Desde un cerro, unas personas vieron que hombres armados bajaron de un vehículo con un bote de tamales, dos cajas de plástico y varias bolsas negras de basura y derramaron su contenido en un tramo de la carretera Tlapa-Olinalá, en la región de la Montaña de Guerrero.
La escena era indescriptible. En ese tramo solitario de la carretera quedaron torsos, brazos, piernas, pies.
Las cabezas cercenadas de las víctimas quedaron amontonadas dentro de una de las cajas de plástico.
Ocurrió el 31 de marzo en un área dominada por Los Ardillos, en donde en lo que va del año se han registrado 25 homicidios repartidos en un área que abarca los municipios de Olinalá, Cualác y Ahuacuotzingo.
No se conocieron las identidades de las víctimas, ni hubo detenidos, ni se señalaron responsables.
Muy cerca de ahí, en agosto del año pasado, en un poblado de Chilapa, los restos de otras cuatro personas desmembradas fueron esparcidos sobre la carretera a Chilpancingo y sus cabezas colocadas en una estructura de madera.
Fue ahí, en un bulevar de Chilapa, donde tres años antes seis cabezas fueron abandonadas en el toldo de un auto. Los verdugos dejaron los cuerpos en la cajuela, y las fotografías que circularon eran tan escalofriantes como las de los restos ensangrentados al lado del bote de tamales de la carretera Tlapa-Olinalá.
El ruido mediático de esta última atrocidad duró prácticamente un día.
Otras masacres estallaron en el primer trimestre del año. La del campo de futbol Campañas, en una comunidad de Salamanca, Guanajuato, en donde al término de un partido arribó un grupo de sicarios que mató a 11 personas y dejó heridas a otras 12, o como la del bar Sala de Despecho en Puebla, que los asesinos planearon durante un mes para irrumpir en el lugar en pleno Día del Amor y asesinar a tres jóvenes de entre 20 y 25 años.
O como la de los 10 trabajadores de la minera Vizsla Silver Corp, secuestrados en el campamento La Clementina de Concordia, Sinaloa, nueve de los cuales —ingenieros, técnicos y personal de seguridad— fueron encontrados luego en fosas clandestinas de la comunidad El Verde.
O como la de los intérpretes de Lengua de Señas Mexicana, Víctor Manuel Mújica y Anayeli Hernández, secuestrados con su hija de 12 años en una colonia de Morelia, y hallados días después con el cuerpo parcialmente calcinado en Ucareo, Michoacán.
Causa en Común ha documentado, a partir de registros periodísticos, 3 mil 36 masacres ocurridas en México entre enero de 2020 y marzo de 2026. El colectivo describe una masacre como el asesinato de tres personas o más en un solo acontecimiento.
En lo que va de 2026, ha ocurrido en el país una masacre cada día.
La mayor parte de estas se dieron en algunos de los estados mencionados arriba: Guanajuato, donde se reportan 535 en el periodo revisado; Guerrero, con 273; Michoacán con 223; Zacatecas, con 217, y Sinaloa, en donde pasaron de 5 en 2020 a 40 en 2024 y otras 40 en 2025.
En esas 3 mil 36 masacres hay atrocidades escalofriantes, verdaderos relatos de horror sucedidos en brechas, caminos, sierras, parques, calles, viviendas, comunidades rurales y colonias populares, en donde “convergen disputas criminales, economías ilegales, y omisiones y debilidades institucionales” que configuran “entornos donde la violencia extrema se reproduce con facilidad”.
El colectivo cita masacres, fosas clandestinas, asesinatos con tortura, asesinatos de mujeres con violencia extrema, homicidios de menores, violaciones agravadas e incluso linchamientos.
En su último comunicado, señala que en todo esto se enfrenta el riesgo de la normalización, “que las masacres dejen de escandalizar”, así como el de la impunidad, “pues la gran mayoría de estas masacres quedan sin castigo”.
2,976 masacres entre 2020 y 2025: el grueso, durante nuestros “momentos estelares”. 60 en lo que va de 2026: prácticamente, una cada día.
“Documentar y visibilizar estas violencias es un paso indispensable para enfrentarlas”, asienta la organización en su comunicado.
Pero aquí también tropieza y se extingue la memoria. Cada nueva atrocidad apaga la anterior. Ha ocurrido tres mil veces y ya no nos escandalizamos. ¿Quién se acuerda de los restos tirados en la carretera Tlapa-Olinalá?

