El caso Viuda Negra

Aquel día de mayo había sido silenciado un funcionario clave en el entramado de corrupción y saqueo que caracterizó al gobierno de EPN

El caso Viuda Negra
Nación 17/05/2022 03:00 Actualizada 03:00
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Salieron de una casa de Tlalpan a las 11 de la mañana del 21 de mayo de 2020. Al frente del grupo iba un marino apodado El Dientes. Lo acompañaban otros presuntos miembros de la Armada. Sus apodos, El Jarocho, El Mogoy y El Viejón. 

Viajaban en un Clío azul, que El Mogoy acababa de comprar, así como en un Vento blanco. Una mujer llamada Jazmín formaba también parte del grupo. Según declaró más tarde, la habían llevado a fuerzas para no levantar sospechas. 

Dejaron el Vento cerca de una Farmacia Guadalajara, en Cuernavaca, y siguieron en el Clío hasta el fraccionamiento Las Brisas. 

Iban a matar a quien había sido uno de los hombres más poderosos del país durante el sexenio de Enrique Peña Nieto: el extitular de la Unidad de Política y Control Presupuestario de la Secretaría de Hacienda, Isaac Gamboa: un funcionario cuya simple firma bastaba para “bajar” miles de millones de pesos del Fondo para el Fortalecimiento Financiero, así como del Programa de Contingencias Económicas, ambos adscritos al Ramo 23, conocido como “el Ramo de los moches”. 

Solo entre 2015 y 2018, Gamboa había aprobado de manera discrecional la transferencia de más de 243 mil millones de pesos. A través de su hermano Edgar David, y probablemente mediante fuertes “moches”, Gamboa agilizaba el trámite de los documentos necesarios para que dichos recursos llegaran a los estados. 

Arriba de él solo se encontraban tres personas: el subsecretario de Egresos, Fernando Galindo; el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, y el propio presidente Peña Nieto. 

Según declaró luego Jazmín, la esposa del exfuncionario, Bethzabee Brito Álvarez, le había entregado a El Dientes ―con quien sostenía una relación sentimental y había sido escolta de Gamboa―, una tarjeta con el código de acceso al fraccionamiento en una de cuyas casonas exclusivas la familia Gamboa se refugiaba del Covid-19. 

El control del portón eléctrico fue activado desde dentro. A Gamboa le dieron un tiro debajo de la oreja. Mataron luego a Edgar David. Siguieron con una hermana de estos, Miriam; asesinaron a la madre de los Gamboa, Patricia Lozano, y al último de los hermanos, Ricardo Gamboa. 

La única que no estaba en la mesa del jardín cuando entraron los asesinos era Bethzabee Brito Álvarez, la esposa de Isaac. 

En medio del nerviosismo de la huida, los asesinos dejaron en el Clío un teléfono y un folder con los papeles de la compra del carro, en el que estaba una copia de la credencial del Mongoy. De ese modo la policía dio con Jazmín, quien accedió a declarar e incriminó a Brito Álvarez. 

El Dientes había ofrecido a los asesinos 500 mil pesos por aquel trabajo. Su plan era que se creyera que el asesinato obedecía a una motivación política. La idea era quedarse con Bethzabee, y disfrutar tanto del imperio inmobiliario que los Gamboa habían construido como del dinero que circulaba en una red compuesta por 28 empresas fantasma. 

Jazmín, Bethzabee y el Mongoy fueron aprehendidos. De Carlos, El Jarocho y El Viejón no se ha sabido más. 

Los periodistas Manu Ureste, Zedryk Raziel y Arturo Ángel acaban de lanzar un libro trepidante, “El Caso Viuda Negra” (editado por Grijalbo), en el que se revela que, cuando la muerte lo sorprendió, Gamboa era ya una figura que ocupaba un lugar central en investigaciones relacionadas con escándalos de corrupción y desvíos millonarios. 

Entre esos escándalos ocupaba un primerísimo lugar la Operación Safiro: ese mecanismo de desvío de fondos públicos de estados como Chihuahua, Sonora, Colima, Durango, el Estado de México y Morelos, que a la llegada de Peña Nieto al poder sirvió para financiar de manera ilegal campañas electorales del PRI, y que operaron priistas connotados como Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa Patrón, a través de intermediarios como Alejandro Gutiérrez, La Coneja, secretario general adjunto del Comité Ejecutivo Nacional. 

Al momento de morir, mientras la Unidad de Inteligencia Financiera le seguía los pasos, Gamboa se había convertido en un peligro para los altos mandos del peñismo. Sabía demasiado sobre cosas que involucraban al PRI y a sus gobernadores, así como a las cabezas de la Secretaría de Hacienda. Manejaba además la ya mencionada red de empresas fachada, cuyas operaciones alcanzaron… ¡5 mil 800 millones de pesos! 

Aquel día de mayo había sido silenciado un funcionario clave en el entramado de corrupción y saqueo que caracterizó al gobierno de Peña Nieto. 

El libro de estos tres periodistas parece un thriller. No lo es. Es el retrato de un quebranto que se mantiene impune y de un inquietante asesinato que no ha sido resuelto: es el retrato de un sistema que solo cambió de manos y acaso sigue prodigando Gamboas para desgracia de México.  

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