En 1947, la película “La diosa arrodillada”, con María Félix y Arturo de Córdova, fue calificada como un ataque a la moral cristiana: “un insulto a la moral del país”. En el filme aparecía una escultura de Félix desnuda, además de uno de los besos más largos del cine mexicano.
El día del estreno en el cine Chapultepec, los productores Jack Warner y Rodolfo Loewenthal tuvieron la ocurrencia de colocar la escultura en el lobby de aquella sala. El escándalo entre el público fue mayúsculo.
La película duró nueve semanas en cartelera, a pesar de que era tan mala que, escribe Paco Ignacio Taibo I, ni la presencia de José Revueltas dentro del equipo de guionistas pudo evitar que se convirtiera en uno de los grandes fracasos de ambas estrellas. La escultura de la diosa desnuda y arrodillada que tanta indignación había despertado, desapareció después del estreno.
Llegó de inmediato la versión de que la Legión de la Decencia y Los Caballeros de Colón la habían extraído de la sala. Algunos diarios informaron que la pieza apareció poco después en el camino a Toluca, completamente destrozada.
En realidad, espantados por el escándalo, Warner y Loewenthal le pidieron al encargado de sacar de los estudios la utilería empleada en la película, que la escondiera en una bodega. La diosa arrodillada permaneció ahí 47 años. Hace apenas dos, los herederos de la bodega, que creyeron siempre que la pieza era una copia, descubrieron que no era otra que la aparecía en el filme.
Cinco años atrás la esposa del presidente Manuel Ávila Camacho, Soledad Orozco, había incitado la serie de actos de protesta contra la desnudez de “La Diana Cazadora”, que obligaron al escultor Juan Olaguíbel a cubrir la figura con un taparrabos.
México se modernizó a pasos acelerados durante el sexenio siguiente, el de Miguel Alemán, pero la doble moral seguía siendo porfiriana.
En 1937, la película “La mancha de sangre” de Adolfo Best Maugard presentó uno de los primeros desnudos del cine mexicano: una fugaz escena en la que una joven se despoja de pronto de su vestido de seda. La cinta estuvo censurada varios años, se estrenó brevemente en el cine Politeama y luego fue escondida durante medio siglo.
A principios de los años 50, el arribo de la televisión comenzaba a cambiar las reglas del juego: a anunciar el declive de la Época de Oro del cine mexicano. La productora de los hermanos Pedro y Guillermo Calderón peleaban a muerte por el público mediante el recurso de empujar la moral hacia el límite.
A ellos debemos, en pugna constante con Gobernación, el Departamento de Censura y la Liga de la Decencia, el gozoso cine de rumberas (“Aventurera”, de 1950, como ejemplo mayor), y el desfile de mujeres fatales, imágenes tentadoras, cuerpos trémulos sobre la pista del cabaret, desplazándose sin cesar a ritmo de bongós.
A ellos debemos el desnudo de Ana Luisa Peluffo en “La fuerza del deseo”, la película estrenada en febrero de 1955 en el cine Palacio Chino, que causó un revuelo mayor al que años antes había desatado “La diosa arrodillada”.
Si la desnudez de una mujer de mármol había provocado tal huracán, qué cabría esperar del desnudo en pantalla de una mujer de carne cuyo cuerpo, adiestrado en la natación y el baile, “estaba más o menos” –según declaró ella misma, 50 años después, en entrevista con Cristina Pacheco.
La Guía Cinematográfica recoge esta reacción: “A un tema inmoral, pleno de violentas pasiones sexuales, se une una intolerable, continua y descarada presentación de desnudos. Esta película degradante constituye una gravísima ofensa no solo a los principios cristianos, sino incluso a la moral natural y a la conciencia ciudadana. Prohibida”.
Ana Luisa tiene entonces 26 años. La catarata de insultos que llega desde la prensa, y que coincide con una feroz campaña para sacar la “pornografía” de puestos de periódicos y revistas, no le hace esconder su cuerpo, desbordante de sensualidad. Los hermanos Calderón se frotan las manos y vuelven a “desnudarla” en dos películas más: “El seductor” y “La ilegítima”.
Habían logrado sortear la censura al venderle a Gobernación estos desnudos como “estéticos” y “estáticos”, en un tiempo en que se prohibía “cualquier movimiento oscilatorio de los senos”.
Ana Luisa, inmóvil, permitió el arribo del fenómeno conocido como “Las Peluffistas”. El destape, como se decía entonces, de Columba Domínguez, Amanda del Llano, Aída Araceli y la otra bomba sexual de aquella etapa del cine mexicano: la bellísima Kitty de Hoyos --cuyos desnudos, según la publicidad de “Esposas infieles” “superan a los de Ana Luisa Peluffo, Silvana Pampanini (…) y todas las demás”.
Medio siglo después seguía haciendo cine y medio siglo después se seguía homenajeando.
Hoy hay una nueva tumba en el panteón del cine mexicano. La de la actriz que dio un paso al frente y le abrió la puerta a otras. Parece poco, pero en ese México aquel paso fue descomunal.

