29 nombres en la libreta del feminicida de Atizapán

Héctor De Mauleón

Un hombre solitario y de trato cortés en una vecindad. Vecinos que durante décadas conviven con el mal sin siquiera sospecharlo

“No habíamos visto una cosa así. La mesa estaba manchada de sangre. La víctima estaba desmembrada, le había cortado los pies, le había desprendido el cuero cabelludo, los trozos de piel estaban repartidos por toda la casa...”.

Reyna González, de 34 años, fue reportada desaparecida el viernes pasado por su pareja sentimental. “Se quedó de ver con una persona y no volvió”, denunció este.

Así se abrió una nueva historia de horror, de esas a las que es tan aficionada esa sucursal del infierno que es el Estado de México.

El primer indicio lo recogió la policía municipal de Atizapán. Según la versión que circula hasta ahora, municipales acudieron a Margaritas 22, en la colonia Lomas de San Miguel, a donde Reyna había acudido a entrevistarse con Andrés “N”, un hombre solitario de 72 años de edad.

Esa versión extraña indica que los municipales tocaron la puerta de la vecindad en la que vivía Andrés, le explicaron el motivo de su visita, y este los dejó pasar. Los agentes notaron que había manchas de sangre. De acuerdo con las autoridades del Estado de México, se solicitó una orden de cateo para ampliar la búsqueda de la joven.

Los municipales revelaron más tarde que sobre una mesa estaban los restos de una mujer a la que le habían arrancado la cara y el cuero cabelludo, y cuyas extremidades estaban cercenadas.

Andrés “N” ocupaba dos viviendas en la vecindad de Margaritas 22. En la primera, según fotos y videos grabados por agentes de la fiscalía estatal, había un tiradero indescriptible: los rincones estaban llenos de trebejos que se amontonaban sin ningún orden. En esa habitación los agentes hallaron monederos, pulseras, celulares, collares, dijes, frascos de barniz, estuches de maquillaje, pistolas de aire, anillos, aretes, varios pares de zapatos femeninos y algunas credenciales de elector.

Entre estas, se hallaban las identificaciones de dos mujeres reportadas como desaparecidas. La primera era de Rubicela Gallegos Castillo, una joven de Monterrey, de 32 años, que trabajaba en Tlalnepantla como repartidora de Uber Eats. No volvió a saberse de ella desde el 20 de julio de 2019.

La segunda pertenecía a Flor Nínive Vizcaíno Mejía, de 38 años, madre de dos adolescentes, quien desapareció el 16 de octubre de 2016 en Tejabanes, Tlalnepantla.  

Había también una libreta Scribe en la que aparecía una lista con los nombres de 29 mujeres. ¿Quiénes eran?

Según los municipales, Andrés “N” confesó que mataba mujeres desde 1991: “que llevaba 20 años matando y descuartizando”. De acuerdo con agentes de la fiscalía, el hombre “se cerró” y se negó a declarar.

En esa habitación se encontraron también videos rotulados con nombres de mujer. ¿Los nombres correspondían a los de la lista? Hasta anoche todavía se seguía el procedimiento legal para extraer su contenido.

En la segunda habitación, una especie de sótano al que se descendía mediante una escalera de madera, se hallaba la mesa con los restos desmembrados. Ahí había más objetos que habían pertenecido a mujeres. Había más trebejos increíblemente arrumbados: aquello era como la descripción puntual de la mente de Andrés “N”.

Los agentes notaron que el piso de la primera habitación era más reciente que las paredes, que recientemente lo habían cambiado. Notaron que en la segunda habitación había tierra removida. En un segundo todo se llenó de peritos, arqueólogos forenses, genetistas, peritos en criminalística, odontología, medicina legal y fotografía. La fiscal para la investigación de delitos de género, Dilcya García, informó después:

“Hemos encontrado, desgraciadamente, diferentes indicios humanos, restos óseos, credenciales de elector y otros elementos que nos hacen suponer que pudiese ser un feminicida serial…”.

De inmediato circuló la versión de que aquella tarde Reyna iba a terminar la relación sentimental que sostenía con Andrés “N”. “Él tomó un cuchillo y la mató. Se lo enterró en el pecho. Luego la destazó”.

Los vecinos han declarado que el feminicida era un hombre amable, de trato cortés, al que sin embargo muchas veces se le veía alcoholizado. Llevaba cuatro décadas viviendo solo en aquel inmueble. A lo largo de tres lustros fue miembro del Comité de Participación Ciudadana de su colonia.

“Por el estado de degradación en que se encuentran algunos restos óseos, resulta claro que son de varios años atrás”, informó una fuente de la fiscalía. “No sabremos a cuántas personas corresponden hasta que no armemos el rompecabezas: huesos largos, pequeños, de diferentes partes del cuerpo”.

Un hombre solitario en una vecindad. Vecinos que durante décadas conviven con el mal sin sospecharlo siquiera. ¿Sabremos algún día cómo llegó hasta ellas?

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