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Crónicas de la vacunación: “Estos no sacan un perro de una milpa”

Héctor De Mauleón

Antonio había luchado con una página de internet durante 3 días para lograr su registro. Ahora, dicha plataforma no era empleada para absolutamente nada

Las escenas que se vieron ayer en las alcaldías donde dio comienzo la vacunación contra el coronavirus fueron terribles y conmovedoras.

Fila de hasta seis cuadras bajo el sol. Sillas plegables, sillas de ruedas, bastones, algunos tanques de oxígeno, sombreros, gorras, paraguas, rostros cansados, fastidiados, irritados. Idas y vueltas a preguntar qué pasaba, a qué hora, cuánto más iba a tomar esto.

--Señorita, ¿falta mucho?

--Ya llevo cinco horas aquí. Solo dígame si es seguro que voy a alcanzar vacuna…

En Magdalena Contreras una funcionaria del gobierno capitalino caminaba entre la larga hilera de adultos mayores, tan larga que se perdía de vista varias cuadras más allá, y les marcaba un número de ficha en el dorso de la mano, para evitar que alguien fuera a colarse.

Los familiares que acompañaban a los adultos se sentaban en la banqueta, se iban a la sombrita, asistían a la tienda cercana a comprar agua, cocacolas, bolsas de papas.

A las 10 de la mañana la fila no había avanzado un centímetro. Había gente que esperaba desde las seis. Un Siervo de la Nación, vestido con chaleco guinda, le dijo a alguien: “Es que las vacunas apenas acaban de llegar”.

A las 11:45 todo seguía paralizado. Más del 80% de la fila estaba formada por adultos mayores. Había septuagenarios y octogenarios sin quejarse, resignados, resistiendo. A algunos los habían remplazados sus hijos y sus nietos. Ellos también resistían.

Una joven de verde pasaba una y otra vez instando a quienes esperaban a guardar “la sana distancia”.

Rubén, de 73 años, llegó a la escuela primaria en donde le tocó vacunarse, “Maestros mexicanos”, a las 8:45. A las 9:20 publicó un tuit en el que informó que había muchas personas que no estaban en condiciones de aguantar horas en la fila.

Todas esas personas que se hallaban a su lado tuvieron que esperar seis horas para llegar a la puerta de la primaria: exactamente a las 16:30.

Antonio, de 69 años, hizo fila en la escuela “Héroes de Padierna”. “Desde las once el sol ya incomoda”, relata. Aunque llevaba un libro en la mano, le resultó imposible leer en esas condiciones. Llegar a la reja de la escuela le llevó 5 horas 40 minutos.

Le tocó ver la manera en que la gente se iba descomponiendo, hartando. Vio gente “muy irritada”. Mucha de esa irritación se reflejó en las redes sociales, donde se criticó que el gobierno no hubiera diseñado un plan para evitar que adultos mayores, con enfermedades e incapacidades diversas, estuvieron haciendo fila bajo el rayo del sol, expuestos a los riesgos de contagio del mayor desastre sanitario en un siglo, y además, “sin dónde ir al baño”.

“¿No había otro modelo? –se pregunta Antonio--. ¿Era necesario hacer pasar a los adultos mayores por todo esto?”.

Antonio recuerda que en la fila se emitieron comentarios de toda índole, y que hubo uno que lo hizo reír pues nunca lo había escuchado: “Alguien dijo: ‘Estos no sacan un perro de una milpa’”.

A lo largo de la fila, en efecto corrían los rumores: “Cuidado con sus datos porque adentro está la gente de Morena”, “Esto es México, caray”, “No entreguen su INE”, “Les están pidiendo la credencial y les están tomando fotos”, “Les valemos gorro”, “¿Cómo es posible que no digan nada con certeza?”.

El politólogo Sergio Aguayo, anclado a su propia fila, informó en tuiter que en el módulo que le tocó ¡se habían acabado las jeringas!

Dentro de la escuela “Héroes de Padierna” –como en todos los módulos-- había Siervos de la Nación, trabajadores de la CDMX, miembros de la Armada y la Guardia Nacional, una multitud de gente cuya función no quedaba clara. Ninguno de ellos tenía información, o no tenía información precisa. Se daba incluso información contradictoria.

--¿Qué vacuna nos van a poner? –preguntó Antonio.

Nadie lo sabía.

“No había malos tratos, todos se esforzaban, pero la desorganización era muy grande”, relata Rubén. “Al entrar te pedían todos tus datos, nombre, dirección, CURP e INE y luego te pasaban a un lugar donde te volvían a pedir todos esos datos, además de tu información médica. De la reja a la vacuna me aventé otra hora con 15 minutos. Vacunarme me llevó en total 7 horas 45 minutos”.

Antonio entendió la causa de aquel retraso: la información de cada persona la estaban tomando a mano. No había en la escuela una sola computadora. “Solo el CURP tiene 18 posiciones –explica--, imagínate el tiempo que llevaba tomar los datos de cada persona y la posibilidad de error que abrirá todo eso”.

Antonio había luchado con una página de internet durante tres días para lograr su registro. Ahora, dicha plataforma no era empleada para nada, para absolutamente nada.

Dolían, conmovían esas filas de adultos mayores, algunos de ellos nonagenarios, esperando, resistiendo a la intemperie, y “sin dónde ir al baño”. Adultos que hacían fila en colonias populares, mientras los siervos, otros siervos, los esclavos del régimen, se burlaban de ellos en las redes, preguntándoles si por fin habían conocido los rayos del sol, y si se quejaban igual a la hora en que hacían cola para sacar la visa.

Contra todo, fue un día de esperanza y de resistencia.

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