Historias de niños que dan escalofríos

Héctor De Mauleón

Se llama Damián y de sus apellidos no está seguro. No sabe su edad ni recuerda el día de su cumpleaños. Su mamá tuvo 17 hijos con parejas distintas. A Damián lo golpeaba por cualquier motivo, con cables, escobas, cinturones, chanclas. Un día vendió o regaló sus hijos a una señora que se dedicaba a explotar niños.

Damián y uno de sus hermanos mayores huyeron. Unos vendedores los llevaron a una ciudad del norte. A su hermano lo mataron en una calle. Damián comenzó a vivir en un basurero. “Comía lo que encontraba tirado en la calle y así fui haciendo mi vida, yo solito”.

A los nueve años se drogó por primera vez. De la mariguana pasó al cristal, las pastillas, la cocaína. Las drogas lo ayudaban a no pasar hambre. Con amigos que había conocido en la calle comenzó a robar casas. Más tarde se asoció con unos robaniños. Mientras sus socios noqueaban a la madre o al padre en algún parque, Damián tomaba a los pequeños en brazos y corría hasta el auto que los esperaba.

Era cuestión de tiempo. Un día conoció gente que trabajaba para los Zetas y se inició como vendedor de drogas. “A los nueve años ya había hecho de todo”, recordó. Comenzó como halcón, y le pagaban cinco mil pesos a la quincena. Cuando sintió que los soldados ya lo traían en fotos, pidió un cambio de puesto.

Sus jefes le dijeron que iban a calarlo y le encargaron matar a un “contra”: “Le tienes que dar todos los balazos en la cabeza. Si no le pegas en la cabeza el leñazo te lo voy a dar yo”.

Asesinó en la calle a un tipo güero de ojos claros. Primero, le preguntó la hora. Y a continuación le disparó. “En ese momento no sentí nada… se siente más feo cuando los mochas en pedazos”, recordó.

Lo usaron para matar y secuestrar, para disolver cuerpos en las “cocinas” del cártel, y para torturar rivales. “Las personas se ponían a llorar y me pedían perdón. Yo les decía: ¿A mí por qué me pides perdón? ¿A poco el día que ustedes me agarren me van a perdonar?”. También les decía a los torturados que cuando se fueran “para allá con Dios”, le dijeran que no fuera a castigarlo tan fuerte por todo lo que había hecho.

A los 14, si le encargaban matar a una persona, y no la encontraba en su casa, sencillamente mataba a toda la familia.
Jesús, originario de Jalisco, también llegó a la delincuencia por unos “compas que me iniciaron en la droga” y a los que luego invitaron a unirse a un cártel. Regresaron con armas y camionetas e invitaron a Jesús a “hacer mucha lana”.

A los doce años escapó de su casa. Con otros 60 reclutas lo subieron a la sierra, donde fue adiestrado por un kaibil. Su primer trabajo consistió en ejecutar a una mujer del cártel contrario, y cortarle la cabeza.

Se dedicó a matar durante los tres años siguientes. A los 15 ya era una especie de comandante que manejaba su propio equipo de sicarios. Le decían a quién debía secuestrar para sacarle información. Pronto aprendió que la gente habla más pronto si le rebanan las orejas y los dedos. “Ya que teníamos lo que queríamos les cortaba la cabeza o les daba un tiro”.

“Nunca me gustó contar cuántos me había echado, pero ya haciendo número yo creo que con mis manos fueron unos 16 o 17… pero que yo haya ordenado… tal vez sumen 200 o 300… Seguía torturando para sacar información, pero ya no daba el tiro final”, recordó.

A los 13 años, Blanca fue enrolada por los integrantes de un cártel que actúa en el Estado de México. Su tarea consistía en acercarse a los jóvenes que la gente del cártel iba a “levantar”. Los llevaba a algún bar, los emborrachaba y los entregaba en donde le dijeran.

Le daban dinero, le compraban ropa, le pagaban las bebidas.

“Embriagaba un poco al tipo y después le decía que ya me había aburrido y quería salir a comprar algo. Siempre escogía lugares como un Oxxo o una farmacia para llegar caminando”.

Le daban diez mil pesos por cada víctima que les entregaba. A los 14 ya estaba participando en secuestros. Cuando su madre le preguntaba cómo obtenía el dinero, le respondía: “Ya no preguntes, es dinero y ya”.

A partir de seis historias de vida contenidas en el libro “Un sicario en cada hijo te dio” (Aguilar, 2020), Saskia Niño de Rivera, Mercedes Castañeda, Fernanda Dorantes y Mercedes Llamas Palomar revelan que todas las historias de niñas, niños y adolescentes que han caído en manos de la delincuencia organizada parecen surgir del mismo guion.

“Está canijo México”, dijo uno de los adolescentes entrevistados en el libro. “Cuando veo a México y pienso en él… pienso que es una mierda”, afirma otra de las adolescentes, mientras narra su encuentro con la sangre, los huesos, las calaveras.

En ese México no tienes derecho a contar con un nombre. En ese México no tienes derecho a vivir con una familia. En ese México se te niega todo, salud, bienestar, educación, alimentación, seguridad.

En ese México solo tienes acceso a entornos de violencia. Las sierras son universidades del crimen y la autoridad trabaja con los delincuentes.

Hay libros que dan escalofríos, y son llamados a la acción y a la reflexión. Esto está ocurriendo hoy en todos los rincones del país. Y sin embargo, no se registra, no se mide. Lo rodean el olvido y la indiferencia.

¿Cómo demonios vamos a detener todo esto?
 

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