De vuelta a la era del diurex

Héctor De Mauleón

El crack financiero de 1929 provocó un tsunami que llenó las ciudades estadounidenses de una miseria que no se había visto nunca antes. El 25 por ciento de los trabajadores perdió el empleo repentinamente. La pobreza se extendió como una epidemia. Millones de personas expulsadas del campo iniciaron el éxodo que John Steinbeck describe, de manera magistral, en la mejor novela sobre la Gran Depresión: Las uvas de la ira.

Aquellos días están poblados de relatos siniestros. Hambre, soledad, delincuencia, desolación: los jinetes que vienen siempre con las crisis.

En esos días las cosas adquirieron un valor que no habían tenido en los tiempos idos. La gente se esforzaba por prolongar lo más posible la vida de los objetos, porque sería difícil, tal vez imposible, reponerlos.

Las amas de casa de la Gran Depresión pegaban con diurex los huevos quebrados, porque no podían permitirse que uno solo se descompusiera.

Fue precisamente el diurex el objeto más preciado en los años de la Depresión. La crisis lo impuso como un objeto esencial de la vida cotidiana.

Lo había inventado cuatro años atrás un experto en abrasivos que trabajaba para la Minnesota Mining Manufacturing (la célebre 3M). Se llamaba Richard Drew y trataba de lanzar al mercado un papel de lija resistente al agua. En 1925 Drew advirtió en un taller de pintura de autos cómo padecían los trabajadores para pintar los vehículos que llevaban dos colores, según la moda de entonces. Los trabajadores sufrían para que los tonos no se encimaran.

A Drew se le ocurrió crear una cinta adhesiva que permitiera encubrir determinados segmentos de la carrocería: le quitó los abrasivos al papel de lija que había estado probando y se quedó solo con el papel engomado (una especie de masking tape). Más adelante comenzó a probar diversos materiales. Quiso la suerte que ese mismo año la compañía Dupont lanzara a la venta el celofán, destinado a sellar herméticamente varios productos, aunque sin apartarlos de la vista de los clientes.

Papel engomado más celofán. Había nacido el diurex.

Drew lo bautizó como cinta scotch. Alrededor de esto hay una historia: la primera cinta tenía poco pegamento y al inventor se la devolvieron con la petición de que el “escocés” de su jefe (escocés como sinónimo de tacaño) le pusiera más. En homenaje a aquella broma el producto salió al mercado con dicho nombre.

La Depresión sacó a la cinta de los talleres de carrocería y la colocó en el centro de los hogares. Sirvió para todo. Para pegar billetes rotos, arreglar las patas de los lentes, cubrir las quebraduras de los vidrios, y para reparar floreros, cerámicas, jarrones.

Con diurex (con ese nombre se vendió en México unos años más tarde) se restañaron las fracturas en pipas, reglas, estuches, bolígrafos; con diurex nuestros padres forraron nuestros libros —con la vana esperanza de que duraran más—, e incluso sé de gente que lo usa hoy como remedio eficaz contra las arrugas.

En los años de la Gran Depresión muchas personas fijaban con diurex las suelas que se habían desprendido de unos zapatos tan desgastados que parecían bostezos. Se dice que en la misión Apolo 13 un poco de diurex en lugares estratégicos de la nave espacial salvó el pellejo de los astronautas. He leído por ahí que la cinta scotch es tan importante que en 2004 el Museo de Arte Moderno de Nueva York la denominó “Obra Maestra Humilde”.

He visto mucho diurex en las sucesivas crisis económicas que mi vida ha atravesado desde tiempos de Echeverría. El diurex vivía permanentemente en mi casa, garantizando la continuidad de las cosas. Me temo que lo volveré a ver, que lo volveremos a ver, como símbolo de la crisis histórica que hoy nos está tocando la puerta.

El diurex fue una humilde defensa en un mundo de horror.

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