía conservar el equilibrio aferrado a un tubo y, al mismo tiempo, conservar la cartera mediante el recurso de colocar la mano, distraídamente, en la bolsa trasera del pantalón. 

Los diarios de 1969 avisaron que todo esto iba a terminar. “Perderá el viajero la angustiosa incertidumbre de la espera, la sorpresiva emoción de nuevas rutas y desviaciones y —esperamos—  el denigrante uso de los codos para lograr el preciado don de aproximarse a su domicilio o a su lugar de trabajo”.

“Tal vez lleguemos, con el tiempo, a que el viaje a la casa o al trabajo sea —rápido, cómodo, seguro— oportunidad para la lectura culta, la meditación fructífera o simplemente el necesario descanso”.

En otra página he citado las palabras que Salvador Alvarado escribió en aquellos días exultantes: de acuerdo con él, terminaría la era de los ciudadanos tristes, enfermos y agresivos, acostumbrados a vivir entre calores, injurias y apreturas: “El Metro disminuirá las aglomeraciones y en diez minutos cubrirá distancias hoy de una hora. Serán más bellas las señoritas en los vagones y las damas obesas resultarán menos opresivas. Por otra parte, aparecerá, ágil y dinámico, el tipo nacido para el Metro”.

Las obras del Metro habían hecho de la ciudad un infierno. A nadie le importaba porque ahí estaba la promesa de que el transporte colectivo subterráneo, escribía Luis Jordán en EL UNIVERSAL, “tiene que hacernos mejores, más humanos, más dignos”.

El día que el Metro se inauguró mi familia fue a conocerlo y le maravilló “el buen gusto con que los arquitectos supieron dar solución a las diversas estaciones de la línea”. Habían aparecido tantos hallazgos prehispánicos durante las excavaciones, que yo creí que íbamos a hallar los templos, las pirámides y los lagos de Tenochtitlan.
No hubo nada de eso, sino tiendas Milano, expendios de lotería y de jugo de caña, y locales que vendían carne de soya.

Pasaron dos o tres años y el Metro se convirtió en la versión mexicana del Hades. 

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